Historia

Los secretos sexuales de la Casa Blanca

Alos editores de libros históricos, les encanta utilizar los aniversarios para sacar sus títulos. Estos días, y con motivo de los 150 años de la Guerra Civil estadounidense, los historiadores han vuelto a revisar sus tesis en artículos, ensayos, libros y otros manuales. Pero estos expertos han pasado por alto muchas cosas y se han dejado otras tantas en el tintero.

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Y es que los Padres Fundadores de Estados Unidos no son de acero, sino de carne y hueso. El dueño de la mítica revista «Hustler» porno, Larry Flynt, ha decidido suplir este vacío con su libro «A nation under sex» (Una nación bajo el sexo, podría traducirse en español) con los secretos de la vida sexual de los presidentes de EE UU.

Y no queda títere con cabeza. Así, para encender la llama cita a Ben Franklin, de quien asegura ayudó a salvar la Revolución Americana seduciendo a mujeres francesas, a Dolley Madison, aquella que, según afirma, se acostó con todo el que pudo, y no deja escapar el «affaire» homosexual de James Buchanan con un dueño de esclavos fue un regalo para los secesionistas.

Abraham Lincoln adoraba meterse en todas las camas de los hombres ricos y los encuentros lésbicos de Eleanor Roosevelt ayudaron a convertirla en la gran heroína de los derechos de igualdad. Era la novia de Woodrow Wilson la que le dictó las cartas que tenía que escribir al Káiser alemán. Y, claro, como no, en el libro también se tratan los secretos favoritos sexuales y peor guardados de Washington: las aventuras de Bill Clinton y JFK. Parece que el primero fue mejor amante que John F. Kennedy o, por lo menos, menos egoísta.

Flynt narra que la primera etapa de Kennedy fue un período romántico entre el pueblo y su presidente hasta que llegó un momento en el que ni JFK ni Jackie se molestaban mucho en esconder sus respectivos líos. El demócrata se acostó con todas las mujeres que se le pusieron por delante. Mientras, Jackie se consoló con Bobby, el hermano del malogrado presidente, después del asesinato en Dallas. Aunque el joven Kennedy decidió después dejar a su cuñada y volver con su mujer.

En declaraciones a «The Daily Beast», Flint admite que «los libros de historia siempre dejan mucho fuera, y queríamos incluir más cosas. Durante los últimos 35 años he estado exponiendo a políticos corruptos, y quería saber si nuestros Padres Fundadores hacían lo mismo o no», aclara. Para este trabajo, ha hecho equipo con David Eisenbach, de la Universidad Columbia, para conseguir dar a su trabajo más credibilidad.

Flynt, que sobrevivió a un intento de asesinato en 1978, está paralizado de cintura para abajo. Ha pasado más de 30 años en una silla de ruedas. Ahora dedica su tiempo a recabar todos los trapos sucios de los posibles candidatos de la campaña de 2012.

Según las críticas, estas descripciones de los presidentes se quedan cortas si se tiene en cuenta que el autor del libro es el magnate del sexo en Estados Unidos. A pesar de que Flynt ha contado con Eisenbach para darle cierto empaque al libro, los historiadores y muchos lectores ya se han lanzado a justificar que Abraham Lincoln durmiese en la misma cama con diferentes hombres. Según ellos, era lo que se estilaba en la época por falta de camas y calefacción.

Pero, en las conclusiones del libro, se argumenta que la forma de gobernar en Washington siempre ha estado determinada por la vida sexual de los que han vivido o aspirado a la Casa Blanca. Casi siempre ha sido el sexo el culpable de que se consiguiese o no se pudiese lograr sacar adelante las leyes. Parece que todo está documentado con los papeles de los Archivos Nacionales, los de Woodrow Wilson en Princeton y la biblioteca de Roosevelt, entre otras presidenciales, que son las fuentes en las que se ha basado Flynt para hacer este libro.

De esta forma, los que quieran pensar en los Padres Fundadores de Estados Unidos como personas cuya vida rozó la perfección no deberían leer este trabajo. Es sólo para aquéllos que aprecien cómo la sexualidad ha dado forma a la política de igual manera que lo hace con otros aspectos de la vida. Todavía así, la controversia que ha desatado este título invita a preguntar cuándo los estadounidenses dejarán de obsesionarse con la vida sexual de sus líderes.