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Sebastián Piñera

La huchita por Alfonso Ussía

La Razón
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Hay días en los que la emoción impera en los momentos previos al ejercicio literario. Hoy es uno de ellos. Me gusta ser justo y agradecido en la cita de las fuentes de información. En esta Casa no tenemos prohibido, como en otras, reconocer los aciertos de la competencia. Y mi fuente ha sido la estupenda periodista Carmen de Carlos, corresponsal de ABC en Buenos Aires. La emoción es cosa mía, personal e intransferible.

Nos habla de «Forbes», especializada en la valoración de las grandes fortunas. Y según «Forbes», que se equivoca poco en su especialidad, la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, viuda de Kirchner, es la jefa de Estado más rica de Hispanoamérica después del presidente de Chile, Sebastián Piñera, e inmediatamente antes del máximo líder de la «Revolución» cubana, el comandante Fidel Castro. Los chilenos sabían de la inmensa fortuna de Piñera y lo votaron masivamente. No la ocultó porque la familia Piñera lleva varias generaciones creando miles de puestos de trabajo y administrando a la perfección sus empresas. Calcula «Forbes» que la fortuna de Sebastián Piñera ronda los dos mil millones de euros. No necesita robar para gobernar con eficacia. La tercera fortuna es la del comandante Castro, invertida en gran parte en el odioso Imperio capitalista de los Estados Unidos. Fidel Castro tiene en su haber más de setecientos millones de euros. Eso, la propiedad privada que cuestionan los trogloditas del comunismo en España y con los que el compañero comandante no parece estar muy de acuerdo. Ha robado y asegurado el futuro de los suyos en el futuro exilio. Y entre uno y otro, aparece Cristina Fernández, la viuda de Kirchner. No hay que pensar mal, pero resulta curioso que en una economía temblorosa como la argentina, durante sus mandatos presidenciales –los de «Él» y éste primero de ella–, el matrimonio peronista haya acumulado tan singular abundancia de dólares. Una de las causas, seguramente mal analizada por los enemigos de la encantadora mujer, es la casual plusvalía de unos terrenos del Estado que adquirió el progresista matrimonio en su primera etapa presidencial a poco más de un euro el metro cuadrado y que hoy valen una inconmensurable fortuna. Sería lacerante e injusto asegurar que la adquisición se hizo mediante las ventajas e informaciones que el Poder procura.

Para mí, que fue una extraordinaria y casual inversión. Los terrenos valían poco, los Kirchner decidieron comprar para que el pueblo argentino recibiera una parte de su inversión, y lo que de origen era una acción de generosidad peronista se convirtió, al final, sin mediar prevaricación ni avaricia, en un negocio redondo. Lo cierto es que el peronismo, la luz de los descamisados argentinos, ha sido siempre muy rentable para los dirigentes del movimiento obrero de aquel gran país, empezando por su fundador, el general Perón, que no murió en la pobreza precisamente. Y resulta incuestionable que la presidenta Fernández nada tiene que ver con el incremento de su patrimonio personal. Ella se ocupa exclusivamente del buen gobierno de la nación austral, y ha dejado en manos de su niño y del amigo de su niño, el compañero descamisado Kiciloff, la administración de su huchita. No se descarta que del desorden provocado por la incautación de YPF-Repsol, algún pico del desconcertado capital pueda volar hasta la mencionada huchita, pero tampoco de ello sería responsable la ejemplar señora, sino sus inteligentes administradores y testaferros.

Son 25 sus propiedades en Argentina, sin contar el piso en La Recoleta, los dos apartamentos y ocho garajes en el «Madero Center» de Puerto Madero, su casa de Río Gallegos, y sus dos hoteles sureños. La verdad es que esta mujer compagina a la perfección la política con la economía, si se trata de su economía, claro está. La emoción me embarga.