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La señorita Trini

Tiempo de lectura 4 min.

09 de octubre de 2010. 01:15h

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9/10/2010

Nunca la vieja guardia del PSOE estuvo tan bien representada como con la última actuación de Alfonso Guerra. Old fashion guardia que ha emergido para arropar a un Tomás Gómez que, sólo por oponerse a Zapatero, se ha encontrado tan variados amigos. El «señor Gómez» ganó –ha dicho Alfonso Guerra– tan cierto como que la «señorita Trini» perdió. Aunque lo que rezuma tal aseveración es una alta dosis de machismo rancio y trasnochado. Si Trini es señorita, es al estilo de las picasianas de Avignon, unas contundentes señoras, felizmente expuestas, transgresoras de su tiempo. Llamar señorita a Trini, a estas alturas, es tan antiguo como decir que «los caballeros no tienen memoria y las señoritas no tienen pasado». Trini tiene pasado –¡sólo faltaría!– político y en el mejor de los sentidos, personal. A sus 48 años vive con su pareja sin casarse porque le da la real gana. Sin dar más explicaciones, como cada hijo de vecino que así lo elige en los tiempos que corren.

Calificar a una mujer madura en razón de su estado civil es tan antidiluviano como pedirle una autorización al marido para trabajar fuera de casa. Cuando sucedían estas cosas, en España, las mujeres no podían abrir ni una cuenta corriente, y eran señoritas llegadas a señoras a una edad temprana para ser bien casadas. Un destino en lo universal. Hoy, en nuestro país, son más las mujeres que viven en pareja –solteras o divorciadas–  que las que se han casado al estilo tradicional. Por eso, por vieja, la expresión señorita la hemos reservado los españoles para las chicas muy jóvenes. A una mujer de 40 años se la distingue con la palabra señora sin más explicaciones, al margen de la vicaría o el juzgado. A menos que quieras ofenderla, como Guerra ha hecho con Trini. Hasta los ingleses, tan conservadores ellos, han dejando como una «outdated word» la palabra «miss».

Por eso, lo que hay detrás de la afirmación de Alfonso Guerra –obvia en cuanto a los perdedores y los ganadores– es un afilado de navajas. Con su afirmación, Guerra pretendió reconocer al díscolo «señor» Gómez y ridiculizar a la sumisa «señorita» Jiménez. Debate de fondo que comparten la vieja guardia y la mayoría de los barones. Hacía tiempo que no estaba tan deslenguado Leguina, ni tan animosos como ahora el propio Guerra, Barranco, Rodríguez Ibarra o Corcuera. Ni tan espatarrado Bono. Ni tan activo González, dispuesto a presentar a un Montilla desmayado, en un desayuno en Madrid. Ni tan clarividente Barreda. La vieja guardia y los barones se revuelven estos días de famélicas encuestas, intuyendo la debacle electoral que comenzará en Cataluña. El PSOE puede quedar sin poder Territorial en las grandes federaciones de Cataluña, Andalucía y Madrid, o en territorios históricos como Castilla-La Mancha. De lo que todos ellos culpan, exclusivamente, a Zapatero, algunos, eso sí, con la poca fortuna con que lo ha hecho Alfonso Guerra. Es lo que olfatean los antizapateristas, hoy multiplicados como hongos en el seno del PSOE.
 

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