Pequeño Nicolás

El gran golpe del «pequeño Nicolás»

Un banquero relata al juez cómo el «falso espía» pretendió estafarle 500.000 euros. «No entendía cómo podían atender sus llamadas durante un Consejo de Ministros», explicó al magistrado

El gran golpe del «pequeño Nicolás»
El gran golpe del «pequeño Nicolás»larazon

Pelo canoso, complexión gruesa y de 1,65 de altura aproximadamente. Así describe la Policía al empresario Javier Martínez de la Hidalga, de 73 años. Un lince para los negocios, pero, según cree el juez instructor, una víctima crédula y mansa a la que Francisco Nicolás iba a dar un «palo» de 500.000 euros. A esa conclusión llegó tras escuchar el testimonio de Juan A. M., director de una oficina del Banco Santander situada en la milla de oro de la capital. «El día 10 de octubre se presentaron en mi entidad Don Javier y un chico joven que dijo llamarse Nicolás Gómez. Cuando vi al chaval lo primero que pensé es que se trataría de un pasante que trabajaría en el despacho del abogado de Don Javier. Les hice pasar a mi despecho», comienza explicando con tono firme y seguro el banquero, a pesar de estar en la sala del juez de instrucción número 2 de Plaza de Castilla.

«Don Javier me presentó al chico como la persona del Gobierno que le iba a ayudar a él a sortear un embargo que, al parecer, Hacienda iba a llevar a cabo en sus cuentas», recuerda. El «pequeño Nicolás», elegantemente vestido, estrechó con fuerza la mano de su interlocutor y dijo: «Soy ayudante de la Subsecretaría del Estado de Presidencia. No se preocupe que vamos a intentar arreglarlo todo». Ya cómodos en el despacho, Nicolás encabezó la conversación: «El tema del embargo está complicado. Se ha producido porque Javier es administrador solidario de una sociedad en Andalucía con problemas. Un alto funcionario de Hacienda estaba investigando la empresa y, un día que yo estaba presente, el socio de Don Javier le ofreció 100.000 euros para que en vez de ir contra él fuera contra Don Javier». El director, que no entendía nada, miraba ojiplático, de forma alternativa al «pequeño Nicolás» y a su cliente, quien asentía dando veracidad a las palabras del joven.

«Entonces, ¿cuánto dinero necesitas?», preguntó el banquero a su cliente para zanjar el tema. Sabía que quería efectivo. El resto no terminaba de comprenderlo. «Todo lo que hay en las cuentas. Hasta el último céntimo», respondió el empresario. «Me quedé anonadado», le contó al juez. «No podía ser que sacase todo el efectivo y se lo expliqué. Le dije que no podía hacer un reintegro de todo el dinero del golpe porque eso iba en contra de la ley de blanqueo de capitales», añadió.

En el despacho las voces subieron de tono. Comenzó una acalorada discusión entre cliente y director de oficina, en la que Javier Martínez de la Hidalga se quejaba. No entendía por qué si era su dinero no podía disponer de él cuando le diera la gana. El banquero esgrimía todo tipo de justificaciones, pero con tiento para no enfadar a Don Javier y que se fuese con todos sus caudales a otra entidad. «Lo que más preocupaba al empresario era el tema del blanqueo. Eso le hacía estar reticente», recuerda Juan. «Entonces, el “pequeño Nicolás” media y anuncia que va a llamar a Soraya, a la vicepresidenta del Gobierno, para ver cómo puede resolverlo. Coge el móvil con absoluta naturalidad, marca y antes de salir del despacho, le escuchamos decir: Soy Francisco Nicolás, ¿me puedes pasar con el subdirector?», explicó el director del banco al magistrado. En la sala, el fiscal y el abogado del Estado seguían las declaraciones con cara de asombro. Por su parte, Víctor Sunkel e Israel Paz, abogados defensores del «pequeño Nicolás», tomaban notas.

Mientras Nicolás habla fuera por teléfono, el director de la oficina insiste en que la operación que pretenden hacer es ilegal. «No puedes sacar de golpe 500.000 euros», le dije, pero él insistía. De repente, se abre la puerta. Es el «pequeño Nicolás». Trae la solución. «El tema del blanqueo está solucionado. No hay problema», nos anunció. Entonces comenzó a elogiarme como director de oficina. Dijo que ellos sabían de mi gran responsabilidad y mi buen hacer. Elogió mis habilidades como director para concluir de nuevo con que me olvidase del tema del blanqueo de capitales. «De eso, nos encargamos nosotros», afirmó seguro.

Embargo

Nicolás dio por zanjado el problema y volvió a encabezar la conversación: «Necesito conocer las posiciones de las cuentas». El director consultó en el ordenador y las imprimió. Se las entregó a Javier Martínez de la Hidalga y éste, a su vez, a Nicolás que, con todo el desparpajo del mundo, les hizo una foto con el móvil. «A ver. Hay que sacar el dinero de la cuenta», advirtió Nicolás. «El embargo viene de un funcionario de Hacienda de Andalucía Oriental. Emitió la orden el miércoles y viene de camino a Madrid. En cuanto llegue van a embargarte todas las cuentas».

