La esencia del boxeo

Los dos contrincantes, hace unos días en Las Vegas
Los dos contrincantes, hace unos días en Las Vegas

La pelea entre Mayweather y Pacquiao recuerda los grandes combates de la historia y acapara, esta madrugada, la atención mundial.

Todo espectáculo necesita sus brillos y sus luces. El foco que lo alumbra todo se llama en esta ocasión el gran combate del siglo, entendiéndose «siglo» como se comprendía que los 40 días y las 40 noches mentados en la Biblia pudieron ser algunos más. En el caso de la pelea que enfrenta a Floyd Mayweather y Manny Pacquiao, hasta la atmósfera que se respire habrá de llevar irremediablemente alguna fragancia espectacular.

A nadie debería extrañar por tanto que, a las puertas del MGM Arena de Las Vegas, alguien se encuentre ya vendiendo en pequeños frascos el aire que se respiró en Nueva York, en el año 1938, el día en que peleó Joe Louis contra el alemán Max Schmeling. O al listo que pretenda sacarse unos dólares por un pelo de oreja de Holyfield escupida a la lona por Mike Tyson, que tuvo lugar en el mismo Las Vegas. Será por reliquias, será por santos...

Las Vegas es un lugar idóneo para el espectáculo. Para eso nació, intermediado naturalmente por el juego, que estimula los mismos neurreceptores que el espectáculo. Las Vegas es una ciudad creada en medio del desierto adonde acuden recién casados a hacerse «selfies» tirando de la manivela de alguna tragaperra. A otros esposados, los más afortunados, los habrán obsequiado con presenciar el combate del siglo entre el púgil estadounidense y el filipino, contraste de boxeadores, contraste de personalidades, contraste de culturas, el contraste que refleja todo objeto que busque la atención: la entrada más económica se acercaba a los 1.000 euros en el inicio, aunque ya hay algunos que pagan en la reventa cerca de los 90.000 por un asiento.

En La Vegas incluso el dinero parece del Monopoly.

La identificación del espectador con uno y sólo uno de los rivales es la base de cualquier espectáculo. Que exista un componente de aparente justicia forma parte como añadido de la apropiación que el aficionado hace de los contendientes. Sucede en el boxeo, en el fútbol y en las peleas de gallos. En el último gran combate del siglo, Tyson era el joven y demoledor aspirante; Holyfield, el veterano y cerebral campeón. El Holyfield frente a Tyson, como el Mayweather frente a Pacquiao, ofrecía una retahíla de caracteres antitéticos, que encuentra acomodo en el espectador.

Mayweather es estadounidense, Pacquiao es filipino; uno es soberbio, el otro presenta la pátina de la humildad. Ocurría algo similar en el caso de Tyson y Holyfield y sucedió con el resto de combates del siglo. La antología recorre algunos pasajes memorables. Uno es de 1938. Joe Louis quiere revancha ante el campeón nazi, Max Schmeling, que le había ganado dos años antes. El contexto histórico ofreció un anticipo de «blitzkrieg», pero entre los rascacielos neoyorquinos y no entre granjas austriacas. La Casa Blanca recibió al estadounidense y Franklin D. Roosevelt dio así carta de naturaleza a un combate cuerpo a cuerpo a la manera de torneo medieval. Finalmente el «Bombardero Negro» derrotó al alemán en el primer asalto y ganaron los buenos. Para los buenos de una de las partes.

También ensalza el contraste el combate entre Mohamed Ali y George Foreman que tuvo lugar en Kinshasa en 1974. El título mundial de peso pesado estaba en juego, pero también un modo de entender la etnia y la cultura. La negritud enfrentada por los colores de unos valores que llegó a alcanzar una dimensión religiosa. Mohamed Ali, convertido al Islam, tumbó a Foreman para pasar a representar una actitud de inconformismo en una sociedad, la estadounidense, que aún anda cuestionándose su «melting pot» en las calles de Baltimore. La negritud fue la que venció en aquel combate entre dos negros que lucían diferentes colores.

Algo parecido había protagonizado Ali en su combate ante Joe Frazier en 1971. El Madison Square Garden acogió entonces la pelea del siglo en un escenario lleno de celebridades. El antibelicista Ali se batió con Frazier en pleno debate por la Guerra de Vietnam. Ganó Frazier a los puntos, como perdió a los puntos Estados Unidos en Vietnam. El boxeo es algo más que pelea. Porque, como cantó Dylan sobre Huracán Carter, a los boxeadores, en el fondo, lo que les gusta es montar a caballo donde el aire es agradable. Agradable o no, quién sabe por cuánto estarán vendiendo el embotellado de aquellas combates hoy, en algún lugar de Las Vegas.