El rebelde agitador

Torra ha movilizado la calle sin rubor. Hasta el punto de reconocer públicamente que alguno de sus hijoTs era miembro de los CDR

Fiel a su estilo imprevisible, Carles Puigdemont sorprendió el día que escogió como sucesor a un hombre de la cultura antes que político y, desde luego, muy cercano. Joaquim Torra Pla era, por encima de todo, un paisano y gran amigo del prófugo de la justicia, a quien conoce desde sus años jóvenes en Gerona. Cuando «El Puchi» ejercía de periodista, Quim Torra era ya un abogado y escritor que regentaba la editorial «A contra vent», desde donde desarrolló una intensa labor en defensa de las letras catalanas con una clara ideología soberanista. Ganador de algunos premios literarios en el marco editorial de Gerona, siempre estuvo vinculado a Òmnium Cultural, de cuya fallecida presidenta, Muriel Casals, era también estrecho colaborador y a quién en sucedió en el cargo.

Nacido en Blanes, de familia republicana y soberanista, Joaquím Torra Pla ejerció como director de varios centros literarios, publicó numerosos ensayos sobre «La Cataluña imposible frente al racismo español», colaboró en revistas en lengua catalana y hasta se enfrascó en proyectos artísticos de restauración de las ruinas de Ampuria Brava y el antiguo mercado de la Barcelona de 1716. «Un intelectual radical, simpático y conversador», según quienes bien le conocen. Un activista sin pragmatismo político, en lo que todos coinciden y bien demostrado en estos dos años y cuatro meses como presidente de la Generalitat. Estudioso de las letras catalanas, la Segunda República y escritores en el exilio, su amistad con Puigdemont le llevó a ser diputado en el Parlament bajo las siglas de JuntsXCataluña. Nunca fue un político al uso, ni mucho menos, sino un literato y escultor, práctica que le apasiona, que trabajó durante muchos años en una empresa privada de seguros en Suiza. Creador del Premio Prudenci Bertrana de novela, era muy conocido en los ambientes intelectuales del Ampurdán y mantenía una estrecha amistad con Puigdemont desde hace años. Quienes bien le conocen destacan su escaso olfato político y un claro fanatismo anclado en su profunda ideología soberanista que ha emergido sin tregua en todo este tiempo al frente la Generalitat.

Como periodista, son conocidas sus colaboraciones a favor de la lengua catalana, y ha compartido muchas horas de lecturas, mar y montaña con Puigdemont por los parajes gerundenses. En verano, era habitual verles con sus respectivas familias en Cadaqués, a veces en casa de la conocida activista Pilar Rahola. Su nuevo papel institucional le ha desbordado siempre por encima de su fervor independentista. A pesar de muchos avatares, Quim Torra se ha mantenido fiel al fugitivo Puigdemont, en contra de que la historia está llena de sucesores que apuñalan después a sus mentores, como bien revela el propio caso de Artur Mas y su heredero. El tiempo ha demostrado que Torra era un agitador, un rebelde contra el Estado, aunque nunca perdió la compostura cordial en sus encuentros con Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno de la Nación que más ha tendido la mano a Cataluña y el mundo soberanista.

Durante estos años, ha visitado en numerosas ocasiones en la cárcel a los presos independentistas y ha agitado la calle sin rubor. Hasta el punto de reconocer públicamente que algunos de sus hijos era miembros de los CDR y le arengaba a manifestarse contra la España opresora. Cordial en el trato cercano, pero fanático independentista, Torra ha sido un iluminado, un mártir del «procés» desobediente y díscolo hasta el final. Nunca manejó las riendas del partido, en manos de Carles Puigdemont, ni albergó otras ambiciones políticas como Artur Mas. Lo suyo era ir por libre, batutar un Govern bastante caótico en permanente liza con Esquerra Republicana y provocar hasta el extremo al Estado.

Casado con Carola Miró, es un hombre extremadamente religioso y frecuenta a menudo la Abadía de Montserrat, la gran cuna del nacionalismo fundacional de Convergencia y donde, al igual que su gran patriarca, Jordi Pujol, tiene su confesor de toda la vida.

«Yo haré historia», le dijo hace ya casi tres años a Puigdemont cuando el fugitivo, en contra de otros nombres previstos, le designó sucesor. Ahora, como 131 president de la Generalitat lo ha conseguido al ser el primero inhabilitado en el ejercicio del cargo. Cuando Artur mas lo fue, en febrero de 2019, por la consulta ilegal del 14-N, ya no estaba en ejercicio y su antecesor, «El Puchi», puso tierra de por medio y huyó a Bruselas. Ahora, a pesar de todo, seguirá cobrando del erario público como ex presidente y piensa seguir trabajando por la independencia de la república catalana. Un día, en los umbrales de la transición, Josep Tarradellas regresó del exilio con aquella famosa frase «Ja soc aquí» (Ya estoy aquí). Ahora, un activista iluminado deja la Generalitat con otra muy diferente: «Ya me voy de aquí». Por la puerta de atrás y una condena judicial. Desobediente, rebelde y agitador incansable hasta el final.