Elisa Molina: “La neurociencia ya nos ha dicho el efecto devastador de gritar a los niños”

Si nosotros gritamos, lo más normal es que ellos griten y que interioricen que, cuando alguien hace cosas que no me gustan, tengo que gritar; o, si las cosas no salen como yo quiero, tengo que gritar a esa persona que es más pequeña. Es una relación de abuso de poder que debemos erradicar porque se aprende como si fuera válida, y no lo es.
Si nosotros gritamos, lo más normal es que ellos griten y que interioricen que, cuando alguien hace cosas que no me gustan, tengo que gritar; o, si las cosas no salen como yo quiero, tengo que gritar a esa persona que es más pequeña. Es una relación de abuso de poder que debemos erradicar porque se aprende como si fuera válida, y no lo es.PIXABAY

Seguramente a cualquier padre o madre que les hicieran la pregunta de si quieren educar en calma dirían que sí, sin embargo también reconocerían que educar en calma no siempre es posible, o, lo que es lo mismo, no siempre les sale. La vida que llevamos, los patrones adquiridos de nuestra infancia, no tener paciencia con nuestros propios hijos, son cosas que hacen que muchas veces no eduquemos como “se debe”. Elisa Molina es maestra infantil, formada en Disciplina Positiva y madre de 4 niños. Creadora de la web Educar en Calma, su experiencia ayudando a padres es dilatada. Estos días está realizando un congreso gratuito online que puede verse desde todo el mundo (y que cuando acaba se podrá ver accediendo a la parte premium). Charlamos con ella.

-¿Se puede aprender a educar en calma?

-Para tranquilidad de todos, diré que sí; es posible aprender a educar en calma, aunque es cierto que necesitaremos tener un poco de paciencia con nosotros mismos, aceptar que en muchas ocasiones vamos a tener automatismos que tendremos que aprender a controlar y también que necesitaremos nuevas herramientas.

Tenemos que pensar que llevamos toda nuestra vida con una maleta con herramientas que, fundamentalmente, se basan en el premio, el castigo, la amenaza, el chantaje y los gritos. Y, si queremos dejar de usarlas, tendremos que buscar otras herramientas.

Es normal acercarnos a un curso o un taller buscando esas nuevas herramientas porque sentimos que nos estamos convirtiendo en padres y madres que no se sienten bien porque sienten que se alejan de sus hijos, que los niños no tienen confianza para contarles cosas, que tienen miedo de ser castigados, que mienten… y vamos buscando herramientas. Cuando salimos del taller, somos más conscientes de que el cambio no está en nuestros hijos, está en nosotros y necesitamos trabajar diferentes aspectos de nuestra vida (y a veces nuestra infancia) para poder ser esos padres que queremos ser. Pero, sin duda, SÍ podemos educar en calma.

-¿Por qué ahora hay mayor proliferación de cursos para educar mejor? ¿Estamos más perdidos los padres ahora?

Quizá, más que estar perdidos, es que somos más conscientes de la importancia que tiene educar a nuestros hijos de forma respetuosa. La neurociencia ya nos ha dicho cuáles son las consecuencias de los gritos en la infancia, sabemos que hay unos años en los que absorbemos todo con una capacidad increíble y grabamos momentos que serán los que recuerden nuestros hijos en su cabeza y, sobre todo, en su corazón.

El problema viene cuando tú no has sido criado y educado así. Porque si tú has tenido una infancia libre de chantajes, es casi seguro que no los usarás con tus hijos para que se coman las verduras, por ejemplo.

Pero, si no conocemos otras formas, lo normal es tirar de ellas, que es lo que vivimos en la infancia y que, aunque nuestros padres lo hicieran lo mejor que supieran, lo cierto es que hay técnicas que son mejores que otras. Tratar a los niños con dignidad y respeto no es algo novedoso. Hay psicólogos como Adler que lo pedían hace más de cien años. Incluso Montessori hablaba de un trato exquisito a la infancia. No es solo un derecho de los niños, es un deber de las familias ser un buen ejemplo.

-¿Qué es, sobre todo, lo que más preocupa a los padres?

Los padres muchas veces tienen miedo de consentir mucho y que sus hijos terminen en algún programa de televisión para reconducir esa situación. Y es que confundimos ejercer la autoridad con autoritarismo -ese en el que se hacía lo que decía tu padre “y punto”, que sabemos que no tiene buenos resultados a largo plazo- con pasarnos a la permisividad y permitir que los niños hagan lo que quieran, que no es respetuoso para los niños ni para los padres y menos para las personas que los rodean.

Encontrar ese punto intermedio de respetar a los niños y a los padres, respetar la situación que estamos viviendo, el momento, buscar soluciones con empatía hacia los niños y validando lo que están sintiendo es difícil, aunque una vez que empiezas ya no puedes parar porque notas cómo tus hijos están más conectados contigo y tú con ellos; hay como un hijo invisible que te hace tener más paz con él y también contigo. El clima en casa mejora muchísimo porque hay más cooperación y contribución por parte de todos.

-Gritar: ¿qué efecto provoca en el cerebro de los niños recibir constantemente gritos de sus padres?

