Fútbol

Sobre el “biscotto”: elogio y debelación

El formato de esta Eurocopa, con veinticuatro participantes y octavos de final, se presta a los chanchullos

Gareth Southgate, seleccionador de Inglaterra
Gareth Southgate, seleccionador de InglaterraAndy Rain / POOLEFE

Será una de las palabras del año en 2021 y su origen no lo hallaremos en el Diccionario Etimológico de Corominas, la referencia en su género. «Biscotto», en italiano «galleta», se usa para definir cualquier amaño en una prueba deportiva y el término procede del turf, ya que los preparadores sin escrúpulos solían dopar a los caballos impregnando un bizcochito con sustancias excitantes para que galopasen más deprisa. La traducción al español pudiera ser «tongo» que, no obstante, suele encerrar una connotación venal más cercana al puro soborno que al acuerdo entre dos participantes por mutua conveniencia. Una forma menor de corrupción, si se quiere, al menos en nuestras moralmente laxas sociedades latinas. Sin embargo, han sido los rigurosos luteranos (¡ja!) quienes más han practicado el «biscotto» en las grandes competiciones internacionales.

La infamia del Alemania-Austria del Mundial 82 ha sido relatada hasta la saciedad, antier mismo en estas páginas. Un delito de leso fútbol que quedó impune, pero que obligó a FIFA a unificar los horarios de la última jornada de la fase de grupos a partir del torneo siguiente, la Eurocopa de Francia, cuando España eliminó a los alemanes con un gol sobre la hora de Maceda en el Parque de los Príncipes. El empate servía a ambos hasta el minuto 81, momento en el que Nené marcaba el único gol del Portugal-Rumanía de Nantes, así que el combinado de Miguel Muñoz fue el primero que se benefició del sacrificio de Argelia en El Molinón.

Ni siquiera el jugar a la misma hora salvó en 2004 a Italia, inventora de la palabra y víctima de una asquerosa conjura de los escandinavos, tan tramposos como los que más pese a esos aires de civismo inmaculado que se gastan cuando miran a los meridionales por encima del hombro. Descontada como se daba la victoria de la Squadra Azzurra sobre la débil Bulgaria en Guimaraes, sólo un resultado en la vecina Oporto –apenas tres cuartos de hora por la autopista A7– garantizaba la clasificación de Suecia y Dinamarca: el empate a dos. ¿Y cómo quedaron? En efecto, 2-2, sin que se ahorrasen los muy canallas el recochineo de algún gol esperpéntico en el que hasta Stevie Wonder habría visto la nula disposición de los defensas para el despeje o del portero para la parada.

El formato de veinticuatro participantes de esta Eurocopa es un error que encima predispone al crimen, podríamos afirmar parafraseando a Joseph Fouché. Ya se vio en 2016, cuando se inauguró con presencias inexplicables como Albania, que el interés era escaso en una primera fase de tres larguísimas jornadas que sólo eliminaba a un tercio de los contendientes. La incidencia de unos grupos sobre otros por el rescate de los cuatro mejores terceros, para colmo, concedía una enorme ventaja a las selecciones que jugaban más tarde, pues lo hacían con mucha información sobre la continuación del torneo: qué necesitaban para seguir con vida o qué habían de hacer para granjearse un cuadro más asequible. Anoche, checos e ingleses jugaron uno de esos partidos extraños en los que no conviene vencer. «À qui perd gagne», dicen los franceses.

Portugal, la campeona vigente, alzó el trofeo tras empatar contra Hungría, Austria e Islandia y eliminar en los duelos directos a Suiza, Polonia y Gales. Francia llegó a la final por el lado de la llave por donde iban Alemania, Inglaterra, Italia y España… Este ejemplo de los vecinos ibéricos puede resultar inspirador para la selección de Luis Enrique, si es que sale viva del avispero eslovaco, pero convendrán en que supone un atentado contra la equidad de la competición y que resta credibilidad al resultado, sobre todo cuando median actuaciones sospechosas, como ocurre a menudo.

Que pasen cuatro terceros, para España, es hoy un alivio y una preocupación al mismo tiempo. Es posible que baste un punto para dejar atrás, «goal-average» mediante, a Suiza y Ucrania. Pero es posible que no sirva ese puntito, ya que una victoria de Polonia nos manda a la última plaza y los polacos juegan contra Suecia... que en el peor de los casos pasará como mejor tercera. A nuestros potenciales aliados les da lo mismo ganar que perder, así que ojito.