Duran pierde la pista de Mas

La Razón
La RazónLa Razón

Josep Antoni Duran Lleida admitía hace un par de semanas que su relación con Artur Mas es «mejorable». Lo dijo poco después de que su socio de federación despreciara los logros del catalanismo pactista en los últimos cien años. A Duran le molestó que Mas justificara con este argumento el proyecto independentista, pero no quiso abundar en las discrepancias sobre la deteriorada relación que mantienen para no alimentar la crisis que se está larvando en CiU desde hace meses. El presidente de la Generalitat se ha ido distanciando progresivamente de Duran y refugiándose en una serie de colaboradores que comparten un mismo rasgo ideológico, el soberanismo. Desde que fue reelegido president, Mas ha tratado de trabar complicidades con el líder de ERC, Oriol Junqueras, con la esperanza de que los republicanos acaben entrando en el Govern. El resultado final ha sido que Mas merece cada vez más reconocimiento de Esquerra – «está cumpliendo el pacto de gobernabilidad punto por punto»– y cada vez más recelos de Unió, menos informada que antiguamente de las maniobras de Convergència.

Algo comenzó a resquebrejarse el pasado mes de marzo cuando el presidente de la Generalitat precipitó el cese del «embajador» de la Generalitat en Bruselas, el moderado Joan Prat (que representó a España en la OTAN durante el gobierno de Aznar), y lo reemplazó por el desconocido Pere Puig, un funcionario de la órbita soberanista. A Duran no sólo le irritó el cambio de perfil, sino, sobre todo, enterarse de la sustitución a través de la Prensa.

Desde entonces, el líder de Unió ha debido seguir atentamente los periódicos para no perderse la actualidad del Govern, ya que Mas se ha acostumbrado a actuar sin consultar la opinión del que todavía es su principal socio. El pasado mes de mayo, el gobierno catalán aprobó un decreto para adaptar provisionalmente la prórroga presupuestaria a la previsión de déficit del 1,2 por ciento; lo hizo sin anuncio previo a Duran. El dirigente democristiano optó por morderse la lengua, pero el malestar siguió en aumento. Este comportamiento se ha perpretrado y la última prueba ha podido verse esta misma semana, después de que el Govern presentara un informe sobre los agravios del Estado con Cataluña. Tampoco se tomó la molestia de enviárselo al líder de Unió.

¿Qué ocurre? Sencillamente que Unió y Convergència están cada vez más cerca de poner fin a una relación que ha funcionado durante 33 años. Siempre fue un matrimonio de convivencia, siempre estuvo expuesto a colisiones continuas pero pocas veces se avistó un final de la federación. Atrás quedan los tiempos en que Convergència quería absorber a Unió. Hoy las redes de los convergentes se dirigente en otra dirección porque su objetivo es pescar en el caladero independentista. Sólo así puede interpretarse la reciente alianza que ha sellado con Reagrupament, una escisión de ERC capitaneada por el ex conseller Joan Carretero. Unió, por supuesto, tampoco recibió noticias de aquella operación. El estallido final de la crisis en CiU podría estar muy cerca, ya que será difícil que los socios de la federación nacionalista consensuen la pregunta de la consulta antes de final de año porque los planteamientos de partida son muy diferentes. Ya lo dijo anteayer Duran, nada es eterno.