España

La puntilla

La Razón
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Es verdad que tratándose de Grecia los datos pueden ser más falsos que los balances de la CAM, pero la estadística dice que su tasa de paro, pese a haberse disparado este año, sigue siendo más baja que la nuestra. De cada cien griegos en situación de trabajar, diecisiete no encuentran empleo. Estando el país en agonía prolongada, con el déficit público en el 8,5 %, la deuda en el 160 % y encarando su cuarto año de recesión, no cabe sorprenderse de tan pésimo dato. En España, sin quiebra, sin rescate y con la deuda pública por debajo de la media europea, veintiuno de cada cien trabajadores está en el paro. Sólo un país europeo está peor que Grecia en este ámbito: el nuestro. Ya sé que el desempleo en España es un mal endémico, que nuestra tasa siempre es el doble que la media europea y que, roto el ladrillo, no tenemos sector alternativo que absorba a esta legión de desempleados. Sé que el último trimestre del año no es bueno para la creación de empleo y que el ajuste de plantillas ha llegado al sector público. Conozco la explicación que da el Gobierno y las explicaciones añadidas que aportan analistas, sindicalistas y académicos. La conclusión me sigue estremeciendo: en paro, estamos peor que Grecia. El dato de septiembre ha dado la puntilla al discurso de la recuperación que, pese a todo, se empeña en mantener el Gobierno. Casi cien mil parados más, de golpe, y dos meses seguidos con las afiliaciones en descenso. El pronóstico según el cual empezarían a llegar los buenos en otoño también falló. El trecho que queda por recorrer de 2011 se ha puesto aún más cuesta arriba. El consumo privado no remonta, el gasto público mengua, la actividad sigue parada y no alcanzaremos a cumplir el seis por ciento de déficit público a final de año. Los dieciocho servicios de estudios del panel que elabora Funcas (la Fundación de las Cajas de Ahorro) coinciden en que 2012 tiene una pinta pésima: el crecimiento no pasará del uno por ciento y la tasa de paro seguirá por encima del veinte. Con la economía al tran tran, la creación de empleo –de existir– será puramente testimonial. El Gobierno, tronchadas sus estimaciones, se resiste a modificarlas porque ya, ¿para qué? Salgado y Blanco ya no hablan de previsiones, sino de «objetivos» que mantiene el Gobierno. Traducido: como no se cumplirá lo estimado, se reconvierte en la expresión de un deseo; el Gobierno ya no prevé, sólo confía, quiere creer y espera. El drama de Rubalcaba es la ventaja comparativa de Rajoy. El candidato socialista, reinventado como gurú del ala izquierda del partido sin haber pertenecido nunca a ella, pretende dar la batalla de las propuestas. Rajoy ni siquiera lo necesita porque ha calado la idea de que es hora de probar cómo gobernarían los otros. El abandono del votante socialista no es ideológico, sino pragmático. Por más empeño que ponga, Rubalcaba no va a ser visto como un cambio. Esta vez la ideología pesará menos. Es la reacción previsible a la sobredosis ideológica que imprimió el Gobierno saliente a sus seis primeros años de andadura.