Nosotras y nosotros... y ellos

Necesitamos «armar» a Podemos de pueblo. El viaje, nuestra «larga marcha», acaba de comenzar

En la Guerra de los Cien Años, entre Inglaterra y Francia, apareció el gesto de levantar los dedos en forma de V –como insulto– con la palma hacia adentro, de forma inversa a como hoy se puede ver en numerosas ocasiones simbolizando la victoria.

En la Guerra de los Cien Años, entre Inglaterra y Francia, apareció el gesto de levantar los dedos en forma de V –como insulto– con la palma hacia adentro, de forma inversa a como hoy se puede ver en numerosas ocasiones simbolizando la victoria.

El origen de este gesto de desprecio parece estar relacionado con la habilidad de los arqueros. Los ejércitos ingleses utilizaban entonces el arco largo con gran éxito: eran letales a gran distancia y causaban un enorme daño a las tropas francesas. Sirva como ejemplo la batalla de Azincourt, donde un total de 3.771 arqueros dejaron caer más de 40.000 flechas sobre las líneas francesas causando una verdadera masacre y una oleada de terror entre los soldados. Para mitigar los efectos de pánico entre sus tropas, el mando francés tomó la decisión de lanzar un mensaje simbólico muy potente al enemigo: cuando un arquero inglés era capturado, los franceses le cortaban el dedo índice y el corazón (los «dedos del arco») y luego los devolvían a sus filas, mutilados e incapacitados para poder manejar sus arcos. Frente al escarnio de los franceses, los ingleses reaccionaron con audacia y, antes de cada batalla, los arqueros enseñaban sus dedos formando una V a los soldados franceses en señal de burla hacia quienes querían cortárselos, mostrando una actitud desafiante que hoy es imitada por numerosos sectores de la clase obrera, esos «chavs» «demonizados» descritos con maestría por Owen Jones y las diferentes subculturas británicas.

Las clases populares siempre han sabido reapropiarse de los símbolos nacionales para construir su propia identidad popular. Hace tiempo que el historiador E. P. Thompson, recomendaba pensar, leer y hacer una «historia desde abajo» centrada en recuperar la memoria de quienes fueron víctimas, primero de la opresión de su tiempo y, después, de una historia hecha sin ellos y sin ellas, cuando no contra ellos. El propio Thompson lo expresaba con claridad: «Sus aspiraciones eran válidas en términos de su propia experiencia; y si fueron víctimas de la historia, siguen, al condenarse sus propias vidas, siendo víctimas». Una «historia desde abajo» tiene la doble misión de informar de las experiencias de lucha pasadas y de alertarnos de las dificultades de las luchas populares venideras. No es un memorial, es una guía para la acción, una metodología para quienes se atreven hoy a intentar cambiar la Historia; y desafiar a quienes pretenden escribir nuestra historia sin nosotros. Igual que la memoria de los arqueros pervive, transformada, en los dedos desafiantes de quienes hoy se enfrentan a «ellos», y ese pronombre impersonal, «ellos», contiene toda una serie de significados que movilizan una multitud de voluntades. Un gesto que reúne por equivalencia a muchos, a casi todos, a todos los que no somos «ellos». De alguna forma, «todos» sabemos quiénes son «ellos». De forma instintiva, esa mutación de la conciencia hegeliana, de la «conciencia en-sí» en «conciencia para-sí», nos informa de manera casi automática de lo que entendemos por «ellos»: son los que impiden que las cosas sean de otra manera, los que bloquean nuestras aspiraciones como pueblo y los que evitarán, a toda costa, a cualquier precio, que las cosas cambien. No es alguien concreto, no es un «nombre», es una sucesión de figuras abstractas (¿una estructura? ¿un sistema? ¿una gestora?) que enuncian con su acción práctica que la resistencia al cambio va a ser feroz, que van a defender sus privilegios de forma agresiva y contraatacar constantemente, que no piensan negociar. Que están dispuestos a cualquier cosa con tal de salvar al «establishment» y mantener sus modos de vida elitistas de casta arrogante privilegiada. Por tanto, hay que decidir si se es tibio, tímido o, al contrario, audaz y valiente.

