La crónica de Mariñas: Crece el duelo entre Rocío Carrasco y Belén Esteban

Este inesperado duelo seguramente nos dará momentos únicos, situaciones tormentosas, jornadas de comicidad insuperable. El interés parece asegurado.

Rocío Carrasco
Rocío CarrascoVíctor LerenaEFE

A dónde hemos llegado, qué bajo hemos caído. Nunca pudimos imaginar tal descenso social, una caída tan en picado ni semejante y casi vergonzosa realidad muy irreal, inaceptable y francamente fuera de tono. Eso prueba nuestra decadencia social, la debilidad de nuestros personajes (¿) hoy encarnados en Belén Esteban, Antonio David Flores y Rocío Carrasco, cuya rivalidad y distintos caracteres hace esperar –o desear– momentos y situaciones únicas. Solo imaginándolas perdemos tranquilidad, paz y mal dormimos. Fantaseamos. Es lo que hay, no pidamos peras al olmo. Debemos conformarnos, sufrirlo, asumirlo, superarlo, admitirlo y prepararnos a los malos tragos. Son tiempos deplorables para la lírica y la relación social, qué tiempos aquellos donde lo que hoy en encarnan la Esteban o Rociíto tenían el nombre de Pitita Ridruejo o la princesa de Orleans. Entonces ellas frecuentaban, vestían y realzaban los hoteles «Palace» y «Ritz», también el Joy Eslava que Pedro Trapote mantuvo y conserva en su decoración añeja, recuerdo de otra época. Tenía su aquel. Casi supone otro monumento madrileño que añadir a la guía para visitantes, algo equiparable, con perdón, al Museo del Prado o las ruinas del 2 de mayo.

La actualidad está ocupada y copada, personalizada en Belén Esteban y Rocío Carrasco, ¡Dios nos coja confesados! Acaso deberían nombrarlas atractivo turístico. Sin duda es rivalidad, duelo y enfrentamiento no propiciado por sus protagonistas, solo producto, consecuencia y lastre, penosa realidad, resultado del tiempo, de la ausencia y carencia de personalidades y asuntos de verdad notables, qué les voy a contar.

Este inesperado duelo seguramente nos dará momentos únicos, situaciones tormentosas, jornadas de comicidad insuperable. El interés parece asegurado. De eso se trata, no le demos mas vueltas. Se impone y debemos aceptarlo con una paciencia resignada, a ver. O pegarse un tiro como ante el imprevisto –pero sin embargo esperado– desmadre de Rocío Carrasco: nos había prometido que «nunca jamás» hablaría de sus cosas y ¡ya ven! Lo que hay que ver. Por la boca muere el pez. Ya lo sentenció James Bond, «nunca digas nunca jamás». Tomemos nota: ella no es OO7 y no tiene ni quiere licencia para callar.