Del cine negro al eterno galán maduro

Más que un actor, un magnífico actor y mejor persona, Arturo Fernández era una institución viva. Como que estuvo actuando y de gira por toda España hasta casi el día de ayer. Con su propia compañía, algo inusual en lo que queda de esa España en la que los grandes de la copla y la revista, las damas del teatro, con sus galanes y primeras damas tenían compañía propia y -aunque parezca un resabio de esa España en blanco y negro que los progreso subvencionados no quiere que vuelva- se financiaban sin ayudas estatales. Iban a taquilla con el teatro.

Así se forjaron las grandes dinastías teatrales, con sus incursiones en el cine, y algunos de ellos, como el Gran Arturo Fernández pasaron de actor de reparto a galán joven y una vez cogido el tranquillo a ese eterno galán maduro de amplio registro que refrendó en los años 90 en la televisión y que ya no abandonó, repitiendo ese papel de galán maduro de comedia hasta los últimos días de su vida de camerino en camerino con “Alta seducción”.

Nacido en Gijón, en 1929. De padre anarquista huido de España tras la Guerra Civil. A los 21 años se trasladó a Madrid para triunfar en el cine, consiguiendo papelines en pelis religiosas de Cifesa, dirigidas por Rafael Gil: “El beso de Judas” (1954), “La señora de Fátima” y “La guerra de Dios”, sin acreditar.

La verdadera carrera de Arturo Fernández en el cine corre paralela a su aprendizaje en el teatro de repertorio. Primero en el Teatro de Cámara y Ensayo, para incorporarse a continuación en las dos grandes compañías de los años 50, la de Rafael Rivales y la de Conchita Montes.

En el cine, la planta de galán serio y un tanto cínico le abocaron a interpretar papeles de ladrón, gánster y chuleta en películas del primer cine negro español, muchas de ellas coproducciones franco-italianas. El llamado “polar” francés marcó el estilo del género policíaco de policías y ladrones impuesto por el cine americano tras la diáspora del macartismo en Europa. “Rififi” (1955) de Jules Dassin impuso su forma de enfocar las pelis de robos ingeniosos, ladrones poco fiables, vampiresas fatales que cantaban en un cabaret como Gildas de arrabal.

En España, el artífice de las mejores películas de polis y ladrones fue Julio Coll con “Distrito Quinto” (1957) y “Un vaso de whisky” (1958), Los cuervos (1961), con música jazzística del maestro José Solá. “A sangre fría” (1959) y “Regresa un desconocido” (1961), ambas de Juan Bosch.

Esta primera etapa de aprendizaje en el cine negro, con papeles de galán turbio y mueca de malvado, se cierra con el éxito en color de “Bahía de Palma” (1962), con un papel de galán ligón de suecas en la maravillosas playas mallorquinas, nada menos que junto a la actriz internacional Elke Sommer, en bikini.

Tras multitud de papeles en comedias del cine del destape, Arturo Fernández, cuajado como galán simpático y conquistador con el filme “Truhanes” (1983), donde vuelve a interpretar al simpático al guapo y simpático truhán, junto a Francisco Rabal. Éxito que repitieron en una serie televisiva del mismo título, “Truhanes” (1993-1994).

Dos años después, Arturo Fernández consiguió algo inusual en España con una serie televisiva: ser uno de los actores más taquilleros del cine, teatro y televisión españoles, y conquistar el corazón de las amas de casa españolas con “La casa de los líos” (1996-2000). Nada menos que cuatro años de éxito sin paliativos, poniendo de moda sus famosos “chatina” y “que te caneo”, hasta la fecha. Ha muerto con 90 años.

En 2014, se embarcó en una función escrita por el dramaturgo Albert Boadella parar lucimiento del gran actor que siempre fue Arturo Fernández, “Ensayando a don Juan”. De él afirmó entonces Boadella: “Arturo ha sido un actor formidable al que mis colegas, los directores de mi generación, no habían aprovechado, desgraciadamente, ni en sus grandes dotes de seducción al público como actor, ni por supuesto su carácter de trabajador incansable. Quizás en este sentido es la única cosa en la que se podría lamentar que Arturo no haya nacido en Francia o Inglaterra, o en Italia, donde su carrera como actor habría sido mucho más amplia y variada de lo que ha sido entre nosotros.”

Lo mismo pensaban directores italianos que lo dirigieron, lamentando que este Nino Manfredi español no hubiera tenido las mismas oportunidades de lucirse con los grandes directores europeos.