Berlín

Desde Rusia con amor (II) por César Vidal

La Razón
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Durante los años treinta, Stalin decidió proceder a la voladura de la catedral de Cristo Salvador en Moscú. Su plan se llevó a cabo no sólo porque las órdenes del georgiano no se discutían sino porque además constituían el paso previo para un extraordinario proyecto. El solar que antaño había ocupado la catedral iba a ser el asentamiento de una estatua gigantesca de Lenin. Tan descomunal iba a resultar que en la mano extendida de la imagen de Lenin se albergaría un campo de aterrizaje para helicópteros y en su cabeza, un edificio en el que tendrían cabida todos y cada uno de los ministerios de la Unión soviética. La catedral, efectivamente, voló por los aires, pero la estatua de Lenin nunca llegó a erigirse. Hitler invadió la Unión soviética y el monumento tuvo que esperar. El conflicto acabó con los soldados del Ejército Rojo entrando en Berlín, pero la Unión Soviética había perdido más de veinte millones de personas en la guerra y había sido devastada por los invasores de manera que los deseos de Stalin no pudieron satisfacerse. Tras su muerte y el denominado deshielo, todos prefirieron olvidarlo. Sin embargo, hace apenas unos años, la iglesia de Cristo Salvador volvió a levantarse justo en el lugar donde había estado décadas atrás y, a día de hoy, es uno de los lugares de culto más visitado de Moscú. Se mire como se mire, el episodio constituye todo un símbolo. Los bolcheviques pudieron demoler iglesias, deportar a los cristianos al «gulag», expulsarlos de la vida pública, pero no acabaron con ellos. En el conflicto entre Lenin y Cristo, el segundo acabó emergiendo, tras un camino de sangre y lágrimas, como vencedor. Es muy posible que no pocos de los rusos que van ahora a la iglesia actúen por un cierto atavismo, pero no se puede ocultar el hecho de que las iglesias, las sinagogas y las mezquitas han aparecido con una profusión espectacular. Si la mayoría de los rusos –más del ochenta por cien– se consideran ortodoxos, no es menos cierto que las iglesias protestantes están creciendo con una enorme rapidez, que el ocho por ciento de la población es musulmana y que incluso el judaísmo y la Iglesia católica han avanzado. Este último caso es el más difícil porque los rusos siguen asociando el catolicismo con las invasiones polacas y lituanas y todavía más si cabe con los independentistas ucranianos. Con todo, el mensaje es claro. Rusia ha logrado sacudirse de algunas de las peores cadenas que la han atado durante décadas. Hay elementos suficientes –me referiré a ellos en la entrega siguiente– para pensar que si todo sigue igual, tras otra generación, Rusia volverá a ser una de las tres primeras potencias de este planeta.