A la calle en 6 años

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante la sesión de control al Gobierno
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante la sesión de control al Gobierno FOTO: Emilio Naranjo EFE

A Pedro Sánchez no le tiembla el flequillo ni se le agitan los megavatios cuando responde. Miente más que habla, chulea al contrincante, aflauta la voz, farda de socialdemócrata y pasa la zarpa por el lomo de sus antiguos espectros, hoy metabolizados como indispensables aliados. En su intercambio con el líder de los populares, Pablo Casado, tiró de cachondeo para agradecerle su «constructiva participación en el debate parlamentario». No le importó confundir las cifras de paro provocadas por la hecatombe de las subprime en 2008, heredadas por el ejecutivo de Rajoy del de Zapatero, con las colas del hambre del Covid, igual que haría poco después la vicepresidente, Yolanda Díez, inmutable en su denuncia de una reforma laboral de la que no deja de sacar réditos.

«Con la crisis de la Covid hemos logrado recuperar los niveles de empleo en tan sólo un año y medio», dijo Sánchez. Respecto a Eta y Bildu, y las limpiezxas bucales que les han dedicado en los últimos días, comentó que «No hemos usado el terrorismo nunca cuando no existía Eta y no vamos a usarlo ahora, diez años después de la desaparición de Eta». Pablo Casado le había explicado poco antes que «A Eta la derrotaron las acciones de la Guardia Civil». «Va a usted a sacar de la cárcel a 200 terroristas para que le aprueben los presupuestos», añadió. Cuando su contrincante reprochó a la derecha una visión despiadada y oscura del fin del terrorismo, Casado le espetó que «A Bildu y a Eta no les debemos nada, a las víctimas, todo. Memoria, dignidad, verdad y justicia». Minutos más tarde, durante su intervención, Teodoro García Egea dejó una frase con vocación de epitafio: «Los autónomos al paro, los parados al olvido y los condenados, al ministerio de igualdad».

Pero Sánchez, cuyo partido ha protagonizado una semana loquísima, Sánchez, que viene de descubrir un busto de Alfredo Pérez Rubalcaba con aire a muñeco de José Luis Moreno (un amigo sostiene que más bien recuerda a Alfredo Landa), Sánchez, que tienen mandanga para todos, Sánchez, que hace erigir bustos a sus enemigos y viene de eviscerar un partido, domina el arte de la persuasión y no tiene mayor problema en contrarrestar las acusaciones de sus enemigos. Como buen demagogo, maneja bien los estoques. Incluso sabe fajarse con los datos, tirar de empirismo y hemeroteca, si la ocasión aconseja ponerse sobrio. Cuando Santiago Abascal lo acusó de abrir los portones de la inseguridad ciudadana y la inmigración ilegal, le espetó que la tasa de criminalidad general es la más baja de la serie histórica de la democracia.

Fue prodigioso escuchar a Sánchez un discurso antirretórico, citando lo que cualquier observador mínimamente instruido puede comprobar con sólo mirarse las memorias del CGPJ y la Fiscalía General. A saber, que España es uno de los países más seguros de Europa (del mundo, yes), con números bajísimos de homicidios, hurtos, etc. Pasado mañana, cuando toque echar caramelos a la ministra de Igualdad, cuando llegue el momento de subirse a la colina de los agoreros para justificar las muy reaccionarias leyes del sí es sí, volveremos a los infiernos heteropatriarcales, España renacerá como Ciudad Juárez y Madrid será Kabul, con cientos de miles de mujeres huyendo por Barajas. Para replicar a un Abascal desabrido en su elocuencia populista, que confunde a los menas con hordas de nazguls y el parque del Oeste con las villas miseria de Medellín, a Sánchez le convenía tirar de verdades fácticas. Sin acritud. No es nada personal, apenas negocios.

Por la mañana paseo las cifras reales, por la tarde agito consignas cocinadas por un think tank a sueldo o un tuitero borracho de odio y por la noche corto y cierro con el mensaje que mejor convenga. Todo es provechoso, queridos niños, todo es provechoso y reciclable. Tampoco crean que necesitó mucho para contrarrestar a Abascal cuando éste le pedía que se ponga en la piel de los padres que reciben a sus hijos con una cuchillada en el cuello. Es posible que para robar a un ladrón necesites otro, pero es seguro que para contraprogramar la pirotecnia de un trilero conviene no apurar la frenada. Ya vamos sobrados de melonadas y efectismo, como para intentar vacunarnos doblando la apuesta y asumiendo los peores tics del maniquí en jefe y sus colegas, esos redentoristas entre la revolución cultural, el bife de chorizo y la irracionalidad de los campus estadounidenses.

A la más destacada, la dulce Yolanda, nadie podrá achacarle que use las tablillas del odio. La vicepresidente, fiel a su costumbre, adoptó un tono profesoral para repetir con voz de requesón una serie de datos, algunos ligeramente truchos. Cuca Gamarra acusó a la vicepresidenta primera, Nadia Calviño, de haber dejado huérfanas la ortodoxia y el rigor contable. «Queremos una recuperación fuerte, pero también justa», disparó Nadia. «Sus cuentas son mentira», zanjó la popular. Entre medias, como quien no quiere, Sánchez había colado de rondón su campaña contra Madrid, cuando subrayó su empeño de sacar la sede de algunas instituciones de la capital. Antes o después de decir no es no a la teoría de presos por presupuestos su socio necesario, el hombre de paz, Otegi, daba una clase magistral para explicar el precio a pagar por su auxilio. Para sacar a los verdugos de la trena necesitan cambiar la ley. Un proyecto a medio plazo que implica necesariamente la perpetuación de Sánchez y Podemos en Moncloa. En 6 años, si no antes, todos estarán fuera.