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Un informador tiene que hablar con los políticos, administrar sus mensajes, medir sus palabras y encontrar su verdad para ofrecer a sus lectores u oyentes la más objetiva interpretación. Un columnista, el que firma una columna de Opinión no puede estar todo el día colgado del teléfono recibiendo pequeñas novedades a cambio del elogio y la propaganda subliminal. Puedo asegurar a mis lectores que mi trato con los protagonistas de la política es inexistente. Ni los llamo, ni me llaman, ni me reúno con ellos a tomar una copa o comer, ni ellos reclaman mi presencia para cenar o tomar una copa. La última vez que he sido invitado por un político, por Alberto Ruiz-Gallardón, fue para poner en marcha, en compañía del matrimonio Mingote, Luis María Anson y dos cargos de su confianza en el Ayuntamiento, la futura «Fundación Antonio Mingote», y no puedo obviar su generosísima disposición. Para escribir una columna de «Opinión», y llevo entre «Diario 16», «ABC», «La Razón», «Época» y «Tiempo», entre otros medios, más de diez mil, hay que enterarse de lo que sucede sin sonsacarle al protagonista su versión de lo sucedido. Sólo así se sobrevuela y puede alcanzarse la independencia, no sometida a afectos o desafectos y a cercanías o lejanías ideológicas o partidistas. Un escritor de Opinión no pretende jamás imponer la Verdad, con mayúscula, sino Su verdad, llana y honestamente. Antonio Machado, que se las daba de sencillo, era un soberbio en lo que respecta a La Verdad. «-¿Tu verdad? No, la Verdad/ y ven conmigo a buscarla./ La tuya... guárdatela». Es decir, que don Antonio estimaba que para encontrar la Verdad había que buscarla con él y de su mano. Y así le fue al grandísimo poeta, hermano de otro grandísimo. Que ahí se resume la tragedia de nuestra Guerra Civil. El soneto de don Manuel a Franco y el de don Antonio a Líster. La grandilocuente posguerra del hermano vencedor y la tumba en Colliure del derrotado, recibiendo coronas de flores de Stalin. Los dos con sus verdades y ninguno con la Verdad. Y es lo normal, porque somos sujetos y no objetos. La honestidad se cimenta en la lealtad de cada uno con su verdad, y no en pretender una objetividad imposible para imponer la Verdad como cosecha propia. Lo dijo un ex-ministro de Franco, buena persona, piadoso, bien tratado por las izquierdas y, al final de su vida, inmerso en ellas. «Soy absolutamente objetivo». Es decir, que era una mesa.
He leído en la crónica de Jaime Peñafiel en la «LOC» dominical del «Mundo» que un ilustre escritor, la jornada anterior de viajar a Marbella para compartir el veraneo con la llamada «Jet», visitó a los llamados «Indignados» en la Puerta del Sol. Coincide su predisposición a favor del movimiento de estos pelmas –movimiento que se ha convertido en una algarada rubalcabiana y rubalcabista– con los guiños que les dedica el candidato socialista a sus reivindicaciones. Y ahí tiene toda la razón Peñafiel, con quien discrepo en otras muchas apreciaciones. A eso se le llama demagogia. Ignoro a quién se refiere Jaime en su inteligente señalamiento, pero esa visita, por cuestión de decencia, no puede realizarse con las maletas preparadas y el hotel de lujo a la espera. Ese movimiento ha dejado de ser lo que fue, y todos los que se sumaron con entusiasmo independiente a sus objetivos han desertado. Ese movimiento es la excusa que mantiene Rubalcaba para entorpecer la normalidad de las próximas elecciones. Son los que protestan contra el PP cuando el PP no ha hecho nada para que protesten contra ellos, y sí quien los mima y requiebra. Y servir a la bruma y el desconcierto desde el talento es una herida dolorosa en la credibilidad. O Rubalcaba y Marbella, o indignados. Todo, es imposible de asumir.