Estados Unidos

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La Razón
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Hace poco más de un mes, el 22 de agosto, se inauguró en la ciudad de Washington un nuevo monumento, entre los dedicados a Lincoln y a Jefferson. El homenajeado es esta vez Martin Luther King, y el memorial, como lo llaman allí, se inauguró 48 años después de que Luther King pronunciara, justo al lado, en las escalinatas del monumento a Lincoln, el célebre discurso basado en su sueño de justicia. Aquel discurso se incorporó de inmediato a los anales de la oratoria norteamericana, una oratoria que en sus más altos ejemplos, como aquel, se basa en una cadencia de oración, de acción de gracias, y se aproxima además a la palabra profética, la que nos traslada un mensaje de orden sobrenatural. Como muchas naciones cuando alcanzan su plenitud, Estados Unidos ha tenido grandes personajes de esta índole. En el caso de Martin Luther King, el milagro, como ha sido llamado, es aún más notable: los siglos de esclavitud y luego de segregación llevaban por sus pasos contados a que el pastor afroamericano prestara su voz a una crítica colérica y demoledora de la naturaleza de la sociedad norteamericana. Efectivamente, Estados Unidos había incumplido con todos los que no fueran blancos (y casi con todos los que no fueran protestantes) la promesa de libertad inscrita en su credo nacional. No ocurrió así, gracias a Dios, y el genio de Martin Luther King, en vez de hundir a sus compatriotas en el rencor y la obsesión autodestructiva, abrió un camino de perdón y reconciliación. El monumento ahora inaugurado insiste en la universalidad del mensaje del sacerdote asesinado. Siendo cierta esta dimensión, no lo es menos la concreta articulación nacional del personaje y su obra. Los dos son inconcebibles sin Norteamérica, que rinde el homenaje que debía a quien contribuyó tan decisivamente a su dignidad.