Estas tres toneladas y media de pesetas nunca serán euros

Camilo Yagüe es el mayor coleccionista del mundo de «rubias»; en 52 años de propinas, ha juntado más de un millón y no piensa cambiarlas. La fecha límite es el 30 de junio

Thumbnail

Don Camilo Yagüe es el mayor pesetero de España, en el mejor sentido del término. Este hostelero segoviano, nacido en Paradinas en 1954, acumula la mayor colección de pesetas rubias del mundo. Su tesoro pertenece a ese 3 por ciento que el Banco de España calcula que no se cambiará por euros antes del 30 de junio. Es la fecha límite para devolver el metal casi veinte años después de que nuestro país entrara en el euro en 2002. Ahora sí, la peseta quedará muerta y enterrada.

El arcón con las tres toneladas y media de pesetas, alrededor de un millón de monedas, preside el salón de los Yagüe en Torrecaballeros (Segovia). Es el símbolo del final de una época, pero también el recuerdo de una vida de mucho trabajo. El patriarca comenzó a guardarlas con solo catorce años; eran las propinas que se ganaba por echar una mano en el restaurante de sus padres. Por aquella época se rodaban películas en la zona de Valsaín, así que no sería raro que alguna procediera del bolsillo de Sophia Loren o George C. Scott, actores a los que de chaval llevó bocadillos mientras filmaban «La caída del imperio romano» y «El general Patton».

Poco a poco se fue corriendo la voz y los que luego serían también clientes de sus propios restaurantes le llevaban pesetas «para el bote». «Mucha gente sabía que las guardaba y me las traía, desde Adolfo Suárez o Fernando Abril Martorell hasta el ministro Andrés Reguera Guajardo. También los toreros Fernando Domínguez y Rafael Ortega», cuenta.

FOTO: © J. FDEZ. - LARGO La Razón

Aunque la peseta nació por decreto el 19 de octubre de 1869 tras el derrocamiento de Isabel II, la primera de esta colección data del año 1944. De ahí para adelante, Camilo las tiene todas. Hasta la última tirada, la de 1982, cuando de rubias pasaron a blancas y perdió el interés. Cambiarlas le reportaría antes del miércoles apenas 6.000 euros, un millón de las antiguas pesetas. Pero el valor como antigüedad es incalculable. Por un solo ejemplar de la de 1946, su favorita, se pagan entre 2.000 y 3.000 euros.

En todos estos años, le han ofrecido grandes sumas a cambio de su colección. La última proposición, la de una bodega de Ribera del Duero que pretendía usarlas de decoración, rondaba los 40.000 euros. Ni se lo planteó porque, según dice, «mi mujer se niega, yo creo que antes prefiere que me vaya yo de casa». Y es que este patrimonio pesetero, y todo lo demás, «lo hemos conseguido mi mujer Pilar y yo juntos, ella en la cocina y yo en la sala. Empezamos sin nada».

Los Yagüe llegaron a tener siete restaurantes y fincas para eventos por la zona de Segovia. Un largo recorrido para aquel joven espabilado que, con apenas veinte años, se bajaba a Ceuta con un camión lleno de carneros que había comprado en los mercados de los pueblos «para venderlos a los moros». Una vida que parece a años luz «de la que tienen ahora los jóvenes, todo el día con el móvil».

Camilo recuerda con cierta nostalgia los otros tiempos, aquellos en los que «si una persona mayor te mandaba a comprar un par de cajetillas de Ideales al estanco, ni se te ocurría rechistar». También era una época en la que las propinas eran más generosas, pero «también el servicio era mejor, los camareros eran unos profesionales, con su camisa blanca y su chaquetilla negra. Ahora parece que lo puede hacer todo el mundo».

Camilo también colecciona vehículos antiguos, como este coche de los años 20 FOTO: © J. FDEZ. - LARGO La Razón

«Antes, el que pasaba de 25 años te dejaba buena propina, era otro estilo. Y si uno robaba un pan se le caía la cara de vergüenza. A mí me entraron en uno de los restaurantes en el año 82 y me robaron 23.000 pesetas de la caja y de la máquina tragaperras. A los tres meses, recibí un giro postal con esa cantidad y una carta en la que el ladrón se disculpaba por haberlo hecho y me explicaba sus motivos: tenía cuatro hijos de corta edad y se había quedado sin trabajo. Estuve buscándole mucho tiempo para hablar con él y darle el dinero de vuelta porque había cobrado del seguro pero no lo encontré nunca». Aquella carta de disculpa, enmarcada, está colgada justo encima del baúl. Quizá como un recordatorio del valor real de las pesetas y, sobre todo, del valor de la hombría bien entendida.

Hace un año y medio que Camilo decidió jubilarse. La situación creada por la pandemia no animaba a continuar y el matrimonio pensó que era el momento de la retirada. Así que alquilaron el Mesón Don Camilo, a la entrada de Torrecaballeros, y se trajeron para casa el cofre de las pesetas. «Tuvimos que hacer dos viajes porque el patrol se volcaba por el peso de las monedas. Entre cinco personas llenamos varios sacos y las trajimos para acá».

Hace cuatro meses la vida le dio un revolcón serio y tuvo que ser trasplantado de hígado con riesgo serio de muerte. Dice que «le regalaría todas estas monedas a los sanitarios que me atendieron en Valladolid, fueron impresionantes. No sé ya cómo agradecérselo». Aún desconoce cuál será el destino final del tesoro de rubias. O si le gustaría ser enterrado con ellas al modo faraónico. Cree que lo mejor sería deshacerse de ellas para evitar líos entre sus dos hijas sobre quién las hereda. Lo que tiene claro es que no las va a entregar la semana que viene al Banco de España: «A mí no me dice nada esa fecha del 30 de junio. Esto vale más por lo que significa en cuanto al amor propio de haberlas conservador durante más de medio siglo. ¿Cómo las voy a entregar ahora?». Le parece un sacrilegio que las fundan y las vendan para chatarra, al peso, así que quizá acepte alguna oferta. «Si las vendo es para que sobrevivan. El que me las compre tiene que asumir ese compromiso. Solo por el cobre que tienen valen el triple», asegura.

Durante estos años, Camilo dejó que muchos de los que se acercaban a hacerse una foto con la colección metieran la mano y se llevaran unas cuantas de recuerdo: «Tiene la foto media España, todavía hay gente que me llama porque se acuerda. Han venido hasta de Alemania a grabar el baúl». Entre risas, confiesa que dejó de regalarlas a lo loco cuando se dio cuenta del enorme valor que alguna tenía en el mercado de las antigüedades: «Empecé a pensar que el que sacara una del 46 no me iba a decir nada».

Mientras habla con este periódico, este empresario hecho a sí mismo, musero (fue campeón de España) y lleno de historias pasa sus manos de hombre de campo por las monedas. Lo hace con un gesto evocador, casi con deleite. Son parte de su historia y, al cabo, emblema de una era que desaparece.