Decía con fuerza Maquiavelo que, «quien introduce innovaciones tiene como enemigos a todos los que se beneficiaban del ordenamiento antiguo, y como tímidos defensores a todos los que se beneficiarían con el nuevo». Dicha tibieza nace, en parte, del miedo a saber que los adversarios tienen las leyes a su favor, y en parte en la incredulidad de los hombres que no confían en que las cosas puedan realmente cambiar hasta que los cambios produzcan certezas y estabilidad. En nuestra experiencia de estos más de veinte meses no podemos estar más de acuerdo con este diagnóstico político, y para «lo que viene» y para «los que faltan» debemos contar con la sofisticación de la contienda que se despliega delante de nosotros. Debemos «armarnos de pueblo» para el complejo proceso de impugnación que tenemos por delante, seguir haciendo todo lo que hemos hecho bien (¿para qué cambiar lo que funciona?), pero, además, necesitamos cavar trincheras de solidaridad popular, enclaves imprescindibles para agruparnos cuando nos golpeen. O, dicho de otra manera, como continuaba Maquiavelo: «El que introduce innovaciones tiene que preguntarse si necesita rogar o puede imponerse por la fuerza. Dicho de otra forma, tiene que preguntarse si necesita ayuda o se vale por sí mismo. La primera opción siempre sale mal, nunca consigues llevar nada a término. A esto se debe que todos los profetas armados han vencido, y todos los desarmados hayan fracasado».

Seamos realistas y pragmáticos: necesitamos «armar» a Podemos de pueblo. El viaje, nuestra «larga marcha», acaba de comenzar. Estamos construyendo pueblo, recomponiendo solidaridades y articulando una nueva mayoría social democrática, un nuevo bloque histórico que debe convertirse en el sujeto político de cambio que exprese la actual voluntad colectiva que ya comienza a inundar las instituciones y que, más pronto que tarde, tiene la obligación de convertirse en la fuerza hegemónica en España. Y en una fuerza de gobierno.

Tenemos que seguir «armando» a Podemos de pueblo, construyendo comunidad como herramienta de autodefensa y politización del dolor, ganar espacios y pelear por el relato político destituyente, continuar empujando, percutir en la impugnación de un Régimen que se desmorona y reacciona con los últimos movimientos irracionales lógicos de su propia impotencia. Desde las instituciones tenemos que crear certezas de protección y seguridad a nuestro pueblo, para demostrar que somos capaces de gobernar. Debemos aprovechar las posiciones institucionales para convertirlas en trincheras legales que acojan a quienes huyen de un sistema criminal que no respeta los Derechos Humanos. En trincheras legales frente a los desahucios, los CIES, en lugares de acogida para los refugiados, en zonas de certeza y seguridad para los de abajo. Esas son hoy nuestras flechas. Eso que hemos llamado «fraternidad popular» y que nunca cabrá en un artículo, porque el pueblo no se escribe... se vive, se hace y se disfruta.

Nosotros y nosotras, compas, hermanos, familia... somos fraternidad popular frente a ese impersonal «ellos». Todo está claro, hay que elegir. Eso es la política: una decisión. No es momento de dudar. Hace mucho tiempo que hemos tomado una decisión: hemos venido a cambiar las cosas, no a que las cosas nos cambien.

El orgullo de «nuestros arqueros» estará siempre protegido por la memoria popular que reconoce, recuerda y celebra la audacia de quienes pelean por su soberanía, por su autonomía, que no se entregan y no dudan, que persiguen la victoria del pueblo... que, desafiantes, enseñan sus dedos al adversario. Nuestra V es desafiante, una V de victoria y de Vendetta.

* Diputado de Unidos Podemos /Secretario Político de Podemos en Castilla -La Mancha