Juan, el director de la entidad, a pesar de las buenas palabras, no terminaba de ver claro cómo hacer la operación que le pedía su cliente. Le explicó que no podía darle el dinero físicamente, un billete sobre el otro, porque era una cantidad demasiado elevada. Nicolás , ante el asombro del banquero, volvió ausentarse de la reunión. Hablaba por teléfono, supuestamente en esta ocasión, con la propia Soraya Sáenz de Santamaría. «No entendía cómo si los viernes hay consejo de Ministros, podían estar atendiendo las llamadas del “pequeño Nicolás”», explicó Juan al magistrado. «Esta vez cuando salió de mi despacho, el joven dejó sobre la mesa varios informes. Estaban colocados en dirección a mí para que pudiese leer con facilidad. En uno ponía “Gobierno de España”. Lo abrí y pasé algunas hojas, aunque no pude leer nada. Mi cliente me dio un manotazo en la mano. No seas tan indiscreto. Esos papeles no son tuyos», me reprendió.

Juan comenzó a pensar que la situación no era normal. El aleteo de la mosca que, casi desde el principio, tenía detrás de la oreja, se convirtió en un zumbido desagradable cuando al regresar al despacho, después de hablar con la «vice» en persona, Juan le preguntó si conocía a una mujer (dio su nombre y apellidos) que trabajaba en la Subsecretaría del Ministerio de Industria. «Claro. Es muy amiga. Estuve comiendo con su hijo hace unos quince días más o menos», afirmó Nicolás. «Entonces me di cuenta de que aquello podía ser una estafa. Yo sí conocía a la mujer y sólo tenía hijos pequeños. Ninguno en edad de poder salir a comer con el “pequeño Nicolás”. Aun así, no las tenía todas conmigo porque el chaval me empezó a enseñar fotografías con personas importantes y relevantes del mundo político y empresarial de España». El juez le preguntó asombrado que por qué no advirtió a su cliente de que podía ser víctima de una estafa. «No podía decir nada porque son clientes muy importantes y si me equivocaba me jugaba mi puesto de trabajo», respondió.

Después de más de una hora en el banco, todavía no estaba claro cómo sacar todo el dinero de la cuenta y, al mismo tiempo, sortear el problema del blanqueo de capitales. Pero Nicolás tenía la solución: «Me ha dicho la vicepresidenta que la mejor solución es abrir una nueva cuenta a nombre de alguien de confianza para que se trasladen allí los fondos de Javier y así quedan a salvo del embargo de Hacienda». Al empresario le gustó la idea y le preguntó al director de la entidad si no tenían cuentas para este tipo de situaciones. «Le respondí que no. Ante la negativa él propuso que yo abriera una a mi nombre y él me transfería todos los fondos. Me negué. Le expliqué que ni el banco ni yo nos íbamos a prestar a eso». Entonces, de forma casual, como el que no quiere la cosa, haciendo un ejercicio de generosidad, el «pequeño Nicolás» levanta la mano y dice: «Podéis poner la cuenta a mi nombre. Como un favor, nada más. Vamos, que si queréis firmó un papel en el que me comprometo a no tocar ni un duro de todos los 500.000 que me transfiráis». El director de la entidad, alarmado, advierte a su cliente: «Si haces eso pierdes la titularidad del dinero. Pasa a pertenecer a Nicolás». La respuesta del empresario lo dejó anonadado: «Juan, no me queda otro remedio. ¡Si no me voy a quedar sin dinero!».

Al banquero no le queda otra salida que obedecer la orden de su cliente. Si se niega, lo pierde. Así que le pide a Nicolás el DNI para hacer una fotocopia. Lo mira y se da cuenta de que sólo tiene 20 años. «Eres un niño. Pero si no tienes ni estudios», le espetó. «Soy estudiante de CUNEF y agente del CNI», le respondió seguro de si mismo Nicolás. Sus palabras fueron corroboradas por el propio Martínez de la Hidalga que, señalando los informes que había sobre la mesa pregunta: «¿Qué más quieres? Tienes los dossieres del Gobierno ahí mismo».

El director del banco confiesa que la única opción que le queda es dilatar la apertura de la cuenta y la transferencia y tratar de razonar en privado con su cliente sin la presencia de Nicolás. Así que le pide la nómina del CNI. El joven puntualiza que colabora, pero no trabaja, es decir, que no tiene una nómina que enseñar. La reunión acaba con la promesa de que en unos días la cuenta a nombre de Nicolás estará abierta. Antes de irse, el empresario saca de la cuenta 25.000 euros que se lleva en dos sobres. En la puerta les espera un Audi de color negro con el lanza- destellos policial azul. El dinero en efectivo acabó en el bolsillo de Nicolás con la excusa de que si iba a andar por la calle se lo podían robar. El empresario ya ha recuperado 10.000 y negó sentirse estafado. Por su parte, la transferencia de los 500.000 no se efectuó. Tampoco llegó la orden de embargo de Hacienda.

Al terminar la declaración el juez estaba escandalizado. Probablemente deberá rebajar la imputación a tentativa de estafa, pero lo que tiene claro es que no archivará la causa. A pesar de que la única prueba del intento de engaño es el testimonio del banquero, con toda probabilidad Nicolás acabe sentándose en el banquillo de los acusados, en lo que será una de las causas más mediáticas del los últimos años.

Seguimientos imposibles

Según consta en las diligencias policiales, cuando el tráfico en Madrid era denso, Nicolás hacia uso de la sirena policial de color azul. La colocaba en el techo del vehículo y se abría paso. Los agentes de Asuntos Internos que le seguían, no podían hacer lo mismo para no delatar su presencia y en ocasiones le perdían la pista. Una sirena, que según reconoce el propio Nicolás, le regaló el policía municipal Jorge González Hormigos. Tras una investigación, el Ayuntamiento de Madrid le sancionó con un traslado de destino por transportar a Nicolás dentro de un vehículo municipal. Este expediente, que fue remitido al Juzgado, permanece dentro de la pieza separada sobre la que aún se mantiene el secreto.