Cristina García Rodero: «Una foto siempre desmonta la imagen que uno quiere dar»

Su fotografía no puede dejar indiferente, salvo que uno se haya dejado el alma en el perchero. Por eso, su «España oculta» nos muerde con imágenes de nuestro pasado valle-inclanesco al tiempo que resulta balsámico por sus paisajes preservados de la modernidad. Hasta septiembre podemos ver una muestra de su especial mirada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

 
 

Bajo el título «Trastempo», reúne instantáneas tomadas en Galicia. Es la primera en llegar a todo, aunque se considere lenta: la primera en desvelar nuestros ritos y la primera en lograr el Premio Nacional de Fotografía, y la única compatriota que han admitido en la mítica Agencia Magnum.

–¿Todavía le queda una España oculta que retratar?
–Ya no. Cuando empecé tenía sentido, porque muchos ritos y fiestas se desconocían. Viajábamos poco, no había más que un canal de televisión, menos periódicos... y una preocupación por buscar nuestras raíces e identidad.

–Todo empieza con una beca de la Fundación Juan March.
–La idea era plasmar una imagen general de España: arquitectura, trajes, tradiciones, paisajes. Pero cuando conozco las fiestas, me quedo asombrada. Sólo conocíamos los San Fermines, El Rocío, los Carnavales, que eran fiestas de primavera... y cuando me encontré con las tradiciones autóctonas quise darlas a conocer.

–Mucha poesía debió de ver...
–¡Es arte popular, con mucha imaginación y razón de ser! Todo nace para conmemorar por haber superado una peste o una sequía o celebrar el final de una cosecha o en homenaje a los caídos de tal batalla...

–Y en medio: funerales, bautizos, escenas cotidianas.
–Me he colado en todas partes. Aunque sean momentos excepcionales en la vida de un pueblo, con respeto, nadie te impedía nada. Desde una mujer que trabaja con su hijita en las eras, hasta pedir permiso para asistir a una boda y, de vuelta, seguir a la comitiva de un entierro.

–Siempre de un modo «invisible».
–Yo pido permiso, pero no pasas inadvertida; eres la forastera. Aunque, si te ven trabajando, no te lo impiden y se te abren. Más en aquella época, en la que nuestro país era buen anfitrión del recién llegado. No éramos tan desconfiados... Además, pensaban que era vendedora, porque iba con una bolsa muy grande, preguntaba mucho, hablaba con los hombres en los bares...

–¿Cómo se logra ser la primera española en ingresar en la Agencia Magnum?
–Nunca se me ocurrió entrar. Primero porque es una agencia de prensa y yo no trabajo la actualidad. A veces la actualidad y yo coincidimos; pero no la busco. Sólo soy un ser curioso que quiere conocer. No vengo del periodismo, sino de la pintura; aunque el proceso, a veces, pueda parecerse, el interés es distinto. No sé trabajar contra reloj ni contar algo a la primera.

–Por eso estaba tan feliz en la agencia VU, hasta que alguien vio su «España oculta».
–Recibí una carta de Elliott Erwitt. Decía que le gustaba mi trabajo y que si quería que hablara con los colegas de Magnum. No respondí porque me asustaba aquella agencia. Pero cuando fui a Nueva York fui a darle las gracias, le di uno de mis libros y no hablamos más.

–No lo entiendo: ¡todos los fotógrafos quieren entrar en Magnum!
–Para mí no era una prioridad. Pero en el 2004 coincidí con David Alan Harvey en Valencia y me dijo con generosidad y calor: «Sería bueno para ti estar en Magnum». Así de sencillo. Lo medité y me presenté. Ya no era joven. Tras pasar la primera etapa –son permanencias de dos años hasta que te quedas definitivamente–, me aceptaron en el 2005.

–¿Es vitalicia la permanencia?
–No han echado a nadie. Somos como los 53 mosqueteros de la fotografía, todos vamos a una y una es para todos. Calidad, libertad y derechos es lo que la caracteriza. Pero no hay que magnificar: si uno va con calidad en sus imágenes no es difícil que entre en Magnum.

–¡Acabará en una novela de Susana Fortes, como Robert Capa y Gerda Taro!
–Lo dudo. Mi vida es muy tranquila, aunque me haya movido por muchos sitios. Mis únicas aventuras son coger el avión a tiempo y poder pagarme el billete. Piensa que he trabajado en la docencia treinta años y hacía fotos.

–¿Lo más raro que ha tenido que hacer para lograr una foto?
–Durante la Asura, en la India. Es una fiesta eminentemente de hombres y las mujeres tienen poca participación y deben ir de negro. En horas me hicieron un traje a medida, con velo y todo. Acababan de matar a Husein y tenían miedo de que se enfrentaran chiítas y shiítas y me habían metido mucho miedo. Eso es lo peor. Hay que ser sensato y precavido, pero el pavor te paraliza. Acabó el desfile y dije: «Se acabó, aquí hay que currar». Y no pasó nada.

–Tres fotógrafos en el mismo punto y con la misma cámara...
–Sacarán siempre una imagen diferente. Eso es hermosísimo: que a través de tu formación, de tu personalidad, de tu sensibilidad y creatividad veas algo distinto.

–¿Qué tiene el blanco y negro que no tenga el color?
–El blanco y negro era la posibilidad de trabajar a través del negativo y hacer un buen positivo. Hacerlo tuyo, con el estudio de la luz, contrastes, composición. La foto no sólo era la toma, sino a la hora de hacer el positivo... Ahora, con el digital puedes hacer lo que quieras con el color.

–¿Y se ha adaptado bien a los tiempos modernos de los píxeles?
–Pensé que no sería capaz, pero resulta que hay una serie de necesidades que la técnica digital te soluciona.

–Muchas tribus en lugares remotos piensan que hacerse una foto es como robarte el alma.
–Eso es lo bueno de la fotografía, que nos hace muy frágiles. Tiene tal poder que, sea quien sea, desmonta la imagen que desean mostrar.

–¿Nikonista o canonista?
–Me da igual. Tengo las dos. Y cuando era jovencita trabajaba con Pentax.

–Nunca tuvo una Rolleiflex ni una Hasselblad?
–Nunca. ¡Ni una Leica! Eran demasiado caras. Las fotos no las hacen las cámaras. Con tener un buen objetivo que te dé calidad es suficiente.

–¿Ha seguido a algún Papa en sus viajes?
–Claro que sí y me interesa mucho, especialmente la devoción de la gente. Con Juan Pablo II estuve en la plaza Colón, en Madrid, y en Cuba. Pero no le fotografiaba a él, sino lo que ocurría ante su presencia: cómo se movía el ateísmo cubano en torno a él. Cuando hay una manifestación de espiritualidad me interesa.

-¿Y dónde posará su objetivo ahora?
–¡Sepa Dios dónde estaré! De momento, tengo la intención puesta en Baracoa, para la conmemoración de los 500 años. Fue la primera ciudad que fundó Colón y plantó veintidós cruces. Sólo queda una de ellas y es un lugar aislado por su geografía. Me interesa ir allí y allí iré.