Rostro escaleno

La Razón
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Hay una relación evidente entre el sentimiento de culpa y la falta de higiene. Por alguna razón que no me he detenido a analizar, cada vez que trasnocho indebidamente y defraudo a alguien, al amanecer evito mirarme las manos porque sé que las tengo sucias. En una de las ocasiones en las que por mi trabajo de periodista hube de comparecer ante un juez, mi abogado, que también era trasnochador, me recomendó que extremase la higiene de las manos y que, si tuviese tiempo, no dudase en hacerme la manicura. Mi abogado no me dio explicaciones, pero yo supuse que por su propia experiencia sabía que donde los jueces buscan tu culpa no es en el alma, sino en las manos. Aunque nunca me habló de la cara, yo sabía que es en el rostro donde sobre todo dejan su huella los errores y las culpas, hecha la salvedad de que hay una metamorfosis culposa del rostro, una taracea criminal, que de donde viene no es de la conducta moral, sino de la mala ginebra. También es cierto que hay un cierto encanto en los rostros afectados por los vicios, drenados por el remordimiento, destruidos por la tenaz termita de la culpa. He conocido a muy pocos jueces que sean más fotogénicos que los rudos criminales a los que condenan. El magistrado que juzgó varias veces a mi amigo «Alejo», recalcitrante delincuente, me reconoció su dolor al enviar al ostracismo del presidio a un tipo que por sus rasgos podría haber triunfado como maravilloso secundario en el cine. El historial penitenciario de aquel tipo se correspondía sin duda con las deudas contraídas con la sociedad a la que agredía, pero, ¡demonios!, yo sé que dos puñados de agua en las manos y media hora de manicura le habrían redimido de unas cuantas condenas. Y un buen traje, claro. La elegancia garantiza automáticamente ciertos niveles de inocencia. Recién salido de presidio al cumplir una de sus condenas, «Alejo» robó una americana de cuadros y vino a verme al periódico. Yo sabía bien quién era, conocía sus culpas e incluso estaba al tanto de sus remordimientos, pero estoy seguro de que con aquella americana a la vista ningún juez se habría atrevido a condenar por robo con violencia a un tipo alto y enjuto que con unas gafas de pasta y una rubia de bote habría parecido Arthur Miller. Así se lo reconocí yo a mi amigo criminal: «Todos los rostro humanos tienen algo que leer, amigo. La diferencia es que en tu caso, en ese rostro escaleno corregido por la furia, destruido por la vida, rudo cordel, más interesantes son aún las tachaduras».