Daesh recuerda a sus terroristas que están en una guerra de religiones

Lo que pretenden es la imposición de la interpretación más rigorista de una religión que nos devuelve al siglo VII

Hay quienes, por las razones que sean, pese a que las evidencias se acumulan en número de ataques y asesinatos, niegan que Daesh haya planteado su terrorismo como una “guerra de religiones”, en la que ellos defienden la única, la verdadera, frente a los infieles a los que hay que eliminar o, en todo, caso someter.

En las publicaciones destinadas a sus combatientes, en las que dan cuenta de sus “hazañas” o marcan las estrategias, es habitual que se incluyan artículos de carácter doctrinal, que justifican la bondad de las actividades criminales que desarrollan los miembros de Daesh, frente a los que “viven en la incredulidad” y, para colmo, se ríen de su religiosidad.

El argumento no puede ser más maniqueo o falaz, pero cala entre los ya fanatizados, o están a punto de serlo.

“En este mundo hay quienes se burlan de los creyentes, de los que esperan la resurrección, mientras “bendicen” a quien quiera prostituirse”, señala uno de estos “sermones”, en los que se subraya que Alá tiene preparado “un gran tormento” para los que no creen en él.

Frente a esta circunstancia, está la vida dura, “la amargura del mundo” de los moujaidines (combatientes) que “conduce a la dulzura del Más Allá y viceversa”. “La vida de este mundo está llena de vanidad (...) los infieles, en el día de la resurrección, ¿qué podrán ofrecer? Los que no creen en el fuego (infierno) se irán allí”.

“El Todopoderoso prometió la mayor veneración de los satisfechos (...) la eterna y eterna felicidad”, subrayan.

Insisten en “la vanidad de esta vida” (...) la práctica de infieles e hipócritas (...) los incrédulos que están satisfechos con ellos (...) ellos son los perdedores. Estos infieles son la ira de Dios.

Tiene grandes tormentos preparados para ellos” (...) el placer significa pecado”.

Cuando Daesh asesina a católicos, o a fieles de otras confesiones, como ha ocurrido este año en Filipinas, Sri Lanka o Burkina Faso, entre otros países, poco menos que, de acuerdo con esta teoría, les estarían restando tiempo para que no siga con su vida “pecaminosa” ya que, al final, antes o después, se va a ir al infierno.

Por atroz e increíble que pueda parecer, es la terrible realidad con la que se enfrenta la civilización occidental, basada en valores cristianos.

Los yihadistas no son terroristas como los que hemos conocido en Europa, que luchaban, y luchan, por cuestiones territoriales para obtener un “estado propio”. Lo que pretenden es la imposición de la interpretación más rigorista de una religión que nos devuelve al siglo VII. Ellos están convencidos de lo que hacen. ¿Lo están los encargados de combatirlos? Porque, no se olvide, uno de los fines que persiguen este tipo de criminales es llevar a la sociedad el convencimiento de que no se les puede vencer, y se produzca un desestimiento generalizado que contribuya a su “victoria”.