El Sevilla y los 300 de Budapest

La crisis económica y las restricciones por la pandemia han reducido a un avión el contingente de sevillistas en la final

En realidad serán unos quinientos los hinchas del Sevilla que vivan in situ la Supercopa de hoy en Budapest. La UEFA envió a cada contendiente tres millares de entradas para el partido (al que entrarán un 30 por ciento de los 67.000 espectadores que caben normalmente en el Ferenc Puskas Arena) y desde el Sánchez-Pizjuán devolvieron 2.500. Pero no iban a estropear dos centenares de osados que se han aventurado a viajar por su cuenta el paralelismo con los 300 guerreros espartanos que, a las órdenes de Leónidas, detuvieron al ejército de Jerjes en el paso de las Termópilas. Un alarde de resistencia en inferioridad numérica al que no es ajeno la afición sevillista en finales recientes.

Un avión

Sí son trescientos, más o menos, los expedicionarios que se desplazan hoy mismo, para volver tras el partido, en vuelo chárter desde el aeropuerto de San Pablo. Un único avión fletado por la Federación de Peñas Sevillistas que incluía en el precio del billete la realización del test PCR que obligan a exhibir las autoridades –en caso de dar negativo, naturalmente– a la entrada del país. Sus gargantas serán el contrapunto de los 2.200 muniqueses que anuncian su presencia en la Supercopa y de una afición autóctona que –ya lo sufrió el Sevilla en ediciones anteriores en Tiflis o Trondheim– propende a auxiliar al gigante en estas batallas desiguales.

Es posible que entre los sevillistas que vivirán el partido en Budapest hay hinchas curtidos en finales, veteranos de muchas campañas gloriosas y algunas menos felices que han acompañado al Sevilla en las veinte finales, sí ¡¡20!!, que acumula en los tres últimos lustros. Recordarán, cuando los gritos bávaros ahoguen los intentos por entonar el himno del Arrebato, la desproporción de 5 a 1 a la que sobrepusieron en el Nou Camp en la final de la Copa del Rey de 2010, cuando el Atlético de Forlán, Agüero y setenta mil seguidores enfebrecidos (¡hasta el presidente de la Junta de Andalucía, presente en el estadio, se confesó colchonero!) fueron reducidos al silencio por los goles de dos críos de la cantera, Diego Capel y Jesús Navas, que esta noche portará el brazalete de capitán.

Seguro, porque hace menos tiempo, que hasta la capital magiar ha viajado más de un sevillista presente en 2016 en Basilea, a veinte kilómetros del pueblo natal del retornado Rakitic, donde los «supporters» del célebre «Kop» de Anfield, que triplicaban a los sevillistas, enmudecieron cuando el Liverpool de Jürgen Klopp quedó arrasado en una segunda parte de leyenda en la que el equipo le dio la vuelta al marcador y la afición le dio la vuelta al ambiente. O quién sabe si no fue al contrario y fue el ánimo indesmayable de la hinchada que espoleó a los jugadores. «Dicen que nunca se rinde», es la divisa del Sevilla. De todos los sevillistas.