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Reyes Maroto: el don de la incontinencia y pequeños gestos de vanidad

Cuando pidió perdón por su «metedura de pata» con los palmeros, parte de la isla había empezado a desplomarse

La ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto, durante la visita la sede el Centro Común de Investigación (JRC). A 20 de agosto de 2021, en Sevilla (Andalucía, España).
20 SEPTIEMBRE 2021
María José López / Europa Press
20/09/2021
La ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto, durante la visita la sede el Centro Común de Investigación (JRC). A 20 de agosto de 2021, en Sevilla (Andalucía, España). 20 SEPTIEMBRE 2021 María José López / Europa Press 20/09/2021 FOTO: María José López Europa Press

Cuentan las crónicas que, caminando por tierras vallisoletanas, Isabel La Católica al ver desatado el cordón de seda de su zapato le dijo a su doncella: «Ata aquí, Inés». Entonces el lugar pasó a llamarse Ataquines. Hoy es un municipio de poco más de 500 habitantes y en él se crio la ministra Reyes Maroto. A esta fábula, poco probable pero simpática, el pueblo sumará a sus anales otro relato: la anécdota de la política que confundió la erupción volcánica en La Palma con «un espectáculo maravilloso».

Algo similar le pasó a Plinio el Viejo cuando comparó la nube de la erupción del Vesubio, la más mortífera y destructora de la historia, con un inmenso pino piñonero. La curiosidad le llevó a la muerte en el año 79 d.C. Con un océano de por medio y a 2.000 kilómetros de distancia, el mismo fenómeno dejó a Maroto maravillada, pero sin la imprudencia del sabio anticapitalista romano. Su mayor temeridad fue quitarle dramatismo y contemplar el desastre con pragmatismo advirtiendo en él un estupendo reclamo para el turismo. Cuando pidió perdón, parte de la isla había empezado a desplomarse dejando un siniestro paisaje gris. De poco le valió. En la Antigua Roma nadie sabía que lo que vomitaba aquel monte era fuego y se interpretó como un castigo de los dioses. Hoy la ignorancia de lo que podía estar ocurriendo es imperdonable.

En general, el ciudadano acepta las disculpas y agradece el gesto de humildad, pero no es suficiente, más porque hacerlo una y otra vez lleva a la pérdida de credibilidad y denota poca capacidad de enmienda. Angela Merkel, que lidera el ranking de Forbes de mujeres más poderosas del mundo, se disculpó en marzo por haber ordenado una cuarentena estricta para Semana Santa: «Este error es solo mío. Pido perdón a las ciudadanas y ciudadanos». Sus excusas fueron efectivas porque inmediatamente dio marcha atrás en su plan de restricciones: «Un error debe llamarse error y, sobre todo, debe corregirse», alegó. El gesto la reconcilió con los ciudadanos.

La ministra de Industria, Comercio y Turismo Reyes Maroto
La ministra de Industria, Comercio y Turismo Reyes Maroto FOTO: Víctor Lerena EFE

En la política española también hay antecedentes recientes. En mayo de 2020, Patxi López reconoció no haber estado a la altura de lo que es y significa la Comisión del Congreso para la Reconstrucción tras un rifirrafe con Iván Espinosa de los Monteros. «Cuando uno se equivoca, lo correcto es corregir el error y disculparse», declaró antes de reanudar la sesión. Durante las semanas de confinamiento, Pablo Iglesias, antes de asumir su propia flaqueza como vicepresidente del Gobierno, prefirió dirigirse a los niños encerrados en su casa vertiendo la responsabilidad sobre la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, a quien acusó, mirándola de soslayo, del caos en la comunicación. Las redes sociales reaccionaron y calificaron su exposición de ruindad, además de recordarle sus propias palabras a Rajoy en 2014: «En política no se pide perdón, se dimite».

Mortificación

William Benoit, profesor estadounidense y autor de varios trabajos sobre el perdón como estrategia de reparación en política, dice que no basta con disculparse por un error desarrollando un discurso estratégico. Para que sea efectivo y no quede como una herramienta de cara a sacarle rentabilidad, debe dirigirse hacia el público herido con una intención correctiva e incluso de mortificación que se advierta en el tono de voz y en el gesto. La imagen de Merkel en el momento mencionado fue de vulnerabilidad. Agachó la mirada y su rostro transmitía disgusto. No ha sido así en el caso Maroto que, hasta el momento, se ha limitado a lamentar que sus primeras declaraciones «hayan podido ofender al sentimiento que hay en La Palma y en los palmeros», solidarizándose con la situación tan dramática y señalando que admite todas las críticas.

El resbalón ha sido mayor por esa falta de contención que la lleva a explayarse en el detalle. Aun cuando la lava avanzaba devorando cuanto encontraba a su paso, la ministra no escatimó verborrea e insistió en la hospitalidad y los beneficios turísticos. A pesar de ese espíritu flemático que muestra en el Congreso, no es su primer gazapo. El más pintoresco fue el episodio de la navaja aparentemente ensangrentada durante la campaña electoral en la Comunidad de Madrid. Trató de dar un golpe de efecto ante los medios apuntando con sus palabras a Vox. Enseguida se supo que había sido obra de un enfermo mental.