A río revuelto

La Razón
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A todo se acostumbra uno, a lo bueno, a lo malo y a lo regular. Desde que no podemos fumar más que en casa, o en la rúe, y ya que el pitillo que fumamos en la calle, levantándonos de la mesa del restaurante, no nos satisface porque lo bueno es saborearlo con la copa de vino y los amigos haciendo tertulia, hemos echado mano de soluciones alternativas.
Los pitillos electrónicos están muy bien, tienen saborcillo, sacamos humo por la boca y, en fin, quitan un poco la ansiedad o suplen de alguna manera esa carencia que, por narices, este Gobierno dictatorial nos ha impuesto. Y, como siempre, a río revuelto, ganancia de pescadores. Los pitillos electrónicos son caros, carísimos. Ya sé que la salud no tiene precio, pero los fabricantes se deben de estar poniendo las botas. Lo mismo que los de estufas de exterior, que están sacando modelos sin parar para calentar terrazas y lugares donde los fumadores se reúnen para saciar sus ansias de humo. Me dice un amigo que dos años atrás se compró un champiñón de butano para su jardín, al razonable precio de 50 euros. Hoy su valor se ha cuadruplicado y no dan abasto a suministrar calentadores de este tipo a todo tipo de establecimientos, ora con aspecto de chimenea con leña más falsa que Judas, ora con apariencia de pirámide ardiente. Los pitillos electrónicos no sólo se venden en farmacias, sino también en gasolineras, tiendas expendedoras de periódicos, revistas y libros, sándwiches, refrescos y revelado de fotos, en los propios estancos y dentro de nada estarán en los supermercados, como lo están también los preservativos y las cremas lubricantes «para un sexo más placentero». Y los pringaos de siempre, soltando la lana. Ya se sabe.