Di María, la voz de su amo

Lealtad sin fronteras; por María José Navarro

Reconózcanme el mérito: defender a este muchacho es muchísimo más difícil que subir el K-2 con una mochila de piedras en lo alto del lomo. Ángel di María, ese jugador del Real Madrid que confunde la renovación con un plan de jubilación, ha abierto la boca para quejarse de lo malvados que son los árbitros con su equipo y ha subido el pan. Los colegiados de Primera se han echado las manos a la cabeza y los demás clubes y sus respectivos aficionados lo han entendido como el reproche de un tipo al que le habían contado que las cosas aquí funcionaban siempre de otra manera y siempre, además, mucho más a favor de obra.

En este ascenso al ocho mil del Karakórum que me he propuesto, déjenme encontrar varios motivos en descargo del futbolista argentino. Primero, no es persona habladora. Aquí no ha estado fino, pero la rajada es excepcional. Por lo menos en sala de prensa, porque por lo visto en el campo pía de lo lindo, pero eso ya saben Vds. que se queda en el césped según las leyes no escritas del machito futbolero. Hay que tener en cuenta también que con algo se tendrá que ganar la vida el hombre, ya que parece que cuenta bastante poco para su mentor y guía espiritual. Más cosas. Di María es muy entretenido. Cuando sale, hemos de reconocerle sus grandes dotes interpretativas. Aplaudidísimo el gesto de «Saturno devorando a sus hijos» al primer roce. Y, por último, pero no por ello menos importante, hay que tener mucha personalidad para lucir esas circonitas tan grandes. Todo, pues, indica que es un buen muchacho al que el afán de agradar le ha confundido. Sean compasivos (conmigo).

Tonto útil; por Lucas Haurie

Filtraciones de broncas de pitiminí aparte, a nadie escapa que Di María es el foráneo del clan portugués del Madrid. Desde el Benfica lo trajo Jorge Mendes, director deportivo madridista in pectore, por lo que al superagente (a Mourinho, en realidad) debe su fama y fortuna. En la víspera del partido, en competición doméstica, más importante de la temporada, el «Fideo» ayudó a su entrenador de la única manera posible mientras no supere su estado de baja forma: recordándole a Muñiz lo mal que puede llegar a pasarlo un árbitro si tiene la desventura de cometer un error contra los intereses de tan poderosa institución. Los del silbato no son corruptos, claro que no, pero tampoco son lelos y saben que la concesión de un gol con la mano trae consecuencias distintas según en qué portería sea.

Toda certeza, de cualquier naturaleza, disipa una duda. La seguridad, recordada oportunamente por Di María, de que el sentido de alguna decisión le acarrearía una catarata de vilipendios inmisericordes (en esto son asquerosamente cómplices los periodistas de cámara de los clubes) ayudó a Muñiz Fernández en los momentos de titubeo. No perjudicó premeditadamente al Valencia, por supuesto, pero decidió en su contra sin ningún género de dudas en media docena de jugadas dudosas. Esta manipulación bastarda de la competición fue consecuencia directa del discurso de Di María, a la postre un tonto útil. Es una acendrada tradición madridista la de amedrentar al colegiado: Valdano, que tanto blasona de señorío, llegó a hacerlo en el mismísimo vestuario arbitral del Pizjuán durante el descanso. Al minuto de la segunda parte, fue expulsado injustamente un jugador del Sevilla. Está en las hemerotecas.