Yolanda Díaz, la “it girl” que niega los celos de Montero

La ministra que más incomoda a los grandes empresarios era, hasta hace unos meses, una gran desconocida. Dentro de la cuota morada es la dirigente más visible y encarna la política en positivo. Su equipo la adora

Es la ministra «sorpresa». Así la definen dentro y fuera del Gobierno, una vez pasados los primeros meses de cortesía política. Dentro de Unidas Podemos, Yolanda Díaz Pérez era una apuesta segura para construir una cuota sólida morada en la coalición, por la trayectoria profesional que le avala como abogada laboralista. Ahora, quienes confiaron en ella no se equivocan, una vez demostrado su avance imparable dentro del Ejecutivo que choca con el retroceso de otros compañeros suyos en el Consejo de Ministros, en parte, por las exiguas competencias que posee el desgajado ministerio de Consumo, el de Igualdad o el de Universidades.

La cuna de la gallega reside en el barrio de San Valentín, en Fene (A Coruña). Ella misma presume que fue la primera niña del barrio. Creció entre panfletos revolucionarios y recuerda con cariño que a los cuatro años le besó la mano Santiago Carrillo. Es hija de Sato Díaz, militante del PCE y sindicalista de CCOO. Su hermano fue diputado del BNG. A ellos acude para no olvidar de dónde viene, ahora que se sienta a la mesa con Antonio Garamendi y empresarios del Ibex para negociar los ERTE. Aunque ella no se reconoce en la palabra sindicalista.

Reunirse con mandatarios económicos o con la patronal es ya un habitual en su agenda. Es por ello que su mayor amuleto no tiene forma física ni precio. Según aseguran quienes mejor la conocen su talismán es el diálogo. La ministra ha tejido los mayores acuerdos del Gobierno, como la prohibición de los despidos, la subida del SMI, los ERTE o la regulación del teletrabajo encadenándose al diálogo y encarnando la política en femenino, donde gana enteros al primar la comprensión a los egos. Es por ello que, si nos asomamos a su despacho, no nos encontraremos grandes excentridades, sino varias montañas de papeles. De hecho no ha realizado grandes reformas en la oficina que antes pertenecía a Magdalena Valerio, con quien mantiene una estupenda relación. A pesar de guardar sus secretos en el portátil, la ministra es amante del papel. Quién sabe si ahí se encuentran hoy las bases de un futuro acuerdo, o sus opiniones sobre las conversaciones inaccesibles que se cuecen en el Consejo de Ministros.

La ministra de Trabajo es abogada laboralista reconocida, un pasado que hoy anhela, aunque su puesto actual mantenga una relación estrecha con sus estudios. Posee tres masters universitarios y llegó a abrir un despacho laboral propio en Ferrol antes de llegar a la política, primero autonómica y después nacional. Llegó al Congreso en 2015 de la mano de Izquierda Unida, carné político que rompió en verano de 2019 por desavenencias en las conversaciones para formar la coalición con el PSOE. Son 15 años los que Díaz lleva en política y ahora que dirige un ministerio es cuando más debe trabajar por la conciliación. Sus colaboradores reconocen que la ministra no tiene horario laboral, que es la primera que llega y también quien apaga las luces en Paseo de la Castellana, 63. Sin embargo sí que trata de que su equipo cumpla con la jornada delimitada.

En conversaciones informales, habla con admiración a los periodistas de sus dos prioridades. Una es su marido, Andrés, delineante de profesión y con quien se casó en la intimidad en Ferrol en 2004. Para entonces eligió un vestido de color rojo. Él es uno de sus mayores apoyos tanto en su vida privada como pública. Su otro amor es su hija Carmela, para quien la ministra ha hecho de su despacho también el hogar de la pequeña, que nació un 8 de marzo. Qué mejor recuerdo que el día de su nacimiento para que siempre tenga muy presente su máxima, la de la política feminista para cambiar el país. Habría acudido este año con su hija a la manifestación en Madrid de no ser por el riesgo de contagio por coronavirus. Su hija, de tan solo ocho años, conoce bien los entresijos de la política –en su entorno aseguran que puede explicarte perfectamente lo que es un ERTE– y también los edificios institucionales. Fue Yolanda, junto a Carolina Bescansa, de las primeras políticas que llevaron a sus bebés al Congreso. Un acto reivindicativo de la ministra para visibilizar que antes de política una es madre, o mejor dicho, madre ante todo. No repara en parar una reunión si su hija necesita algo. A donde anhela volver es a la playa «Doniños», donde descansa con su familia menos tiempo del que le gustaría.

Íntima del vicepresidente del Gobierno y de la ministra de Igualdad, se sorprenden cuando leen en la prensa rosa rumores sobre los celos de Montero por la visibilidad de Díaz. Nada más lejos de la realidad, según su entorno, que tratan de erradicar los chismes.