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Japón, un país contra los Juegos

Arrancan con la oposición científica y de los habitantes de Tokio. Apenas un 10 por ciento de los ciudadanos nipones está vacunado

Ciudadanos japoneses en una protesta contra los Juegos
Ciudadanos japoneses en una protesta contra los JuegosKIM KYUNG-HOONREUTERS

Una de las noticias habituales de los Juegos Olímpicos era contar el número de preservativos que se han utilizado en la Villa Olímpica mientras se celebraban. «Hay mucho sexo», aseguró la futbolista Hope Solo hace tiempo ya, revelando algo que tampoco era un secreto especialmente guardado. Atletas jóvenes y en plenitud física pasan varias noches juntos, algunas de ellas, además, de plena celebración por lo conseguido. Así que repartir preservativos entre los desportistas es una tradición que ha ido creciendo: 450.000 en los Juegos de Río de Janeiro, los últimos que se celebraron. En Tokio han estado dando vueltas a si mantener o no esa tradición tan peculiar. Y se han quedado a medias. Por ahora, se ha decidido que sí, que se van a repartir preservativos, pero con una condición: sólo cuando los deportistas se vayan, para que se los lleven de recuerdo. Así, en la Villa Olímpica, que se pretende que sea como una burbuja, no va estar permitido usar condones oficiales de los Juegos.

No está claro si esa prohibición va a ser efectiva para evitar las relaciones sexuales en la Villa de los deportistas, pero sí es consecuente con la serie de medidas que se van a tomar para intentar evitar la propagación de la variante Delta del coronavirus. Porque estos, más que ninguno otro, van a ser los Juegos Olímpicos del miedo.

Las encuestas publicadas en Japón son mayoritariamente contrarias a su celebración. Se han organizado manifestaciones, se han recogido firmas, pero no han conseguido cancelarlos definitivamente. Sí que se ha evitado que haya público, en una medida tomada a dos semanas de la inauguración, cuando la presión ya era irresistible. Así que, por ahora, van a ser unos Juegos en silencio y sin sexo. Pero van a ser, que era lo que de verdad importaba a los organizadores y a la ciudad.

Sin embargo la población local sigue sin convencerse de su utilidad porque la evidencia de que el virus se propaga más rápido que antes entre los no vacunados asusta a un país que aún no ha llegado al 10% de los que tienen dos dosis de vacunas. Aunque se ha evitado ya la llegada de público, no pueden impedir que desembarquen en la ciudad 15.000 personas entre deportistas y ayudantes, más un número similar de miembros de la federaciones deportivas y luego unos 10.000 periodistas para cubrir todos los deportes.

A pesar de que se exige PCR y que las medidas de control impiden casi moverse por la ciudad, aterriza en Tokio una población entera de origen muy diverso y desde más de 200 países. Si el coronavirus pudiese pintar un escenario ideal en el que reproducirse, contagiar y hacerse fuerte, no sería muy diferente al que le ofrecen los Juegos.

Desde el COI se asegura que todos los deportistas van a estar vacunados. En España, por ejemplo, el COE comenzó hace meses el proceso de vacunación para que los atletas españoles llegasen a la competición con las dosis necesarias y después de haber pasado los días de rigor para que empiece a hacer efecto contra el virus. Aunque las vacunas impiden la gravedad de la enfermedad, no está tan claro que sean tan eficaces para evitar la propagación del virus entre las personas no vacunadas.

Los deportistas van a pasar por PCR diarias, se van a vigilar sus movimientos y estarán sometidos a numerosas restricciones, como por ejemplo, no darse la mano, tampoco abrazarse y comer solos. Otra cosa es que en la rutina o en el día a día se cumplan a rajatabla. Pero, por ejemplo, sí se puede beber alcohol. En el resto de Tokyo, no; pero en la burbuja de la Villa Olímpica estará permitido.

Hay alcohol, por tanto, pero no preservativos.

«Creemos que la determinación del COI de continuar con los Juegos Olímpicos no se basa en la mejor evidencia científica», aseguraban hace unos meses un grupo de científico en el el New England Journal of Medicine. En mayo, la asociación de médicos de Tokyo, de la que forman parte más de 6.000 profesionales, insistía también en la misma tesis: «Solicitamos encarecidamente a las autoridades que convenzan al COI (Comité Olímpico Internacional) de que la celebración de los Juegos Olímpicos es difícil y obtengan su decisión de cancelarlos».

Es peligroso para Tokyo, para Japón, pero también para todo el mundo. Cuando se termina la competición, los atletas se dispersan y vuelven a sus ciudades y países. «La prioridad más importante ahora es luchar contra la COVID-19 y asegurar la vida y el sustento de las personas», decía la carta. «El virus se está propagando con el movimiento de personas. Japón tendrá una gran responsabilidad si la organización de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos contribuye a la propagación del COVID-19 y aumenta el número de víctimas y muertes», insistían los médicos de la ciudad organizadora.

Eso no ha echado atrás a la ciudad. El primer ministro japonés, Yoshihide Suga advirtió hace unos días del peligro de la variante Delta, de cómo, por culpa de las vacaciones, puede pasar de Tokyo al resto de las ciudades, sobre todo las de veraneo, pero al mismo tiempo, aseguró que los Juegos Olímpicos van a pasar a la historia no como una víctima más de la pandemia, sino como un ejemplo de fortaleza frente a la adversidad.

Hay algo más que el ejemplo. Hay dinero: Japón invirtió oficialmente 15.400 millones de dólares, pero puede que la cifra real sea el doble. Por eso se suspendieron en 2020, pero se ha hecho todo lo posible para que se celebren este año. Y, según algunas informaciones, por el contrato firmado entre la ciudad y el COI, sólo éste puede suspender la competición. Si lo hace la organizadora se enfrenta a las consecuencias legales y económicas.

Los derechos televisivos de los Juegos ya están vendidos y eso es la principal fuente de financiación del Comité Olímpico Internacional. Cancelarlos supondría un coste que se calcula entre 3.000 y 4.000 millones de dólares, que equivale a un 90% de los ingresos de la organización. Puede, entonces, que ahora se entienda todo mejor.