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Encuentro con Lucrecio por Agustín García Calvo

La Razón
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-Hombre, tú otra vez, mis amores. ¿Vienes ahora cada día por Herculano?
-Bien querría yo tener las facilidades de los ángeles. Pero es que de rato en rato no la dejaban seguir los cofrades a mi alma con el sosiego que debían.
-¿Acaso por aquello de la fidelidad de la voz a la letra en los cánticos que nos traíamos?
-Peor todavía que eso, el tormento de que, por azar, vuelva a suceder que la práctica del canto o las recitaciones pueda remedar por su cuenta algo de la infidelidad de las letras al sentido común. Siempre puede pasar algo de eso.
-Claro: ¿cómo no podría?; sería privarnos de la posibilidad.
-Ya: de la posibilidad de equivocarnos.
-Ésa misma: sin posibilidad de equivocarse no cabe ni el amor ni el deseo de la verdad.
-Ya veo lo que eso pueda ajetrearte, padre, aunque no lo digas.
-Mucho, tú lo adivinas.
-Más que eso: si he vuelto a Herculano esta vez ha sido porque temía que, en alguna de las discusiones de los cofrades, pudiera entrar en duda la cuestión de si podía temblar la confianza en que las revelaciones de Epicuro traían algo, no ya de serenidad, sino de libertad.
-¿Por qué eso, hermano?
-Porque desde hace mucho, aunque tú no te atrevieras a decirlo tan claro, he sentido que el origen de nuestra libertad estaba en el descubrimiento de que los átomos en su caída por el vacío, por ningún sitio, pudieran equivocarse y ser infieles a la rectitud de la ley de la caída que el propio no estar les imponía. ¿No era así?
-Al menos no arrastraba consigo la idea o fe de creer en otra cosa.
-Bien. Pues, entonces, ¿cómo me veo obligado a decir que, cuando Epicuro partió en su viaje contra las murallas o límites del mundo, nos trajo de vuelta, como un regalo, el saber de qué es lo que puede surgir, qué es lo que no, y en fin, qué posibilidad limitada se le ha dado a cada cosa y cada uno de romper con la ley y así ser libre?
-Para no entender mal esto, hermano, os tocará esperar tan largo tiempo a que el mundo y su ciencia se desarrollen, que más valdrá limitarnos a dejar las sucesivas creencias en que tienen una Causa y Primer Motor.