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Nobel y Jobs

La Razón
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Hasta finales de año, escribiré esta columna desde Ithaca, una pequeña ciudad en el norte del estado de Nueva York. Me he venido a la Universidad de Cornell unos meses a continuar mi investigación sobre arte contemporáneo. Y he salido de España justo a tiempo para lograr escaparme de la boda de la duquesa de Alba y de la imagen vergonzante que a veces transmite un país como el nuestro en cuanto uno cruza las fronteras. En cualquier caso, esta mañana hay demasiadas cosas de las que escribir más interesantes que la boda de la duquesa. Sin duda, está el fallo del Nobel de Literatura. Un premio que, como es habitual, ha vuelto a sorprendernos. Yo confieso no haber leído nada del poeta sueco Thomas Tranströmer, aunque así, a primera vista, desde luego su poesía parece más interesante que la de las canciones de Bob Dylan.
De todos modos, creo que, más que del Nobel, hoy debo escribir de la pérdida de Steve Jobs, fundador y cabeza visible de Apple. Un personaje que ha sido mucho más determinante para nuestro mundo contemporáneo que cualquier poeta o escritor. Y es que mucha de la tecnología que Jobs imaginó ha cambiado nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Se podría hacer aquí una larga lista de dispositivos e ideas que lo han consagrado como un mago de la tecnología: iTunes, iPod, iPhone, iPad… Estas ideas han conseguido cambiar nuestras rutinas y hacernos la vida más fácil. Jobs no era un inventor, sino un visionario. Y supo imaginar nuevas formas de relación entre el hombre y la máquina. Quizá ese fuera su mayor logro, haber convertido la frialdad de la tecnología en algo cercano, cálido y amigable. Y, por supuesto, hacer de todo un gran negocio.