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Ochomiles en invierno: la llamada del hielo

Frío extremo, vientos huracanados y nieve capaz de engullir cualquier ambición. Entonces, ¿por qué ir? Los himalayistas Simone Moro y Alex Txikon lo explican a LA RAZÓN antes de intentar el Manaslu

La cima del Manaslu (8.163 metros), desde el campo base, en Nepal
La cima del Manaslu (8.163 metros), desde el campo base, en Nepal FOTO: MARTON MONUS EFE

Si, como escribió Apsley Cherry-Garrard, que formó parte de la desventurada expedición de Scott al Polo Sur, la exploración polar «es la forma más radical y más solitaria de pasarlo mal que se ha concebido», el ochomilismo invernal no debe andarle muy a la zaga.

El reto de ascender en invierno las catorce cimas más altas del planeta culminó en enero pasado con la conquista del K-2, en el Karakorum paquistaní, por un equipo de diez sherpas nepalíes liderados por el mediático Nirmal Purja. Era el último desafío invernal, el que más esfuerzos e intentos baldíos había requerido. La pregunta era inevitable, ¿y ahora qué?

En el desafío invernal han sido los polacos los que han escrito las páginas más brillantes. No en balde, en diez de las catorce primeras ascensiones ha habido algún polaco en la cima. Sin embargo, es el italiano Simone Moro (Bérgamo, 1967) quien más primeras ascensiones acumula, cuatro (Sisha Pangma, Makalu, Gasherbrum II y Nanga Parbat). En esta última montaña, donde el austriaco Herman Buhl forjó su leyenda, alcanzó la cima junto al español Alex Txikon (Lemona, 1981) y el ya fallecido Ali Sadpara.

Ahora, Moro y Txikon unen sus fuerzas –como ya hicieron el pasado invierno, también junto al alpinista español Iñaki Álvarez– para intentar ascender el Manaslu (8.163 metros), la «montaña de los espíritus», que el 12 de enero de 1984 fue hollada en la estación más fría por primera vez –cómo no, por una expedición polaca, que puso en la cumbre a Maciej Berbeka y Ryszard Gajewski– convirtiéndose en el segundo ochomil, tras el Everest, en ser ascendido en periodo invernal y el primero sin oxígeno.

Iñaki Alvarez, Alex Txikon y Simone Moro, en el campo base del Manaslu en diciembre de 2020
Iñaki Alvarez, Alex Txikon y Simone Moro, en el campo base del Manaslu en diciembre de 2020 FOTO: Phelipe Eizaguirre Phelipe Eizaguirre

Para Moro será su cuarto intento desde que lo afrontó por primera vez en 2015. Para Txikon, ésta puede ser su última expedición invernal tras una década de desafíos que también le han llevado a intentar el Everest y al K-2 en la época más dura del año.

Ahí arriba les esperan temperaturas extremas, vientos furiosos y nevadas copiosas que no invitan al optimismo. Toda el éxito se ciñe a una mínima ventana de buen tiempo que les permita seguir explorando sus límites. La sublimación del sufrimiento, en definitiva. Entonces, ¿por qué ir? ¿Tan poderosa es la llamada del hielo?

Moro: “Me gusta el frío y las situaciones complicadas”

Simone Moro lo tiene claro. Tras 19 expediciones invernales, su pasión no ha declinado. «Sigo fascinado por el invierno», asegura a LA RAZÓN horas antes de volar a Nepal. «Desde niño me gustan el invierno y el frío. Mi madre siempre me decía que nunca quería abrigarme. Me gustan el frío y las situaciones complicadas».

Para Txikon, sin embargo, sus retos invernales son una evolución en su carrera como himalayista. «Llevaba muchos años escalando en primavera, en el post monzón y en el Karakorum en verano, y como himalayista creo que tienes que intentar salir de tu zona de confort –afirma en conversación con este periódico–, porque en las situaciones más complejas es cuando sacas lo mejor de ti».

«Aunque tengas mínimas posibilidades de éxito, sólo el hecho de seguir intentándolo quiere decir mucho; eso supone que hay motivación y que no vas simplemente por coleccionar ochomiles», añade el lemoarra.

Txikon: “El viento es un problemón bestial”

Ambos son conscientes de las dificultades a las que se enfrentan. «El mayor peligro es el viento, y después la acumulación de nieve, porque normalmente se da una combinación de ambos –explica Moro–. Pero lo que hace muy difíciles las expediciones en invierno son las infrecuentes y muy cortas ventanas de buen tiempo».

«El viento es un problemón bestial, tremendo», corrobora Tkikon, que apunta que «con el cambio climático esto se ha acentuado». «Es muy difícil prever la meteorología y los vientos huracanados en cotas muy altas, lo que complica mucho tomar una decisión». El vizcaíno pone números a ese diagnóstico: la línea roja que exige tirar la toalla se sitúa «en los 30 ó 35 bajo cero con 40 km/h de viento».

Para el italiano sería su quinto ochomil invernal y admite que ese reto le estimula. «Me gustaría cerrar ese círculo y conseguir el quinto, como los cinco aros olímpicos. No suelo renunciar a mis proyectos». ¿Puede ser ésta su última expedición en invierno a un ochomil? «Honestamente no lo sé –asegura–. Nadie ha hecho tantas expediciones invernales como yo, pero sigo fascinado por el invierno. Quizá si sumo mi quinta cima en el Manaslu me pensaré si abandono este tipo de aventuras».

A vueltas con la delimitación del invierno

Txikon también se plantea dar la espalda al frío. «Si llevamos con éxito la expedición, aunque no este yo en la cumbre, con eso me vale. Entonces igual es mi última expedición en invierno; porque hay que ir cambiando de ciclo».

Para Moro, en el Manaslu hay una motivación añadida: conseguir la primera ascensión completamente invernal (sin acometer la montaña antes del 21 de diciembre). «Durante los primeros veinte días de diciembre suele hacer buen tiempo, con vientos suaves y días soleados. Hay una enorme diferencia entre el final del otoño y el invierno real –explica–. No me gusta hacer trampas. Un alpinista honesto tiene que aceptar las dificultades».

Pero para Txikon «no es una motivación». Aunque considera que «el verdadero invierno» llega a partir de enero, hace un ejercicio de realismo: «Hay que tener los pies en la tierra. Con la pandemia, bastante mérito tiene organizar una expedición».