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AVANCE EDITORIAL: «Juego sucio Fútbol y crimen organizado»

Es el deporte que más dinero mueve  y no se salva de la corrupción. Directivos, árbitros y jugadores en todo el mundo han amañado partidos.

  • Jesús Gil
    Jesús Gil

Tiempo de lectura 5 min.

21 de mayo de 2010. 21:34h

Comentada
21/5/2010

Zen-Ruffinen fue en otra época segundo de a bordo de la FIFA, pero cuando lo conocí, llevaba una pequeña agencia de deportes y algunos asuntos legales. Es un hombre alto, de unos cuarenta y cinco años y, en algunos ambientes, tiene fama de árbitro honrado. En 2002, cuando era secretario general de la FIFA, denunció públicamente a Sepp Blatter, el presidente de la organización y su antiguo jefe, acusándolo de varios fraudes. Cuando Blatter salió reelegido para la presidencia, se deshizo de él so pretexto de que sus acusaciones eran falsas. Las autoridades suizas no quisieron seguir adelante y dijeron que «no había indicios de delito» y que Blatter había obrado conforme a la ley.


Pero no hablamos de esas cuestiones. Fui a verlo para tratar otros ausntos, concretamente, para preguntarle en qué consistía ser uno de los mejores árbitros europeos, como lo había sido él antes de convertirse en directivo deportivo. Casi inmediatamente, Zen-Ruffine corroboró las declaraciones de Barin respecto a la manipulación de árbitros mediante el recurso de las mujeres: «Recurrían al sexo. Muchas veces era la intérprete. Llegaba a la habitación del hotel, mostraba buena disposición para quedarse con el árbitro y, a la mañana siguiente, los directivos del club iban y le decían: «Si no colaboras con nosotros, todo el mundo se enterará de lo que hiciste anoche».

Regalos y sobornos
Zen-Ruffinen insistió mucho en que él jamás se había aprovechado de las mujeres ni aceptado sobornos de ninguna clase. Lo creí. Tiene fama de ser una persona muy íntegra. Sin embargo, dijo que había oído hablar de otros colegas de profesión que sí lo hacían. También se refirió a los intentos constantes de «agasajarlos» con regalos y sobornos: «Recuerdo una vez, en mis tiempos de árbitro, que fui a Madrid para un partido del Atlético. Nos llevaron a El Corte Inglés del centro de la ciudad. Eran las diez y los directivos del club nos dijeron: ‘‘Volvemos a buscarlos a la una. Hasta esa hora, todo lo que quieran comprar va a cargo del club''. Como los tres éramos suizos, fuimos a tomar café, pero ¡figúrese, si hubiéramos sido ucranianos o del bloque del Este!».

No es ninguna novedad pasmosa lo que cuenta Ruffienen sobre los sobornos del Atlético de Madrid. Todo el mundo sabe la alegría con que se tomaba la vida Jesús Gil, el antiguo propietario del club. Empezó su carrera profesional en un burdel. Después de licenciarse en la industria del deporte, soltó un puñetazo a otro director de club en directo en la televisión nacional. Fue condenado a penas de prisión tres veces y la fiscalía española lo relacionó con la mafia siciliana. Por lo tanto, no sería de extrañar que hubiera estado al frente de una directiva que procurase agasajar a los árbitros. Zen-Ruffinen recuerda además algunos episodios con otros clubs de reputación más limpia, entre otros, lo que le sucedió en una ocasión en que arbitraba un partido de un equipo europeo patrocinando por una empresa electrónica: «Cuando volví a la habitación del hotel, me encontré con un equipo completo de alta fidelidad en la cama. Habían dejado una nota que decía: ‘‘Sólo queremos enseñarle lo que tenemos aquí, pero se lo mandaremos directamente a casa''».

Zen-Ruffinen llamó inmediatamente a recepción y pidió que retirasen el equipo de allí; en las investigaciones que hice en África y Asia, pregunté a otros árbitros de la FIFA si era cierto lo que me había contado él sobre los intentos esporádicos de soborno y el ofrecimiento de mujeres aparentemente espontáneo. Todos lo confirmaron e incluso uno de ellos dijo que la temporada que había pasado una vez en Corea arbitrando un torneo de verano había sido de «descanso y diversión»: «Fue una temporada muy divertida. Fuimos allí y ellos llevaron los mejores equipos. Nos mandaban mujeres a la habitación. A veces era la intérprete quien se presentaba. Bueno, ya sabe, eso es muy divertido. Eran partidos amistosos, nada más. Algunas veces, te corrompen de manera muy sutil. Mandan mujeres, pero no dicen nada abiertamente. Lo que pasa es que en algunos países la hospitalidad es extraordinaria, no es fácil fijar el límite».

Por otra parte, otro árbitro internacional dice que, en Malasia, el ofrecimiento sexual es mucho más directo y menos inocente: «Siempres es lo mismo. En cualquier parte del mundo, el dinero no siempre lo puede todo, pero el sexo sí. Si no eres homosexual siempre te apetece estar con una mujer y, como ellos lo saben, te mandan mujeres a la habitación. Eso pasaba una y otra vez. Después de la mujer, te hacían la oferta. A veces la hacía la propia mujer. Te dicen, por ejemplo: ‘‘Tienes que ayudarme. Tienes que hacer tal cosa para ayudarme''. Uno se siente culpable y hace lo que le pidan''». Tanto es así que, al parecer, en las décadas de 1980 y 1990, la oferta de intercambio de favores sexuales por otros de otra clase era tan habitual en los torneos de Oriente Medio que se hacían advertencias especiales a los árbitros antes de los partidos en los que intervenían países árabes.

(...)Después fui a ver a los directivos de la UEFA. Hablé con dos cordiales y comunicativos. Me pidieron que grabase la entrevista para «dar fe, pero sin nombres». Cumplidas las condiciones, fueron bastante sinceros. Uno de ellos simplemente se rió cuando le pregunté por lo que me habían contado Zen-Ruffinen y Barin sobre las ofertas de mujeres que recibían los árbitros antes de encuentros internacionales: «¡Ah, sí! Era casi una tradición. Les ofrecían ‘‘bellas señoritas'', dinero, aparatos electrónicos... lo que fuera. Poner señoras a disposición de los árbitros era una práctica casi obligada. En muchos casos, no era fácil saber si se trataba de «exceso de hospitalidad» o de soborno. La cosa llegó a tal extremo que muchas veces eran los árbitros quienes llegaban al hotel, consultaban la hora y decían: ‘‘Las mujeres, que vengan a las seis''».



Título del libro:  «Juego sucio. Fútbol  y crímen organizado».
Autor: Declan Hill.
Edita: Alba.
Fecha de publicación: 25 mayo de 2010.
Sinopsis: El periodista y documentalista Declan Hill investiga en este reportaje sobre los arreglos de los partidos entre directivos, sobornos de árbitros a través de regalos o favores sexuales o compra de jugadores. En un recorrido por campeonatos de casi todo el mundo, Hill desvela que el «fair play» del deporte más global está en entredicho y corre peligro de desaparecer. Partidos como el de Ghana-Brasil, del Mundial de 2006, y encuentros de otras competiciones de alto nivel levantan fundadas sospechas acerca de los resultados. Es un mundo opaco, contra el que las medidas de vigilancia son insuficientes.

 

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