Historia

Cultura envilecida

La Razón
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La cultura de una colectividad se fundamenta, al mismo tiempo, en la fidelidad al pasado -que en nuestra patria son las raíces cristianas- y sobre una renovación continua. No ha de haber contradicción entre el cambio cultural y el mantenimiento de nuestro patrimonio. La maduración cristiana personal y la evolución de la cultura constituyen la forma de crecimiento de una comunidad humana y cristiana que quiere ser fiel a ella misma. La aceptación indiscriminada de la civilización actual comporta la difuminación de lo que es nuestra personalidad como pueblo. Menos aún es aceptable una historia del hombre «sin el hombre», es decir, prescindiendo de su auténtica realización y del ennoblecimiento del pueblo. Ha sido el riesgo-tentación de gobernantes de todos los tiempos. «No es lícito efectuar –dijo Juan Pablo II- una especie de cultura en una sola dirección que prescinde de la de o la sustituye con sucedáneos indefinibles». Este secuestro es aplicable a muchos aspectos de la cultura que se está proyectando desde diversos ángulos de las administraciones de nuestra nación. Ciertas leyes, organismos y medios de comunicación, controlados directa o indirectamente por el Estado, influyen en el talante de la cultura de masas, dificultan la fe y rebajan la moral del pueblo. Me recuerda otra frase del mismo Papa: «Es necesaria una ecología del espíritu al servicio del hombre».