El cerebro de los niños es un órgano en desarrollo que está aprendiendo y continuará aprendiendo durante toda la vida. Gritar a nuestros hijos tiene efectos porque mina el autoestima de los niños (y de los mayores), nos hace sentir que lo que hacemos está mal, que somos un desastre, que no somos merecedores de que confíen en nosotros, desalienta, crea miedo y distancia con el adulto que grita. ¿Quién querría estar cerca de alguien que siempre está gritando? Nadie.

Los niños nos observan, nos escuchan, nos sienten y aprenden a través de nuestros actos. Si nosotros gritamos, lo más normal es que ellos griten y que interioricen que, cuando alguien hace cosas que no me gustan, tengo que gritar; o, si las cosas no salen como yo quiero, tengo que gritar a esa persona que es más pequeña. Es una relación de abuso de poder que debemos erradicar porque se aprende como si fuera válida, y no lo es. Es una forma más de violencia. Los gritos también duelen porque se clavan en el corazón y te dañan por dentro.

Además, debemos entender que los niños no nos hacen gritar. Gritamos nosotros, los adultos, porque no sabemos controlarnos con los niños. Porque si estamos gritándole a nuestro hijo y sale la vecina con la basura somos capaces de controlarnos y decirle “buenos días”. Así que tenemos de desechar esa idea de que no podemos controlarnos. Tenemos que controlarnos -al igual que hacemos con nuestro jefe- con nuestro hijo. A fin de cuentas, el amor que sentimos por nuestro hijo no es comparable por el que podamos sentir por nuestra vecina o nuestro jefe, ¿verdad?

-Hay que poner límites ¿sí o no?

Sin duda hay que poner límites. Los niños y los adultos necesitamos límites. Lo interesante es ver cómo ponemos los límites y por qué. Hay límites que son fijos, no se pueden mover nada. Por ejemplo, no vamos a dejar que nuestros hijos beban lejía. El límite ahí es claro. No vamos a dejar que viajen sin cinturón de seguridad, porque en caso de accidente no nos lo perdonaríamos. Es decir, hay límites que se ponen por seguridad de los niños. Y hay límites que nos sirven para enseñar cosas en pequeños pasos. Por ejemplo, cruzar una carretera de la mano o sacar la pizza del horno. Los niños pueden ir de la mano por la calle o caminando a nuestro lado. Lo importante es que ambos tengamos claro que, al llegar a ese punto, tenemos que parar, darnos la mano, mirar a ambos lados y cruzar cuando los coches estén parados. Así conocerá cómo proceder para el día que tenga que hacerlo solo. Lo mismo ocurre con el tema del horno. Al principio, tendremos que poner una norma en la que digamos, por ejemplo, que cuando vayamos a abrir el horno, vamos a poner las manos a la espalda. Con el paso del tiempo, iremos mostrando cómo hacerlo de forma segura.

Cómo pongamos los límites nos muestra cómo nos relacionamos con la infancia. Podemos hacerlo ejerciendo autoridad “eres pequeño y me das la mano para ir por la calle o nos vamos a casa” o bien “prefiero que crucemos juntos la calle, los coches pueden despistarse”. La acción es la misma, pero la forma es distinta.

-¿Hay que negociar con ellos para que hagan lo que les pedimos?

Negociar es una estrategia y está bien. A veces hay que empatizar y también comprender qué les estamos pidiendo, que muchas veces nos pasamos y otras no llegamos. Lo fundamental es que los niños perciban que todos somos necesarios, valiosos y que aportamos a la familia, que todos nos implicamos y somos equipo. Porque así será fácil ganarnos su cooperación.

Cuántas veces nos llaman ellos y no los atendemos por estar con el teléfono o el ordenador y luego pretendemos que ellos, que están en su habitación jugando inmersos con sus cosas, vengan en cuanto les digamos para recoger esto o aquello. Tenemos que pedir lo que primero hemos dado, al revés no funciona. Y, sobre todo, conocer qué es importante para los niños cómo nos dirigimos a ellos. Desde el salón, gritando, os adelanto que las posibilidades de que nos hagan caso se reducen. Si vamos a la habitación, conectamos con ellos -nos miramos a los ojos- y les explicamos que necesitamos orden en el salón y que han dejado juguetes o libros allí y si necesitan ayuda, será más sencillo de conseguir. Por supuesto, todo esto funciona mejor si nosotros también somos ordenados, porque los niños nos pillan enseguida. Así que tenemos que poner mucho foco en nosotros y ver si lo que les estamos pidiendo a ellos, somos capaces de hacerlo nosotros.

-En su experiencia, ¿se quedan satisfechos los padres cuando hacen estos cursos?

Muy satisfechos. Es que cambiamos la mirada, empatizamos con los niños, comprendemos qué sienten cuando tenemos determinadas reacciones, cómo buscan sus propias soluciones y cómo podemos mejorar nuestra dinámica familiar.

Luego viene un trabajo más profundo, el del día a día, en el que hay que cambiar patrones, hay que eliminar cosas que hacemos, volver a encajarnos todos… es un proceso y por algún sitio hay que empezar. La verdad es que un curso o taller es una experiencia divertida, compartiendo con otras familias y viendo que lo que nos pasa a nosotros también ocurre en otras casas; así que no estamos solos y que cada vez somos más los que apostamos por una educación más consciente y respetuosa.