Máximo nivel de independencia bajo el manto de la Reina Isabel

Fabian Picardo. Ministro Jefe de Gibraltar. Pretende la asunción de la Constitución gibraltareña y finiquitar el estatus colonial

La Razón
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«Resulta urgente esperar» es un aforismo británico inmemorial. El ministro jefe de la roca lo ha seguido a su modo y en la semana en la que ha crecido teatralmente la tensión con España, él se ha ido de vacaciones al Algarve. Se incorporará a comienzos de la semana que viene. Las vacaciones son inperdonables, aunque el conflicto esté a las puertas o la vieja colonia vuelva a interesar a los tabloides británicos. En su último día laborable –el 5 de agosto– el ministro principal gibraltareño se explicó en la BBC World News, en las cadenas Sky y Al Jazeera, en The Guardian y colgó los guantes momentáneamente.

Gibraltar es un asunto extemporáneo que, como las aguas del estanque, sólo entra en el radar británico si se arroja una roca. Y en tono menor, dentro de los vestigios del imperio, cuando las autoridades del peñón visitan la oficina principal que tienen en las inmediaciones de Covent Garden, en Londres. Mientras, atenderá los asuntos de la roca, su segundo, Joseph Pérez, de inequívoco apellido patrio. Patrio español, se entiende.

Fabián (o «feibian» en su pronunciación oficial) Picardo es un cuarentañero, almirabado padre primerizo, casado con una miss. Es el doméstico heredero del histórico referente del Socialist Labour Party gibraltareño, Joe Bosano. Elegido para el cargo en enero del año pasado, sus gestos sólo han sazonado una situación consolidada durante largos años de dejadez nacional y voracidad gibraltareña. En el original inglés, el tratado de Utrecht se subtitula «of peace and friendship». Paz y amistad que ha posibilitado a los distintos gobiernos de la roca extenderse territorialmente más allá de istmo y ganar terreno en las aguas territoriales españolas, creando nuevos dominios artificiales cuyo registro de propiedad se consiguen de facto. No es el Gobierno de Picardo el que ha hallado la piedra filosofal de su «industria» financiera, que goza de tan buena salud como lejanía con la legalidad fiscal española y comunitaria.

Tal «industria», una seña de identidad, vivió una época de crecimiento sostenido bajo los designios del astuto Peter Caruana. Fruto del flirteo de Caruana con el ejecutivo de Zapatero, Gibraltar pudo instalar –gracias a la concesión de líneas telefónicas del ministro Moratinos en 2006– las redes telemáticas del juego «on-line», otro pulmón presupuestario para sus desahogados habitantes. Habitantes, lugareños o avecindados, que, sin embargo, como Picardo, disfrutan de las excelencias de la zona, con residencias en la Costa del Sol o en Sotogrande, alejados del aire empequeñecido de Main Street.

De orígen genovés, cuyos viajeros e industriales en el siglo XVIII diseminaron una notable presencia en la provincia gaditana, el primer Picardo se estableció en Gibraltar hace algo más de 300 años. Sin embargo, la sangre del ministro principal tiene un cuarterón español: su abuela materna era republicana y natural de Los Barrios, donde vivió hasta los 16 años, edad en la que se emparejó con un gibraltareño. «No puedo hablar de mi abuela sin emocionarme», me dijo.

Entre los proyectos de su Gobierno figura la construcción de unos grandes (¿?)estudios de cine y televisión –que sirvan para recrear el norte de África y alberguen producciones internacionales– y un nuevo estadio de fútbol, sustituto del actual Victoria Stadium, una vez que Gibraltar ha conseguido el plácet europeo.

Según nos confesó, el deseo de Picardo es alcanzar un estatus de independencia bajo el amparo de su graciosa majestad, aún reconociendo que «Gibraltar no tiene dinero para comprar submarinos». De acuerdo a su historia, y como comentamos con un alto responsable de prensa de la roca, la relación de Gran Bretaña con Gibraltar es del tenor de la que mantenían el capitán Renault y Rick (Bogart) en Casablanca. En una escena, Renault le dice, «Sé que en su café se venden salvoconductos. Pero también que usted no es responsable. Ésa es la razón por la que permito seguir abierto». A lo que Bogart responde: «¿Y no será que me permite seguir abierto porque le dejo ganar a la ruleta?».

Paco Reyero