Fútbol de precisión, un negro en París y una vuelta olímpica

Nunca se había visto nada igual en Europa, ni ese juego de toque, tan vistoso como letal, ni un jugador que dominara con esa jerarquía los partidos.

Viajaron a Europa en camarotes de tercera, no había dinero para más. Una travesía larga y dura, compensada por la ilusión de poder mostrarse ante el mundo. Uruguay se presentó en los Juegos Olímpicos de 1924 en París sin dinero en los bolsillos, pero con un talento apabullante para jugar al fútbol.

Este grupo de veinteañeros uruguayos despertó la curiosidad de rivales, prensa y aficionados, intrigados por saber cómo se jugaba al fútbol fuera de Europa. Lo que vieron superó las expectativas. Nunca se había visto en el Viejo Continente nada igual. Ese juego de toque, tan vistoso como letal, estaba muy por encima de lo que podían ofrecer sus rivales, incapaces de acabar con esa sucesión de pases y regates que los uruguayos enlazaban sin descanso en cada partido.

Así fue durante todo el campeonato, salvo en el entrenamiento previo a su primer encuentro en el torneo olímpico, contra Yugoslavia. Estos decidieron enviar varios emisarios a la práctica de los uruguayos. Advertido de su presencia, el seleccionador charrúa, Ernesto Figoli, decidió que sus jugadores hicieran un entrenamiento especial. Se tropezaron entre ellos, el balón pareció viajar sin sentido lógico de un lado para otro, golpearon más veces el suelo que la pelota… “Dan verdadera pena estos muchachos que vinieron de tan lejos”, cuentan que dijeron los yugoslavos después del entrenamiento. Uruguay ganó el partido 7-0.

Después cayeron Estados Unidos (3-0), Francia (5-1) y Holanda (2-1), antes de que Suiza sufriera un contundente 3-0 en la final. Henri de Montherlant, escritor francés, describió así sus sensaciones después de ver jugar a Uruguay: “¡Una revelación! He aquí el fútbol verdadero. Lo que nosotros conocíamos, lo que jugábamos, comparado con esto, no es más que un pasatiempo para escolares”.

Como agradecimiento a la ovación recibida por el público francés, los futbolistas uruguayos decidieron dar una vuelta alrededor del campo al terminar la final para devolver el saludo. En ese instante nació la vuelta olímpica, la forma de festejar los triunfos que se ha extendido hasta nuestros días.

Ese oro olímpico convirtió a Uruguay en el campeón del mundo oficioso y para conmemorar este triunfo, la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) decidió en 1941 que el 9 de junio pasaría a ser el Día del fútbol sudamericano.

Cuando regresaron a casa, los uruguayos aceptaron el ofrecimiento de Argentina de jugar dos amistosos para festejar el oro en París. El segundo de esos encuentros, disputado en Buenos Aires el 2 de octubre y que ganaron los locales 2-1, dejó una jugada para la historia. El argentino Cesáreo Onzari marcó con un lanzamiento directo desde el córner, en una acción nunca vista en un campo de fútbol o de la que al menos no había constancia de que hubiera sucedido. Aquella jugada, aquel gol a los olímpicos, quedó bautizada para siempre como gol olímpico.

En aquel fabuloso equipo de Uruguay sobresalían el portero Mazali; el defensa Jose Nasazzi, capitán y líder, apodado El Mariscal y del que Eduardo Galeano dijo que “no le pasaban ni los rayos X”; José Leandro Andrade, quien empezó a ser conocido como La Maravilla Negra, y Héctor Scarone, El Mago, un goleador excepcional.

De entre todos quien más llamó la atención en los JJOO fue Andrade, considerado el primer gran futbolista negro en la historia del fútbol. “Europa nunca había visto a un negro jugando al fútbol”, escribió Galeano. Considerado un artista del balón, dominaba los partidos desde el centro del campo con una jerarquía desconocida en Europa. Limpiaba con clase el balón a los rivales si tocaba defender y cuando avanzaba al campo contrario se mostraba imparable.

Terminado el torneo, Andrade decidió pasar un tiempo en París, donde lució su porte elegante y mostró sus dotes como bailarín, hasta el punto de que se cuenta que llegó a bailar un tango con Josephine Baker. Oro olímpico en 1924 y 1928, campeón del mundo en 1930 (el primer Mundial de la historia) y tres veces ganador de la Copa América (1923, 1924 y 1926), Andrade terminó sus días en Montevideo, enfermo y rodeado de miseria.