Tozeur la puerta del desierto

Al sur de Túnez, la fina arena blanca se abre paso y domina el horizonte. El Sáhara invita al viajero a recorrerlo a lomos de un dromedario o en «quad», a contemplar un mágico atardecer, cenar en una jaima bajo el cielo estrellado, perderse en un oasis...

Tozeur, la puerta del desierto
Tozeur, la puerta del desierto

Decir del sur de Túnez que es un destino de película puede sonar, cuanto menos, a reclamo publicitario. Pero, aunque lo fuera, es más que cierto. La incomparable e insólita belleza de los paisajes que rodean la ciudad de Tozeur no ha pasado desapercibida ante los ojos de los más avispados directores de cine. Para muestra un botón o, más bien, un par de ellos: Steven Spielberg rodó por este rincón del mundo algunas escenas de las aventuras de Indiana Jones y su búsqueda del arca perdida, mientras que George Lucas escogió parte del desierto tunecino para recrear Tattoine, planeta hogar del mismísimo Luke Skywalker en «La Amenaza Fantasma» y que ahora el viajero puede recorrer entre desdibujados recuerdos. «El paciente inglés», «La vida de Brian», «Piratas del Caribe» o «Madame Butterfly» son otros de los títulos que han pasado por esta tierra, tierra que acoge al trotamundos con los brazos abiertos, dispuesto a convertirle en protagonista de una película de las que no se olvida.Para inolvidable, la experiencia de tumbarse sobre la fina arena blanca del Sáhara y dejarse cegar por la luz del sol, mientras la mirada se pierde en la infinita lejanía. Rojos intensos que se convierten en naranjas, azules claros que van oscureciendo con el paso de los minutos, violáceos que dominan el horizonte... En el desierto tunecino la paleta de colores «clásica» pasa a la historia. En silencio, con el único susurro del viento como telón de fondo, el vello se pone de punta cuando el astro rey llega a su ocaso. La estampa queda grabada en la retina y, si andan atentos, en el objetivo de la cámara de fotos, imprescindible.a la luz de las velasCon la oscuridad es el momento de cenar, y no hay que irse muy lejos para hacerlo. En pleno desierto y sentados en una jaima a la luz de las velas, al más puro estilo bereber, las delicias tunecinas saben, si cabe, aún más intensas. Cuidado con el «harisa», un condimento obtenido de pimientos rojos picados sólo apto para estómagos bien acostumbrados al picante. Para abrir el apetito nada mejor que la «chorba», un caldo de pasta, y el «brik», una especie de crepe frito relleno de huevo o atún. El cordero con hierbas, cocido en jarras semienterradas en la arena, costumbre típica del sur, será un excelente plato fuerte si lo acompañamos de la popular «harisa», pasta de guindilla, ajo, tomate y aceite de oliva. Y no olviden mirar hacia arriba. Pocas veces tendrán tan a mano un cielo cuajado de miles de estrellas.Sin levantar los pies de la arena –eso resulta casi imposible por esta zona–, el sur de Túnez no deja de sorprender a la ingenua mirada del ciudadano occidental. Aunque parezca imposible, tras muchos kilómetros de extensas y áridas llanuras nos toparemos con la imponente silueta de las montañas del Atlas, arropada por un sinfín de palmeras. Muy próximos a la frontera de Argelia, los oasis de Tamarza y Chebika impresionan. En este último, el palmeral se hunde en un profundo desfiladero por el que discurre el agua. Si el calor no aprieta demasiado, no dejen de subir las escaleras y encalomarse en lo más alto. Las vistas no dejan indiferente.Más al sur, los apasionados de la aventura tienen una cita pendiente en los alrededores de Douz y en el campamento de Zaafrane. Ataviados del pertinente «shesh» –pañuelo sahariano–, más aún si hace un poco de viento, podrán recorrer el desierto a lomos de un dromedario o sobre las ruedas de un «quad».El camino hacia Tozeur no será en vano. Desde el coche, el inmenso lago de sal Chott El Jerid atrapará nuestra atención. El juego de luces y los espejismos reflejados en el suelo bien merecen detener los motores y pararse a pensar, por un momento, que todo aquello estuvo, hace millones de años, cubierto por el mar. El ajetreo del tráfico, el ir y venir de comerciantes, la apasionante tarea de regatear o la llamada a la oración también tienen su hueco, pero en la gran ciudad. Las callejuelas de Tozeur esconden un encanto especial, como el barrio de Ouled el Hadef, del siglo XIV, pero sobre todo, vida, mucha vida. La misma que brota de su palmeral, regado por más de 200 manantiales que dan como fruto el que dicen mejor dátil del mundo: «Deglet en Nour» o «dedos de la luz». Llevarse a la boca este manjar es obligado. Y si el bocado le sabe a poco, no se preocupe. El tunecino le despedirá con un «ila illika», hasta pronto.Cómo llegar. Tunisair une Madrid y Tozeur en vuelo directo los jueves y domingos. La conexión estará operativa en septiembre. Hasta entonces, la opción más cómoda es volar con Tunisair hasta la capital tunecina con salidas en Madrid o Barcelona y, desde Túnez, hacerlo hasta el sur en vuelo interno. Dónde dormir. El Iberostar Palmyre, a cinco minutos del aeropuerto y muy próximo al centro de Tozeur, es el hotel ideal para descubrir la zona y descansar. Su piscina exterior, el coqueto hamman y sus restaurantes, regentados por el chef Slim Bettaieb, no defraudan. Más información en www.iberostar.com.