Yo estuve en el primer Roland Garros de Nadal, por Eduardo Inda

Cuando a las 8 de la mañana del 5 de junio de 2005 el íntimo de los Nadal Romeo Sala y un servidor nos montamos en un avión de Air Europa en Son Sant Joan rumbo a París, ni por lo más remoto sospechábamos que Rafa acabaría siendo uno de los dos mejores tenistas de todos los tiempos. De momento, porque en 2021, ya lo verán, se anotará su vigesimoprimer Grand Slam, que muy probablemente sea un Roland Garros en el que no sólo no va a menos sino en el que año a año agiganta la distancia sobre sus rivales.

Veinte Grandes se antojaban más quiméricos que enviar una nave tripulada a Marte, básicamente, porque Sampras había ascendido al Everest tenístico con 14. Había un hecho no precisamente baladí que invitaba a pensar que estábamos ante un proyecto de gigante: la firma estadounidense Nike, que no suele tocar de oído y convierte en oro todo lo que toca, lo había elegido como el deportista del Yo estuve en el primero futuro con sólo seis años. A Romeo y a este menda nos colocaron en el palco de la familia. Y allí, al ladito de Sebastián, su madre, Ana Parera, su tío Rafa, y su equipo, capitaneado por Carlos Costa, alucinamos con el desparpajo de un muchacho de 19 años y dos días que se comió al argentino Mariano Puerta que, por cierto, iba dopado. Aquel día certificamos que había campeón para rato, aunque, eso sí, albergando una por otra parte lógica a la par que legítima duda existencial: ¿será un españolito más de ésos que se quedan sin fuerzas cual Sansón trasquilado cada vez que abandonan la tierra para competir en pista dura o un todoterreno? Un año más tarde, visitamos Roland Garros, con la misma fortuna y acudimos a Wimbledon pensando que Federer lo liquidaría en un pispás en la finalísima. Craso error: Rafa perdió, pero aún a estas alturas ni él ni nosotros sabemos por qué se le escapó un partido que tuvo muy cerca. Horas más tarde, mientras veíamos la final del Mundial de Alemania en su casa londinense, no quería hablar con nadie. Estaba cabreado como una mona por haber desperdiciado aquel Grande. La historia de Roland Garros se repitió en las cinco finales más en las que estuvimos.

Que iba a ser el mejor de la historia me quedó claro, más allá de toda duda razonable, en la mítica final de Wimbledon 2008, que empezó a las 14:30 y terminó a las 21:16 con una luminosidad que dejaba bastante que desear. El resto ya es historia de lo mejor de lo mejor de un país, España, con pocos motivos para el orgullo colectivo. Rafa es su madre, Ana Parera: pasión, paciencia y perseverancia, las celebérrimas tres P que inequívocamente hay que cumplir para tener éxito en la vida. También ha heredado de Ana Parera la humildad, la simpatía y ese espíritu de sacrificio que invariablemente acompaña a cualquier ganador que se precie. Por si fuera poco, posee un umbral del dolor tan alto que cualquiera diría que es un extraterrestre. La carrera de obstáculos que han supuesto para él las lesiones, algunas de las cuales hubiera supuesto la retirada a una personal normal, no las supera cualquiera. Ojalá nuestros inempeorables gobernantes tuvieran sólo un 25 por ciento de las cualidades que Rafa atesora: seríamos la envidia del mundo entero y hablaríamos de tú a tú a alemanes, chinos y estadounidenses. Como eso es una utopía, quedémonos con la soberbia realidad de estos 20 Grandes. Esto sí que es marca España y lo demás, tonterías.