Actualidad

Belén Esteban: "Te querré hasta la muerte"

La colaboradora y el conductor de ambulancias se dieron el «sí quiero» ayer en una finca en Alcalá de Henares.

La colaboradora y el conductor de ambulancias se dieron el «sí quiero» ayer en una finca en Alcalá de Henares.

Publicidad

El enlace tuvo bastante de tradición y hasta superstición, son de los que tocan madera: Belén, gran protagonista, entre los regalos de amigos recibió una medalla de San Judas Tadeo, abogado de los imposibles, y también algo tan frívolo como una liga azul en el mejor estilo de la «belle époque». A los suyos todo les pareció poco para protegerla en su nueva vida, saben lo escarmentada que quedó y lo que padeció en sus anteriores uniones sentimentales. Pero Miguel me ha cambiado la vida.

Paz Padilla

«Lo quiero como no he querido nunca... y te querré hasta la muerte», le prometió solemne y emocionada ante parte de los 264 invitados al evento. Los de más memoria evocaban qué retorcido, desmitificador y oscuro fue el emparejamiento con Jesulín de Ubrique que la enamoró cuando era una cándida paloma. Tampoco salió indemne en la segunda unión. Ahora le costaba más por miedo volver a caer en la trampa del cariño y la entrega. De ahí el detalle relevante y hasta aplaudido de colocar frívolamente en el muslo la liga tan importante en los relatos finiseculares.

Publicidad

María Teresa Campos y su hija Terelu al llegar a la finca

Publicidad

«Solté sonrisas y lágrima compatibles», reconoció temblorosa por la emoción y los nervios. Consideraba salvaguardada la exclusiva cuyo importe podría llegar a cien mil euros, todo un récord. La típica alianza aurífera en nada se pareció a la que en su principio le brindó «Míguel» – así, bien acentuado–, hecha como broma en papel de aluminio. No se la puso nunca, pero la conserva de amuleto o reliquia hasta echándole humor. Mientras algunos hojeaban el espectacular menú, muchos echaban mano de los recuerdos, alguno aún dolientes. No los había en Mila –con pequeños brillantes por pendientes–, que lució un Agatha Ruiz de la Prada en tonos azules con gotas salpicando la tela.

Raquel Bollo

Publicidad

Parte del equipo «salvador» está al pie de cañón también entendiendo su nerviosismo. Los amparó el bar del antiguo parador de los padres trinitarios hoy transformado en parador no sé si nacional. Un edificio epatante donde durmieron parte de los invitados pasmándose con el pelo alborotado de Mila o los agrandados mechones de Belén Rodríguez, que lució uno cayéndole sobre el ojo izquierdo y cuerpo rojo poco habitual en las ceremonias tan casi oficiales como esta. «He traído el bañador por si acaso puedo darme un chapuzón», dijo. El típico empedrado de acceso hizo peligrar más de unos tacones, algunos tan inverosímiles como los 12 cm. sobre los que se realzaba la novia.

Kiko Hernández

El enorme y antiguo cenobio trinitario ha sido convertido tras una reforma y hoy es perfecto para reuniones de este tipo. Consta de tres grandes salones y hasta una ermita, en este caso sin utilizar, y quién sabe, quizás tras esta boda sin ceremonia, más adelante es posible repetirlo en alguna iglesia...

Carlota Corredera

Hora de celebrar

Con quinientas hectáreas y dedicada a Santa María conserva un barroco campanario del siglo XVIII. Los primeros en llegar repetían casi angustiados si se revocaría la prohibición de teléfonos y camaritas o la asistencia de parejas desunidas, ya que solo constaba invitado uno de los dos según el afecto, simpatía o conocimiento. Invitó a sus más incondicionales. Tal veto crispó a muchos que querían ir bien acompañados y no es habitual este desplante donde por lógica ganaba –es decir, perdía– el sexo débil.

Gema López

Utilizaron la espera de casi media hora sobre lo fijado –de 19:30 a 20:00– para servir un cóctel y cena prolongada por canutillos de queso con bacalao al gratén, huevos de codorniz con arroz, cangrejo de río con guacamole, pulpo marinado, sushi y pescado o carne, a elegir.

Lydia Lozano y Raúl Prieto

La princesa del pueblo, título que hoy le viene grande, se casó a las 20:30 de anoche, una hora generalmente reservada para grandes apellidos o fortunas. Se emocionó y lloró y vistió como marcan los cánones de manera clásica, blanca y elegante. Era como si el tiempo se hubiese detenido.