Rajoy gana, los pactos pierden

El debate a cuatro empezó con ataques al unísono contra el candidato del PP, para derivar en una dura pelea que evidenció la dificultad para pactar. Sánchez contra Iglesias y Rivera contra Rajoy protagonizaron los momentos más tensos.

El presidente del Gobierno en funciones y del PP, Mariano Rajoy (i), el líder del PSOE, Pedro Sánchez (2i), el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera (2d), y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias (d)
El presidente del Gobierno en funciones y del PP, Mariano Rajoy (i), el líder del PSOE, Pedro Sánchez (2i), el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera (2d), y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias (d)

El debate a cuatro empezó con ataques al unísono contra el candidato del PP, para derivar en una dura pelea que evidenció la dificultad para pactar. Sánchez contra Iglesias y Rivera contra Rajoy protagonizaron los momentos más tensos. Con artículos de Abel Hernández, José María Marco, Toni Bolaño, Pilar Ferrer y Martín Prieto.

Los cuatro candidatos se jugaban mucho en el debate de anoche y apostaron inicialmente por arriesgar lo justo para intentar consolidar sus expectativas sin perder posiciones. El debate no aclaró los pactos postelectorales para romper el bloqueo. El líder socialista, Pedro Sánchez, era el que llegaba con más presión al duelo televisivo por la dificultad de encontrar la medida para disputar al líder de Podemos, Pablo Iglesias, su condición de «alternativa» a Mariano Rajoy.

Fue un debate marcado por el pulso entre elegir continuidad, representada por el candidato popular, o el «cambio de izquierdas», cuyo liderazgo se disputaron Iglesias y Sánchez. Con estrategias opuestas. Iglesias, condescendiente con Sánchez; Sánchez, agresivo con Iglesias, al que incluso le sacó a relucir la financiación de Podemos o las malas prácticas en la Universidad de Málaga por parte de Íñigo Errejón. El «todos contra Rajoy» fue diluyéndose un poco según avanzó el debate al entrar en liza la pelea de Sánchez e Iglesias por el liderazgo de la izquierda. «Señor Rajoy, usted tendría que haber dimitido por los “papeles de Bárcenas. Pero sigue aquí por el señor Iglesias», le espetó el secretario general del PSOE a su «alter ego» en Podemos.

Si el secretario general del PSOE buscó oxígeno identificando al PP con Podemos, Iglesias le contestó con su cara más amable, reivindicando incluso algunas de las propuestas que planteó Sánchez y tendiéndole la mano para hacer frente común contra el PP. En varias ocasiones tentó y presionó al líder del PSOE para ese pacto de izquierdas frente al «bloque conservador», al tiempo que calificó a Rivera de «escudero» del PP. Y Sánchez, en paralelo, le afeó el bloqueo a su investidura. Y atacó a Iglesias diciéndole que sus propuestas le son conocidas: «Palabras que yo pronuncié en mi discurso de investidura, y votó en contra. Usted votó en contra, de forma muy legítima. La consecuencia es que el señor Rajoy sigue aquí, en funciones. No tropiecen dos veces en la misma piedra», instó a los «votantes socialistas». «No soy yo tu adversario», murmuró Iglesias.

La estrategia de Iglesias fue dirigirse casi en exclusiva al líder del PP, incluso cuando respondía al máximo dirigente de Ciudadanos. «Entre la copia y el original, me quedo con el original, nuestro adversario es el PP». Y en el «todos contra uno» que se dibujó desde el primer momento, el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, se mezcló con Sánchez e Iglesias en la apuesta por elevar la crítica contra Rajoy, empujando tanto como los dirigentes de izquierdas. Fue su apuesta personal para superar las intrínsecas dificultades que se derivan de su necesidad de encontrar su sitio en la «pelea» con el PP por el voto útil para frenar a la «izquierda radical». Rivera fue a por Rajoy, acentuando las diferencias y silenciando las cuestiones sustanciales de su programa que coinciden mucho más con el PP que con el PSOE. A Rajoy intentaron colocarle a la defensiva, y aguantó el tirón primando el tono moderado y presidencial para defender su gestión. Haciendo valer su experiencia de gobierno frente a los otros tres candidatos y contrastando con cifras las andanadas de sus adversarios.

Rajoy e Iglesias compartieron un mismo esquema: o un Gobierno del PP o un Gobierno «progresista», según Iglesias, con su partido y con el PSOE. Iglesias ninguneó a Sánchez, pero también lo hizo Rivera, aunque por motivos distintos. El líder de Ciudadanos buscó el cuerpo a cuerpo con Rajoy y con Iglesias, pero no con el líder socialista, su socio en el pacto de investidura, que fue tumbado por el Congreso y que decayó con el adelanto electoral. En líneas generales los argumentos fueron muy previsibles, y las formas, también. El miedo a perder impuso un esquema más encorsetado que los debates previos a las elecciones del 20 de diciembre.

El tono más bronco llegó con la corrupción. Y ahí es donde Rajoy encontró más dificultades para escapar de su posición a la defensiva. El representante de Ciudadanos sacó los «papeles de Bárcenas», los SMS y volvió a dar entender que exige la cabeza del candidato popular para pactar con el PP. Fue el momento más tenso entre Rajoy y Rivera. El representante del PP se revolvió de hecho a sus acusaciones con más dureza que en la respuesta que dio a alguno de los ataques de Sánchez o Iglesias.

«Gobernar no es fácil y gobernar la cuarta potencia de la zona euro, en la situación en la que la recibimos a finales de 2011 al borde de la quiebra, aún menos. En estos cuatro años el Gobierno ha tomado decisiones importantes y eso ya ha empezado a producir resultados. Hablar está muy bien, pero dar trigo es más complicado», sentenció Rajoy.

Cada bloque fue el contraste entre la España «en positivo» que dibujó Rajoy y la España «en negro», según Sánchez e Iglesias, y en gris y necesitada de profundas reformas, según Rivera. El cruce de propuestas de anoche no dejó ver ningún margen para acercar posturas. Aunque los tres se comprometieron a evitar unas nuevas elecciones.

El líder popular se revolvió contra las «mentiras» de sus contendientes: sí ha habido reducción de impuestos, proclamó, por ejemplo. «Los españoles saben que las cosas están mejor, todos dicen que arreglarán las cosas, como por arte de magia. No somos perfectos, pero se pueden crear dos millones de puestos de trabajo en dos años. Hay que perseverar en lo que ha funcionado», argumentó.