Opinión

El Sáhara, en términos de «realpolitik»

Me encantaría interpretar el asunto del Sáhara en términos de «realpolitik» y tacticismo, pero con Pedro Sánchez al volante, hablar de alta política es como hacerlo de alta cocina ante un sándwich mixto sin mantequilla siquiera. Me encantaría, digo, porque si así fuera, independientemente de mi opinión personal al respecto, estaríamos hablando de un dirigente capacitado y una decisión meditada, fuese esta más o menos acertada. Pero visto lo visto, tirando tanto de contexto como de antecedentes (no enumeraremos ahora la retahíla de mentiras, desmentidos, rectificaciones, errores y torpezas de lo que llevamos de legislatura), uno tiene que preguntarse, lo primero, qué beneficio a corto plazo saca de esto Sánchez. Porque a ese estímulo parecen responder todas sus decisiones. Así, lo único que se me ocurriría es que se zanja la crisis con Marruecos que, no olvidemos, es uno de los más antiguos aliados de Estados Unidos. Podría interpretarse este cambio en la política exterior como un acercamiento por país interpuesto de Sánchez a Biden, el mismo con el que mantuvo aquella tronchante reunión de segundos en un pasillo, que parecía que quisiera venderle romero y predecirle el futuro, y el mismo que hace unos días no le incluía en sus conversaciones sobre Ucrania con líderes europeos. Da igual si por el camino se abre un conflicto diplomático con Argelia, que ya ha retirado a su embajador de nuestro país y amenaza con dispararnos el precio del gas justo en plena crisis energética recrudecida por la invasión de Rusia a Ucrania y con los precios ya desorbitados de antes. O que la propia ONU le saque los colores (es un decir, a él le da igual) al recordarle que este asunto debe resolverse en un proceso acordado. Que no es más que un «¿pero tú quién te crees que eres?» como la copa de un pino.

Esta postura, además, agrava la brecha abierta con sus socios en el gobierno de coalición, en un alarde más de la capacidad de Sánchez para ser desleal con absolutamente todo el mundo por igual. Incluso con él mismo, en un momento dado, si eso le reportara algún provecho. Los de la formación morada asisten ya, con más resignación que pasmo, a las ocurrencias ciclotímicas de su socio, que parece empeñado en meter el dedo en su ojo y evidenciar, una y otra vez, que son capaces de tragar sapos y culebras haciendo casi funambulismo para seguir agarrados a sus firmes convicciones, con una mano, y al sueldo a cargo del erario público, con la otra. Y es que Podemos es ya un cadáver político, bien lo saben hasta ellos, e intuyen que ahí fuera todo es frío y desolación. Y las niñeras hay que pagarlas. Así que mientras haya vox, hay esperanza.

Por si todo esto fuera poco, arde también la calle y los viejos trucos asustaviejas ya no le funcionan de tan sobados. A Redondo se le olvidó explicarle antes de irse que si todo el mundo está descontento ya no sirve gritar, afectado, que todos esos son ultraderechistas. Porque todos esos somos todos nosotros y no nos tenemos miedo. Aun así, él lo intenta al tiempo que, profesionalizando la incomparecencia como método para resolver problemas, ni toma medidas ni deja que se tomen. Y aunque parece que asistimos, desatino tras desatino, a su final político por méritos propios, yo, como en las malas películas, no descartaría el susto final en el que el finado se levanta y aún se carga a la rubia. Les recuerdo que en 2016 abandonaba la Secretaría General del PSOE y su escaño en el Congreso de los Diputados. Y ahí le tienen hoy: destrozando España en calidad de presidente.