José Montilla: El ex president del pacto de la gaseosa

Es un convencido de que no se puede gobernar desde la trinchera. «Sería un desastre un presidente que gobernase contra la otra mitad tras el 21-D».

Es un convencido de que no se puede gobernar desde la trinchera. «Sería un desastre un presidente que gobernase contra la otra mitad tras el 21-D».

Montilla (Iznájar, Córdoba, 1955) no fue el primer andaluz presidente de la Generalitat, aunque hay que remontarse al siglo XVII para encontrar a Luis de Tena –obispo de Tortosa nacido en Guadix– y Alfonso de Sotomayor –Obispo de Barcelona nacido en Carmona–. Es un hombre pausado que mide sus palabras, tanto que no parece un jarrón chino, como el resto de los ex presidentes catalanes y españoles, aunque le arrancamos un poco de ironía: «Jarrón chino lo somos un poco todos. Ese riesgo lo tenemos».

En 2008 levantó ampollas al recordar a Zapatero la desafección que se producía en Cataluña y a Rajoy la recogida de firmas contra el Estatut, que considera el principio de todos los males. Se reafirma en sus predicciones porque «la sociedad catalana está fracturada, dividida en dos. Lo dije hace mucho tiempo y me dijeron de todo. Hoy nadie lo niega». No es optimista porque «una cosa es lo que deseas y otra lo que puede pasar», pero tiene una idea de futuro: «Con la sociedad fracturada, gobernar es muy complejo». Por eso, concluye que Miquel Iceta puede ser presidente porque «mucha gente expresa que hace falta un presidente, no del 50%, sino que quiera gobernar para el 100%. Sería un desastre un presidente que gobernase contra la otra mitad, desde la trinchera».

Desde su dimisión en 2010, Montilla no ha sacado los colores a sus sustitutos al frente del PSC, Pere Navarro y Miquel Iceta, y en épocas de fácil crítica. Desde su escaño de senador no votó a favor del 155 aunque dio la cara y explicó sus motivos, criticando las veleidades de la declaración unilateral y el inmovilismo del Gobierno de España porque «las responsabilidades siempre están repartidas. Puigdemont no optó por las elecciones y así evitar el 155, por tanto, él es el mayor responsable» del fracaso de una mediación, en la que participó, y de la que no se arrepiente.

No pone paños calientes sobre la gestión de Puigdemont, al que acusa de crear «división social, deterioro económico y desprestigio de las instituciones catalanas. Hay instituciones que no son percibidas como propias por una parte muy importante de los catalanes. Y eso es muy grave». Y es taxativo sobre los movimientos del que fuera su sucesor, de quien dice que «trata de salvar su nombre para la historia y la historia acabará siendo severa con él. Puede ganar la batalla de la coyuntura, de la notoriedad, pero su periodo como presidente, y su periodo final, es algo que la historia juzgará de forma muy crítica».

También dirige sus dardos a Rajoy, con el que ha conversado en los últimos tiempos, «el Gobierno de España no fue consciente del problema hasta este año. Demasiado tarde. No basta con decir no y poner la ley como pared. La ley hay que cumplirla, pero no es excusa para solucionar un problema que es de fondo», añade para abrir una puerta de salida: «La reforma federal es más posible que la independencia, porque los independentistas no tienen fuerza suficiente para imponerla». Confía en la Comisión Constitucional a pesar de las trabas del PP, porque «la derecha siempre llega a las cosas sin entusiasmo, arrastrando los pies. Así llegó al divorcio, al matrimonio de personas del mismo sexo, a la ley de Igualdad, e incluso al Estado de las Autonomías. Siempre llegan tarde, aunque luego siempre pretenden aparecer como los padres de la criatura». Como estamos en campaña se suelta contra los Comunes: «Nadan en la ambigüedad y tienen difícil compaginar un proyecto para Cataluña y a la vez para España», y manda un aviso a Rivera: «Arrimadas es inteligente, tiene un buen tono en su campaña, menos bronco y soberbio que su jefe de filas». Ahí queda.