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Joana Pastrana hace historia

Se convierte en la primera española que consigue un campeonato mundial de boxeo. Es la nueva reina del peso mínimo de la IBF. Tuvo que esperar a la decisión de los jueces para ganar a los puntos.

  • Joana Pastrana, con el cinturón de campeona del mundo en la mano, celebra su triunfo. Foto: Clara Guarde
    Joana Pastrana, con el cinturón de campeona del mundo en la mano, celebra su triunfo. Foto: Clara Guarde

Tiempo de lectura 4 min.

23 de junio de 2018. 01:16h

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Domingo García Madrid. 23/6/2018

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Se emocionó Joana Pastrana cuando se vio vestida con el cinturón de campeona del mundo de la IBF. El combate se lo había imaginado millones de veces, pero no había querido pensar cómo sería el momento después. Cuando los jueces anunciaron el resultado y se vio ganadora a los puntos se abrazó a su mánager, Álvaro, dio la vuelta al ruedo y levantó el cinturón al público. A su público. Para eso boxeaba en casa, delante de su gente, que a cada rato dejaba sonar un grito unánime, «Joana, Joana» como ruido de fondo. Era el premio que llevaba meses esperando, desde que su promotora, Guantes de Lobo, ganó la subasta para que el combate se celebrara en Alcobendas. Ha superado cambios de fecha y de rival sin perder la concentración. Nada le afectaba en el momento de subirse al ring.

«Vamos con el rock and roll. Vamos a hacer historia», decía el speaker antes de presentar el combate. De lo demás se ocupaba Joana Pastrana. Desde el momento en que se asomó al cuadrilátero no perdió de vista a su rival. La primera batalla se gana con la mirada. Hasta que empiezan a hablar los puños. Pero en ese momento también era ella la que llevaba la iniciativa. Era más grande y más pesada que su rival. Por eso marcaba la distancia con la izquierda hasta donde Sahin no pudiera llegar. La diferencia de altura le llevaba a veces a que alguno de los golpes se perdieran en el aire. Pero llegaban más de los que se escapaban. Y con el paso de los minutos y de los asaltos los años y los golpes se iban notando en el rostro de la alemana. Sahin mantenía la guardia, pero no quería quedarse atrás, esperando. Buscaba los costados de Joana, pero la española encontraba demasiadas veces la manera de cazarla a la contra. Llegaban los golpes y crecía el nivel de los gritos. «Joana, Joana», otra vez.

La alemana era consciente de que llegaba en desventaja al último asalto y quiso dar la vuelta al combate. Pero le faltaban tiempo y fuerzas. Una caída accidental de Pastrana por un resbalón le dio ánimos. Pero Joana había decidido no perder en dos minutos lo que se había ganado en los nueve asaltos anteriores. Sahin convenció a uno de los jueces, que decretó nulo (95-95) en sus cartulinas. Fue el único que vio un combate igualado, los otros dos vieron más claros los golpes de Pastrana (97-93 y 96-94). Educada, la rival de Joana, un diminuto bloque compacto, saludó al público antes de conocer la decisión. Después, felicitó a la campeona, que no podía disimular la sonrisa.

Joana, por fin tenía el cinturón que tanto había deseado. Era el momento de ser feliz, de poner fin a los sacrificios para rebajar los ocho kilos que necesita perder para competir en el peso mínimo. Era el momento de empezar a recibir los premios, las pequeñas recompensas de las que se ha privado durante tanto tiempo. Ya llegará el momento de volver a sufrir para preparar la defensa. Otra vez en casa, otra vez en Alcobendas. Ahora toca disfrutar de la historia hecha, de ser la primera española campeona del mundo de boxeo.

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