Yate «Fortuna»: lo que se da, ¿se quita?

La Familia Real al completo mientras disfruta de unas vacaciones en Mallorca a bordo del «Fortuna»
La Familia Real al completo mientras disfruta de unas vacaciones en Mallorca a bordo del «Fortuna»

Parece una solicitud inaceptable, ¿dónde están las buenas maneras, el guardar las formas y la etiqueta? Todos parecen haberlas olvidado al reclamar, como oferentes, la devolución del «Fortuna». Se consideran afectados y hasta perjudicados porque Don Juan Carlos, al considerar la crisis y el despilfarro que suponía costear el barco, haya decidido prescindir de dicha embarcación. Tan emblemático como el «Giralda» de Don Juan de Borbón, que también subvenciona su corte, o ya no digamos el «Britannia» de Isabel II, muy representativo y otra de las muchas joyas de su corona como antigua emperatriz de las Indias. Los barcos de lujo siempre han sido un alarde social. Ahí tenemos el «Christina», donde Onassis hacía una exhibición de su poderío, lo mismo paseaba a la maléfica Elsa Maxwell –quien hizo de celestina entre su tío y Callas– o a los agradecidos duques de Windsor, ya no digamos a un Winston Churchill con el estómago más que agradecido. El armador se ufanaba de hacerles desfilar por cubierta igual que hacía Doña Sofía en Palma, mostrando el repertorio agosteño de aprovechados a la ocasión donde no faltaban su prima Radziwill y los inevitables Constantino y Ana María de Grecia con la princesa Irene. Soportaron hasta que el Rey se cansó de ellos, y de ahí surgen los constantes desplazamientos semanales de la Reina a Londres. Busca calor de hogar.

Inadmisible para las altas esferas internacionales. No he visto nada igual que reclamarle a un monarca un regalo que se le hizo con intenciones comerciales muy claras. El «Fortuna» se hizo representativo del agosto en Mallorca de la Familia Real. Yo viví muchas mañanas antes de salir a navegar en los barcos y me sirvieron de mucho: Doña Sofía alternaba las terrazas, el Rey se refugiaba discreto en la barra del bar, las Infantas montaban en sus barcos de regatas –el «Azur de Puig» o cualquier otro, dependía del año– y se rendían al tributo inexcusable pero incómodo de posar para los medios. El patrocinio de los Puig llegaba a invitaciones de hasta una semana. Era pródigo en cenas y parecía una cita imprescindible en tiempos en los que Don Juan Carlos solía desayunar gozoso en casa del doctor Kovacs. Era un condumio matinal que le llenaba el alma y, en ocasiones, hasta lo compartía con Marta Gayá, vecina de la zona. Desde los Feliu hasta Cristina Macaya no entienden tal reclamación. Está fuera de tono, parece irrespetuosa, inaceptable –lo que se da no se pide– y tan producto de la ambición como la que les llevó a regalárselo en el año 2000. El gesto roza la horterada. Realmente impresentable. Será por la crisis.