Gastronomía

Alberto Chicote: “Quiero que al libro le salpique aceite y salsa de tomate”

El cocinero publica “Cocina de Resistencia” (Planeta), páginas en las que enseña al lector cómo aprovechar hasta el último ingrediente de su nevera para que no termine en la basura

Alberto Chicote presenta el libro "Cocina de Resistencia", de la editorial Planeta
Alberto Chicote presenta el libro "Cocina de Resistencia", de la editorial PlanetaLa Razón

Pollo asado con salsa barbacoa casera, bacalao al horno, patatas asadas rellenas, pizza don Pepito, albóndigas, flan de vainilla... Estas son algunas de las recetas que Alberto Chicote incluye en el libro “Cocina de resistencia” (Planeta). Las mismas que durante el confinamiento cocinó para sus seguidores de las redes sociales según los ingredientes que tuviera en la nevera: “El país se paró hace más de un año y, ¿qué hice? Cocinar en casa”, confirma, al tiempo que reconoce que no se puso a diario frente a los fogones con la intención de publicar un libro, qué va: “Me di cuenta de que todos nos teníamos que meter en la cocina, porque había que comer y cenar a diario. Por eso, me puse a preparar platos diferentes con los ingredientes justos que tenía a mano. Recuerdo levantarme un día a las cinco de la mañana para hacer un pedido, así que este libro surge de una necesidad que tuvimos en un momento de nuestra vida”, añade. En definitiva, son recetas que nos ayudan a todos a salir del paso, a aprender a ingeniárnoslas con lo que tenemos y a saber sustituir un ingrediente por otro. De ahí que el cocinero creara el hashtag #cocina de resistencia. Aunque enseguida dobló el número de seguidores, lo que sí le hacía realmente ilusión era recibir sus mensajes con un “gracias por colgar las recetas y ayudarnos a crear platos diferentes. En el libro, que no es un simple catálogo de recetas, he podido explicarlas sin limitar las palabras y superar los dos mil caracteres necesarios en las redes, e, incluso, añadir a cada una de ellas una historia que me acerque al lector”. ¿Un truco para no desperdiciar comida? Preguntamos: “No tirarla. Todo tiene que ver con saber cuáles son tus recursos de aprovechamiento. No es lo mismo tener en casa un arcón que un congelador pequeño. Yo cocino y voy congelando para que no se me ponga nada malo”. Así que, la primera lección a aprendernos es, al hacer la compra, “tener claro lo que vas a comer y no lo que te gustaría. Saber qué clase de consumidor eres. Es cuestión de sentido común”.

Ante la duda, nos promete que los platos salen. Sí, tanto las tortillitas de camarones como chipirones a lo pelayo y las costillas de cerdo: “Todos tienen el mismo nivel de dificultad, pero la cuestión no es sólo seguir la receta al dedillo, sino entenderla. Utilizar la base y los tiempos de cocción, ya que luego puedes cambiar algún producto que no tengas por otro. No quiero que el libro acabe en la biblioteca de cada casa, sino que le salpique el aceite y la salsa de tomate”. Al volver a recordar el fatídico estado de alarma, rinde tributo a todas esas personas “que echaron una mano. Dentro del sector de la hostelería, tan olvidado ahora, pero tan necesario en ese momento hubo muchísima gente que ayudó a quienes ni conocían. Es algo que no se les ha agradecido nunca, ni se les ayuda ahora, cosa que me sorprende mucho. Compartir las recetas fue mi manera de echar una mano a quienes no sabían cocinar. Pero todos los días veo en la tele que hay gente que no tiene dinero ni para ir a la compra. Eso me acojona y me acongoja”, apunta. Por eso, el dinero recaudado con las ventas de los libros vaya dirigido a World Central Ktichen, la ong de José Andrés. Es la manera de redondear el círculo.

Pisto de verduras, croquetas de cocido, empanadillas... “En mi casa, uno o dos días a la semana comíamos sobras. Mi madre me enseñó que la comida no se tira”, señala antes de explicarnos que, incluso, en el libro las recetas se relacionan entre sí. Es decir, nos hace entender que si queremos asar unos pimientos, aprovechemos el calor del horno y hagamos ocho y no dos, ya que los que no nos comamos en el día los podemos incluir en una ensalada o en el relleno de unas empanadilla: “Es una manera de aprovechar tiempo, energía y que nada termine en la basura”. A la pregunta de si volverán las cosas a ser como antes de la llegada del bicho, afirma con tono tajante que si es así, “es que no hemos aprendido nada de una situación tan gorda. Tenemos que hacer un esfuerzo por sacar algo en claro de esta situación”. Sobre todo, porque el sector de la hostelería es uno de los más castigados y numerosos compañeros se han visto obligados a cerrar sus establecimientos de forma definitiva: “La situación sigue siendo la misma desde hace unos meses y la gente se encuentra cada vez más cómoda. Nos estamos amoldando a los horarios y a las restricciones, porque todos tenemos ganas de salir. Necesitamos estar con gente. Por eso, los clientes van los restaurantes, porque la comida está más rica cuando te la sirven recién hecha. Nos hemos cansado de estar en casa. Por eso, soy un gran defensor del negocio de hostelería tal y como lo conocemos. Un restaurante no es un centro de dispensar comida, también proporcionamos felicidad y experiencia. No sólo somos meros fabricantes de comida, así que volveremos a disfrutar de los restaurantes y de los bares. Si no podemos ocupar la barra y si sólo podemos compartir mesa con seis comensales, nos adaptaremos”, opina. Suculenta muestra, asegura, de que “el factor cultural de la gastronomía ha ido adquiriendo valor. Los restaurantes han llegado a un nivel cultural que llega a mucha más gente y los niños, lejos de pedirse un menú infantil, se comen felices los mismos platos que sus padres. Han aprendido a apreciar una parte cultural de la alimentación. El conocimiento no debe faltar”.