Comida familiar y gimnasio antes del juicio

Habló con Puigdemont para coordinar el apoyo en las calles.

Habló con Puigdemont para coordinar el apoyo en las calles.

Desafiante en su comparecencia pública junto a sus antiguas consejeras, Irene Rigau y Joana Ortega, en el Museo de Historia de Barcelona. Con amenazas muy claras al Estado: «Una y mil veces, lo volvería a hacer». Pero horas antes de sentarse en el banquillo, Artur Mas i Gavarró, pasó sus preludios procesales junto a su familia. «Quiere relajarse con los suyos», afirman fuentes cercanas, con quienes Mas celebró ayer un almuerzo en el domicilio de la calle Tuset, próximo a la Diagonal barcelonesa. Con su esposa Helena Raskonik, sus tres hijos Patricia, Artur y Albert, y sobre todo con sus dos nietas gemelas Helena y Gala, que acaban de cumplir un año y son fruto del matrimonio de Patricia con Rubén Torrico, un catalán descendiente de una familia cordobesa de Hinojosa del Duque.

Sabedor de las tensiones que se le avecinan, Mas estuvo reunido en la mañana del sábado con su equipo de abogados que lidera el letrado Rafael Entrena, pareja de la ex consejera Joana Ortega, en su día alta dirigente de Unió Democrática de Cataluña y hoy completamente alejada de los democristianos que lideró Josep Antoni Duran Lleida. Por la tarde, acudió a su habitual gimnasio, en la zona alta de Sant Gervasi próxima a su domicilio, para practicar sus largos de natación. «Estaba tranquilo, sonriente y como un toro», dice uno de sus compañeros de entrenamiento. Al terminar la sesión, Mas cumplió uno de sus ritos sabatinos: escuchar misa en las Escuelas Pías de la calle Balmes.

Fuentes de su entorno aseguran que Mas está «como una roca» ante el juicio de hoy. «No se arrepiente de nada y piensa dar la batalla», añaden. Lejos de amilanarse, Mas piensa escenificar su papel de héroe y mártir del causa independentista, máxime cuando la Justicia atenaza fuertemente a Convergència con asuntos de corrupción. Su actitud retadora y defensiva es «un trampolín hacia adelante», en palabras de personas muy cercanas que ven en Mas un blindaje bajo el paraguas separatista. Lo que nadie duda es que tanto él como las dos ex consejeras no tienen previsto retractarse de sus conductas en el 9-N.

En estas horas previas, Mas ha hablado varias veces por teléfono con Carles Puigdemont para coordinar el apoyo callejero, en el que miles de personas movilizadas por organizaciones independentistas pretenden colapsar los accesos al palacio del TSJC para impedir la entrada de Mas, Rigau y Ortega. Artur Mas afronta así el final de una trayectoria pública patética que pasará a la historia como un hombre acabado en manos de un grupo de radicales antisistema de la CUP .«Humillado y humillante para Cataluña». Es la frase lapidaria que anoche recorría los despachos políticos y económicos catalanes tras la enrarecida situación que se avecina.

Acorralado política y judicialmente, se lo confesó hace meses a unos amigos en una cena: su gran sueño era pasar a la historia como dos de sus predecesores, Francesc Maciá y Lluis Companys. Ambos declararon la independencia de la República Catalana en el balcón del Palau de la Generalitat. Ante tal objetivo, Mas, un político mediocre, siempre a la sombra del clan pujolista, decidió ponerse el mundo por montera, desafiar a la historia y toda legalidad vigente, para sumergirse de lleno en la senda separatista.