Siempre la calma por Paloma PEDRERO

Siempre la calma, por Paloma PEDRERO
Siempre la calma, por Paloma PEDRERO

Estaba yo en calma cuando la vida va y me propone un proyecto. No, pensé, ni hablar, ahora que por fin estoy tranquila, que duermo bien, que disfruto de mi equilibrio, no me voy a meter en líos. Pero, amigos, lo que la vida me proponía era fascinante, sorprendente, nuevo. Pero no, no era el momento, ¿Cuándo es el momento para perder la calma? ¿Cuándo piensa la vida en eso? Bueno, quizá sí que lo piensa, quizá Dios creía que yo estaba en condiciones para una nueva y complicada experiencia. Tardé en dar paso comprometido, en dejar hablar a mi deseo. Fueron días terribles, como si un virus se hubiera metido en mí y lo único que hiciera es luchar por brotar, luchar con todas sus armas por nacerme. Era una batalla bastante igualitaria, pero la calma ya me la había robado. Mi cuerpo comenzó a sentir extraños síntomas. No había forma ni medicina alguna que me hiciera olvidar la propuesta de la vida. Asustada di un pasito hacia delante y entré en el camino misterioso que me señalaba. Más tarde reculé, pero ya estaba envuelta por el paisaje. Había árboles nuevos y otros que había olvidado. Había un pequeño manantial de agua acrisolada. Había un cielo y un viento y un aroma muy rico. Qué miedo, Dios mío. Todo era tan inquietante. Me senté al borde del sendero y reflexioné. Mis nervios estaban a flor de piel, pero el espejo me enseñaba unos ojos abiertos de par en par. ¿Por qué?, me preguntaba, si ahora ya no dormía bien, si tenía sueños con fantasmas, si mi estomago estaba cerrado como un caracol a la sombra. Sin embargo, descubrí que irremediablemente no podía volver atrás, que la vida es vivirla, que lo triste es arrepentirse de lo que uno pudo hacer y no hizo. Y me metí. Estoy en ello. Vivo, estoy viva. ¿Es que no se puede vivir a tope con calma? Va a ser que no, que toda aventura nos transforma en movimiento. En un ir a morir en su propia y divina intensidad.