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Nadal, recuerdos de Wimbledon: resbalones, cacahuetes y una nueva empuñadura

Jofre Porta, que fue técnico de Rafa de niño, recuerda la primera participación del ganador de 22 Grand Slams en Londres

Rafa Nadal, preparando Wimbledon 2022
Rafa Nadal, preparando Wimbledon 2022 FOTO: DPA vía Europa Press DPA vía Europa Press

Rafa Nadal vuelve a Wimbledon tres años después. El All England Club es el Grand Slam que más veces se ha perdido por las lesiones (cuatro más una por la pandemia), pero también en el que debutó en 2003. Lo ha ganado dos veces (2008 y 2010), ha sido finalista otras tres (2006, 2007 y 2011) y en dos ocasiones se quedó en semifinales (2018 y 2019). Eso, ya con los «mayores». También tiene su historia, y vaya historia, una pequeña odisea, siendo más niño.

Rafa, el rey de la tierra, nunca jugó Roland Garros júnior, se lo saltó en 2002 porque tenía que estudiar, acabar 4º de la ESO; es la condición que le pusieron sus padres. En verano sí disputó torneos y uno de ellos fue Wimbledon júnior, el único Grand Slam en el que participó en esa categoría. «Él estaba jugando el campeonato de España sub 16 en tierra, entonces, cuando había empezado el torneo (tenía 16 años recién cumplidos), llamaron a Toni [Nadal] para decirle que le habían concedido una invitación para Wimbledon júnior», cuenta Jofre Porta, que por aquel entonces era uno de los entrenadores de Rafa y que es el fundador de Global Tennis Academy. El zurdo ya había debutado en un torneo ATP, en Mallorca, y lo hizo con una sorprendente victoria ante el paraguayo Ramón Delgado. Rondaba el 600 del mundo y apuntaba alto. «Estaba jugando en tierra –continúa Porta– y tenía que ir a la hierba, una superficie que sabía que existía por la tele, pero en la que nunca había jugado, ni siquiera pisado». No podía desperdiciar la oportunidad y dejó el campeonato de España para viajar a Londres, donde se iba a enfrentar a chicos uno, dos o tres años mayores que él.

La aventura comenzó en el primer entrenamiento. “Cuando volvió a Mallorca, me dijo: Jofre, me fui a jugar y me caí setenta y cinco veces porque no sabía que las zapatillas tenían que tener tacos”, recuerda Porta. Ya estaba con Nike, y le tuvo que mandar un calzado de hierba, para que el segundo día pudiera empezar a prepararse en condiciones. Ahí aprendió la primera lección y después no tardó en dejar muestras de lo que es hoy en día. Del tenista español se destaca, además de su derecha con efecto, su mentalidad y su capacidad de adaptarse a las situaciones. Eso le viene desde bien joven. “Me comentó que con la empuñadura suya, la oeste [como si se cogiera una sartén], las bolas se caían para abajo, entonces cambió a una semi-este, casi continental [esta última es como si se sujetara un martillo, la que se utiliza para las voleas]. Y se dio cuenta también de que tenía que flexionar mucho más, porque la bola apenas subía y si no, no podía restar. Entonces, me comentó: «En el resto me ponía tan abajo que apoyaba la raqueta en el suelo para estar más cómodo», rememora Porta.

Todo esto no es una cuestión menor: era ir a Wimbledon, el torneo con el que soñaba (sí, en esa época más que con Roland Garros), como novato, cambiando la tierra por la desconocida hierba y en un par de días modificando también la empuñadura. «Un jugador normal tarda seis meses en lograr este cambio de empuñadura; y además también alteró el patrón de juego porque él entendió que tenía que ir hacia la red y por eso lo de la continental... La capacidad de adaptación de Rafa en ese momento no era espectacular, era marciana», reflexiona Jofre Porta. «Luego llega un punto en el que es diferente, cuando tú eres el bueno, la vida cambia a tu manera de entender las cosas, pero cuando él tenía esta edad era increíble porque era incapaz de no adaptarse. Cualquier situación que nos encontramos, él encontraba una solución», insiste. Con todos esos elementos novedosos, Rafa llegó hasta las semifinales, donde le eliminó el argelino Lamine Ouahab, que llegó a ser como máximo el 122 del mundo y sólo jugó un partido de un Grand Slam, la primera ronda de Australia 2009. Sigue en activo y ha hecho carrera en Futures y Challengers, llamando la atención de vez en cuando por tener alguna victoria, con un evidente sobrepeso, ante jugadores top. En ese Wimbledon júnior 2002 también estaban tenistas como Andy Murray, Tsonga, Baghdatis, Berdych... El campeón fue el australiano Todd Reid, que falleció en 2018 con 34 años y nunca llegó a despuntar de profesional (tuvo muchas lesiones y una mononucleosis) como lo hizo de juvenil.

Pero la hierba y la adaptación no fueron el único enemigo de Rafa Nadal en ese torneo. El manacorense estuvo instalado en una residencia de estudiantes y tiene un mal recuerdo de las cenas, que eran siempre la misma. «Una carne picada incomestible», describió en su momento. Estuvo jugando prácticamente sin comer por las noches, yendo al supermercado que había cerca y llenando el estómago a base de patatas fritas y cacahuetes. Eso sí, de día aprovechaba en el club y se tiraba a por la pasta y la pizza. «De todas formas, Rafa en ese época tenía una dieta de animal a punto de extinción», bromea Jofre Porta. «Comía olivas, anchoas, gambas y la pasta sin nada. En esto ha mejorado muchísimo», añade.

Ese Wimbledon 2002 lo conquistó, en el cuadro masculino, Lleyton Hewitt. Han pasado 20 años, 18 ediciones disputadas, y es el último tenista que no se llama Federer (8 veces), Djokovic (6), Nadal (2) o Murray (2) capaz de triunfar en la Catedral.