A propósito de Chicago por Alejandro Alvargonzález San Martín

Cuando alguien pregunta sobre el futuro de Europa, siempre recuerdo la conversación de aquel diplomático con cierto alto responsable chino. El primero le pedía su visión sobre el futuro de la humanidad y el segundo le contestaba que, grosso modo, la gran fábrica del mundo seguiría siendo China, a la que se sumaría el sudeste asiático; las finanzas serían de China y EEUU, con alguna nota al margen que recordase los buenos tiempos de Londres o Frankfurt; la tecnología sería norteamericana y china, aunque Japón, la India o Alemania tendrían algo que decir; las materias primas llegarían desde África y América Latina... «¿Y Europa?» inquirió el diplomático. «Europa –le contestó su amigo chino– será un parque temático».

Corría 2005 y nadie podía sospechar la que se nos venía encima. El círculo virtuoso de la economía estaba en boca de todos, y la supremacía asiática no pasaba de ser una hipótesis muy razonable que se fundamentaba en su fortaleza mucho más que en nuestra debilidad. Los tiempos se han acelerado, la crisis nos ha paralizado en una confusa perplejidad y Europa se juega en los próximos años la definitiva pérdida de su centralidad, de su peso económico y de la permanencia de sus valores. Y esto último no es baladí. Cuando la expansión del ideal democrático ha llegado a su cúspide corremos el riesgo de que se inicie su decadencia. Sólo una potencia extraeuropea, Estados Unidos, parece interesada y dispuesta a hacer el esfuerzo de su salvaguarda. Europa, entretanto, se arriesga, mientras se lame las heridas de una crisis escalofriante, a convertirse en un brillante parque temático. Por cierto que la permanencia de unos valores que ponen por delante la fe en el derecho, en la igualdad de las naciones o en la economía de mercado, tiene mucho que ver con la prosperidad y la salida de la crisis.

La importancia de la cumbre de la OTAN reside en la posibilidad de que el viejo continente inicie una reflexión que le lleve a asumir sus responsabilidades. Pero no será sencillo. Las pulgas del perro flaco han obligado a centrar muchos esfuerzos en la satisfaciente tarea de rascarse, en la frustrante mirada de lo cercano y en la complaciente creencia de un mundo sin riesgos que no merece el sacrificio de la disuasión. La última guerra está muy lejos, la amenaza soviética feneció, los riesgos propios del siglo XXI son –se dice desde la pereza intelectual– más propios de un buen aparato policial que de auténtica política de seguridad y defensa. Y así, paso a paso, Europa abandona el músculo, araña el hueso y se hace vieja. Y hablando de la «vieja Europa» olvidamos que, aunque otros aún son más viejos, guardan el músculo y practican la gimnasia. Véanse la India y China. Y entre las amenazas, véanse la proliferación de armas de destrucción masiva, los ciberataques, el terrorismo, la expansión de grupos fanatizados, los Estados fallidos, el tráfico de personas, y un largo etcétera.

Dos asuntos son los principales a tratarse en Chicago: el Paquete de Defensa y Afganistán. Uno y otro serán ilustrativos del grado de solidaridad y firmeza de los aliados y de la voluntad de prevalecer como grupo cohesionado que comparte unos valores y está dispuesto a garantizar su supervivencia. El primero fijará fórmulas para garantizar el logro de las capacidades precisas para la defensa en un tiempo de austeridad. El segundo procurará la aprobación de un Plan Estratégico que dejará ver si occidente se mantiene firme contra los culpables y los cómplices del terrorismo que nos ha golpeado, ya sea en las Torres Gemelas o en Atocha, y firme en su apoyo a un pueblo que ha sufrido ya demasiado. Ambos asuntos –el Paquete de Defensa y el Plan Estratégico para Afganistán– contienen aristas a pulir. Los cálculos electorales o los legítimos intereses de la industria, las rivalidades y pequeñas mezquindades propias de la alta política, no han de facilitar las cosas. Y, aUn llegándose a un acuerdo, Europa, la OTAN y occidente tendrán que perseverar en los años venideros. A sensu contrario, será muy significativo si el resultado no es satisfactorio. Se constatará entonces que nos abandonamos a la mejor suerte, siendo siempre esa esperanza de la mejor suerte la peor de las pasividades. No ocurrirá.

En este escenario, que presiente un mundo que ha empezado a mudar a una era distinta, España no puede permanecer como mero testigo. España ha sido fuerte cuando ha osado asomarse al mundo. Nuestra posición geoestratégica –bisagra entre dos mares, dos religiones, dos continentes, tres si a Europa y África añadimos Iberoamérica– así lo exige. Otros países pueden permitirse el lujo de dejarse arrastrar por sus plácidas mareas vecinales. España está obligada a participar en el diseño del futuro si quiere ser dueña de su destino. Así ocurrirá en Chicago. Se constatará que somos conscientes de que el abanico de amenazas es tal que una nación no puede sobrevivir en la soledad y que nuestra participación en la OTAN se basa en la solidez de una comunidad de intereses; que estamos dispuestos a influir en el análisis y la toma de decisiones, para que la OTAN responda a los nuevos desafíos y se reinvente cuantas veces sea necesario; en el caso de Afganistán se verá que somos un socio fiable; en Smart Defence (ese intento de «hacer más con menos», de aprovechar sinergias y cooperar), constará que la iniciativa goza del apoyo de España y se dejará ver que nuestra primera contribución consiste en la decisión de consolidar nuestra propia seguridad y defensa.

Por cierto, siguiendo con la conversación de las primeras líneas, a continuación fue la autoridad china quien le preguntó al diplomático si era cierto que en Europa existían grupos antinorteamericanos. El Cónsul General se rascó la cabeza y procuró puntualizar: «Hay grupos de ese carácter en la extrema izquierda y la extrema derecha europea; se pueden encontrar en países como Italia, Francia, Alemania, España, Grecia…». El amigo chino apenas le dejó seguir y, como para sí, respondió: «Pues si han tenido problemas para entenderse con ellos, que son sus primos, que hablan inglés, son de ascendencia judeo-cristiana, capitalistas y defensores de la democracia…, lo van a pasar muy mal el día en que surja una primera potencia distinta»

 

Alejandro Alvargonzález San Martín
Secretario general de Política de Defensa
.