Suárez: la muerte no será el final

La Razón
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Aunque por boca de su hijo hemos sabido que Adolfo Suárez declina de manera irreversible, en su caso podemos tener la certeza de que la muerte no será el final. De hecho es un español que ya está en la letra firme de los libros de Historia. Quizás por eso, en estas horas de vigilia, lo que ha hecho la noticia es acrecer la añoranza de su gran aportación a la formidable obra de ingeniería política que fue la Transición. Me refiero a la filosofía del consenso. La permanente disposición al diálogo con quienes no compartían ni sus ideas ni su diagnóstico de la situación política de cada momento. Fue forzado por las circunstancias a ser el demiurgo a quien se le encomendó un imposible: pasar de la dictadura a la democracia sin ajustes de cuentas ni revanchas. Él mismo lo definió con la metáfora del agua: cambiar las cañerías del edificio (el Estado) sin que se interrumpiera el suministro. Lo consiguió pero pagando un precio político muy alto. Toda personalidad excepcional está condenada a la soledad. Suárez no fue una excepción. Si la dureza política de aquellos días, la ingratitud de aquél a quien lealmente sirvió y la volubilidad de los electores no le hubieran empujado prematuramente a la cuneta, habría sido la suya una figura refugio para otros momentos de zozobra nacional. Estos últimos años en los que, en razón de la enfermedad, se alzaba ya como una estatua desconectada de cuanto le rodeaba, se le echaba de menos. ¿Qué diría Suárez? ¿Cómo enfocaría él tal o cual asunto? Cualquier intento de establecer paralelismos nos depositaría en la melancolía. Los lectores más veteranos no necesitarán clave alguna para discernir lo que trato de decir. Estoy seguro de que todos tenemos claro la diferencia que media entre gobernantes y estadistas. Se dirá que es la época, el acontecer político, quien sirve la épica. Es cierto. A él le tocó estar en el centro del escenario en una época convulsa. Gramsciana: lo viejo se resistía a morir y lo nuevo no acababa de nacer. La suya fue una figura trágica. La de un hombre que pese a ser fruto del pasado tenía en la mirada el futuro. La democracia. La democracia como forma de vida y garantía de igualdad de todos los españoles. Aquel impulso no procedía de los libros leídos; lo dictaba su gran olfato político. Junto a la audacia, la intuición fue una de sus virtudes. Intuyó que tras cuarenta años de dictadura los españoles queríamos pasar página; queríamos libertad. Quizá porque procedía del franquismo –fue el último secretario general del Movimiento, el partido único del Régimen–, su conversión a la democracia fue profunda. Estigmatizadora a fuerza de sincera. La suya fue la fe obsesiva del converso. Le dolía que sus adversarios de entonces (algunos de su propio partido, la UCD) y también los de fuera (en el PSOE y el PCE) dudaran de su sincera apuesta por la democracia. Pero nada le detuvo. Contra el viento, la marea y pese al ruido de sables, clausuró las Cortes de Franco (con la ayuda de Torcuato Fernández Miranda) y en contra de la opinión de propios y algunos ajenos legalizó el Partido Comunista.

Fueron años duros de intriga y sinsabores. Entre los suyos primaba la discordia. La UCD era un barco con tripulación dispar. Democristianos, liberales, socialdemócratas, neofranquistas. Martín Villa, Garrigues, Óscar Alzaga, Paco Ordóñez. Demasiadas cuerdas para un violín. Pero siguió tocando. Con una oposición durísima, de acoso a cara de perro, por cuenta del PSOE y una política constante de refriegas y armisticios por parte de un PCE gobernado por aquel entonces por un Santiago Carrillo con el que Suárez llegó a tejer una intensa relación personal. Relación que les permitió tejer complicidades que con el paso del tiempo pudimos ver que fueron claves para aplomar el edificio de la reconciliación entre los bandos enfrentados en la Guerra Civil. Con Felipe no se llevó tan bien aunque fueron muchas las noches de pacto, en La Moncloa. Con la famosa tortilla a la francesa como plato único y café, mucho café y todo envuelto en humo hasta la madrugada. Fueron años duros en los que meses hubo que casi tuvimos que contar los días por atentados. Los Grapo, el FRAP, pero, sobre todo, ETA, la organización terrorista vasca, intentó descarrilar a sangre y fuego la operación de tránsito hacia la democracia. Recurrieron una y otra vez al asesinato de militares, policías, guardias civiles y políticos, intentando forzar el golpe de Estado. Cuanto mejor, peor. La vieja consigna leninista.

Quienes por razones profesionales seguimos en aquel entonces muy de cerca la vida y obras de Adolfo Suárez tardamos en apreciar la complejidad de la titánica tarea que fue capaz de sacar adelante. Se hablará estos días, y mucho, de su coraje en las horas dramáticas del golpe de Estado del 23-F. Pero aquel día en el que tanto él como el general Gutiérrez Mellado dieron ante los ojos del mundo una lección de valor y dignidad venía precedido de otros muchos días de actos de audacia política. En esta hora en la que hasta sus enemigos de antaño se deshacen en elogios y los primeros de todos quienes le dejaron caer, es el momento de recordar que tenemos una deuda colectiva de gratitud con Adolfo Suárez. España es el país que mejor entierra a sus muertos. Pero en vida es madrastra. Con Adolfo Suárez, que ya está en los libros de Historia tenemos, como digo, una deuda. Con su figura y con cuanto significa su legado político. Se nos va un hombre para la Historia, pero en su caso la muerte no será el final. Vivirá en nuestra memoria.