Política

El ocaso de Susana Díaz: Auge, batallas y caída de una sultana

De presidenta de la Junta a ejercer una oposición desganada, Díaz ha dejado a su paso muchos cadáveres políticos

Tal día como hoy de 2013, con los 39 años todavía por cumplir, Susana Díaz Pacheco era investida presidenta de la Junta de Andalucía. En 2012, José Antonio Griñán la había nombrado consejera de Presidencia y sucesora in pectore, ya que veía cómo su horizonte penal se oscurecía por el tsunami de corrupción que había motivado en 2009 la dimisión de Manuel Chaves. Hoy, los dos mentores de la niña trianera aguardan en un «ay» la sentencia del caso ERE después de que su patrocinada se desentendiese de su suerte para granjearse el apoyo de Ciudadanos en la legislatura 2015-18. Son sólo dos de los muchos cadáveres políticos que ha dejado a su paso esta política profesional sin más andamiaje intelectual que una ambición muy por encima de sus capacidades y una absoluta falta de escrúpulos en innoble arte del navajazo trapero. Hasta que se topó con Pedro Sánchez.

El cursus honorum de Díaz comenzó mientras se peleaba con los libros de Derecho, en cuya facultad pasó más de un decenio y sólo se tituló cuando ya llevaba bastante tiempo ejerciendo el poder en el Ayuntamiento de Sevilla, donde formaba collera con otro joven concejal llamado Alfonso Rodríguez y Gómez de Celis, perdedor cuando Griñán, ya con ella a los mandos del aparato socialista andaluz, designó a Juan Espadas como sucesor del alcalde Sánchez Monteseirín. Celis, hoy vicepresidente del Congreso y uno de los primeros rostros visibles del sanchismo en Andalucía, rumió su rencor durante tres lustros, pero ahora es quien recuerda a diario al presidente en funciones que su tarea más urgente, en cuanto se extinga este interminable ciclo electoral, es el definitivo apartamiento de Díaz del liderazgo PSOE-A.

Nunca estuvo atraída por el municipalismo una Susana Díaz siempre más proclive a la política pura que al mantenimiento de parques y jardines, de modo que dio el salto a Cortes antes de cumplir los 30 y asumió la Secretaría de Organización del PSOE sevillano (de toda la Federación Andaluza a partir de 2010), el más poderoso de toda la organización federal, que limpió de críticos durante la complicada segunda mitad de Zapatero en La Moncloa. Su labor sorda en esos cargos, un avispero de familias enfrentadas en plena rebatiña por un poder institucional menguante, le granjeó justa fama de experta en fontanería partidaria y por eso Griñán se encomendó a ella cuando, tras la mayoría absoluta de Rajoy en 2011, pretendió reconquistar Ferraz para los socialistas andaluces.

Ese congreso, celebrado para más inri en Sevilla, fue su primera gran derrota. El PSOE-A se alineó con la oriunda almeriense Carme Chacón, que perdió la batalla frente a Rubalcaba, lo que abrió en el partido heridas que aún hoy no han suturado, a pesar de los insistentes (y bastante patéticos) ofrecimientos de Díaz como costurera remendona. El viejo profesor de Química, zarandeado por una sucesión de batacazos electorales, dimitió en 2014 y ahí fue donde Díaz perdió su último, y único, tren a la política nacional. Mecida por los halagos de quienes le aseguraban que podía mantener el poder en Andalucía mientras algún tonto útil le calentase el sillón de Ferraz, escabechó a un candidato prometedor como Eduardo Madina por la persona interpuesta de Pedro Sánchez... y el testaferro devino en titán indestructible.

La carrera hasta su cooptación como presidenta regional fue igualmente cruenta. Griñán, persona cabal y consciente de la necesidad de desmantelar la corrupción endémica que habían dejado casi 20 años de chavismo, dejó el partido en manos de un terceto de jóvenes de confianza con empuje suficiente para enfrentarse al clan de Alcalá de los Gazules, pequeño pueblo de la serranía gaditana que se había constituido en sanctasanctórum del poder juntero. Rafael Velasco, Mario Jiménez y Susana Díaz usaron el mazo para demoler a sus rivales, aunque supieron emplear el bisturí para mantener intacta la red clientelar que, a la postre, llenaba las urnas de votos. Así salvó Griñán, contra todo pronóstico, su gobierno en las elecciones de marzo de 2012, cuando el PP de Javier Arenas se repartía las canonjías que iba a proporcionarle su mayoría absoluta.

El primer triunviro, Velasco, fue enseguida abatido por el fuego amigo de una filtración a la prensa sobre una compañía mercantil que tenía con su esposa. La sucesión de Griñán quedaba entre Jiménez y Díaz, un partido desigual porque ella surfeó sobre la ola del feminismo que ya empezaba a empapar la política. Una apabullante campaña propagandística la presentó en Madrid como una especie de Golda Meir mientras los cenáculos capitalinos, siempre refractarios a las opiniones que llegan de provincias, desoían las advertencias de los que la presentaban como una nulidad. Eran los días de gloria del peronismo rociero, ese mejunje a base de populismo y ordinariez que se tragó el contribuyente andaluz durante un lustro administrado por embudos oficiales como Canal Sur u oficiosos como la miríada de medios privados, sin distingos ideológicos, rendidos a la sultana.

En 2017, cuando ya era tarde, renunció a su voluntad de ser llevaba bajo palio a la secretaría general del PSOE y consintió concurrir en primarias frente al redivivo Sánchez. Los militantes le dieron la espalda en mayo, lo mismo que los votantes andaluces el 2 de diciembre del año siguiente, cuando perdió una comunidad que gobernaban los socialistas desde hacía 40 años. La inestabilidad del Gobierno central le ha proporcionado una interinidad de nueve meses al frente del partido en Andalucía, donde ejerce una oposición desganada e inane. En un vano intento por ganarse el árnica de su rival, acaba de guillotinar a su fiel Mario Jiménez, quien más se significó en su apoyo como portavoz de la Junta Gestora que presidió Javier Fernández. El onubense, defenestrado en verano de la portavocía del grupo en las Cinco Llagas, rumia ahora por las esquinas por la inmisericordia de su jefa.