El cínico

Es la persona que ofrece una versión falsa de los hechos con total tranquilidad. Y que lo hace con total descaro, sin ocultarse ni sentir vergüenza. Bárcenas. El impasible. Por su propia boca o cuando se dirige al respetable usando como mediador a su letrado. Cuando concede entrevistas en televisión o cuando saca sus emociones y sus inquietudes de los muros de Soto del Real.

Es la encarnación del embuste. Capaz de cambiar el guión de lo que cuenta en función de sus intereses, y por consiguiente de sostener una cosa y la contraria casi sin solución de continuidad. O lo que es peor: de decir A para hacer B; de proclamar la pacifica relación con sus antiguos jefes y al mismo tiempo tramar toda una estrategia para liquidarlos por la vía civil, y matarlos políticamente.

Naturalmente que este preso está en su perfecto derecho de usar la mentira para defenderse (¡hasta ahí podíamos llegar!). Pero poco tiene que ver el tolerable ejercicio de buscar el amparo de los rudimentos de la democracia para salvar el pellejo con otro intolerable ejercicio: el de tomar por idiotas a los españoles mientras se sigue sin explicar de dónde han salido cerca de cincuenta millones de euros.

Es así. No hay ciudadano informado que no sepa que este reo no puede ver a Cospedal ni en pintura. Y la causa es una y clara. Fue la secretaria general del PP, con tino y hace años, la que sostuvo con fundadas razones que a este presunto chorizo había que quitarle la caja de las manos. No era una cuestión de lucha de poder en el partido sino de lucha contra la corrupción. Y nadie duda de que para ganar esta decisiva batalla, hoy, la verdad deberá prevalecer sobre la farsa.